En las últimas décadas hemos repetido casi como un mantra que “el patrimonio es un recurso para el desarrollo”. Pero cuando miramos muchos territorios con turismo en crecimiento, vemos una realidad incómoda: destinos cada vez más parecidos entre sí, relatos simplificados para el consumo rápido y comunidades locales que apenas reconocen su vida cotidiana en el escaparate patrimonial que las representa.
La cuestión, para quienes trabajamos en museos y centros patrimoniales, no es tanto si el patrimonio puede contribuir al desarrollo, sino cómo lo hace y a favor de quién. La tesis de fondo es simple: el patrimonio no es solo un activo económico, es un mediador. Media entre pasado, presente y futuro, entre distintos grupos sociales, entre políticas públicas y expectativas locales. Y la interpretación y la gestión determinan de qué manera ejerce esa mediación.
Patrimonio: Selección, Valor y Poder.
Conviene recordarlo con claridad: nada es “patrimonio” por naturaleza. Algo se convierte en patrimonio cuando una comunidad, una administración, un grupo de expertos o una combinación de todos ellos lo selecciona, le asigna valores (históricos, estéticos, identitarios, simbólicos) y decide que merece ser protegido y mostrado.
En ese proceso, el patrimonio cumple al menos tres funciones:
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Económica: motor turístico, marca territorial identitaria, recurso para atraer inversiones y proyectos.
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Cultural: soporte de memorias, identidades, narrativas compartidas (o discutidas).
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Sociopolítica: herramienta para legitimar discursos, reforzar posiciones de poder o abrir espacios de democratización.
La cuestión no es si usamos el patrimonio para el turismo (eso ya ocurre), sino si dejamos que la lógica turística lo colonice todo, reduciendo la interpretación a un relato amable y plano, o si somos capaces de usarlo como palanca para procesos más complejos de desarrollo local.
Interpretar No Es Sólo Explicar.
A menudo, en museos y sitios patrimoniales, la “interpretación” se entiende en un sentido muy estrecho: paneles, audioguías, folletos, visitas guiadas. Es decir, técnicas para explicar al público qué está viendo. Es un primer escalón, pero claramente insuficiente.
Podemos distinguir, grosso modo, tres niveles de interpretación:
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Técnica: un conjunto de medios y recursos de presentación (textos, audiovisuales, maquetas, señalética).
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Comunicativa unidireccional: el experto transmite al público un relato más elaborado, pensado como “correcto”, que el visitante debería comprender.
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Interpretación como creación de significado: procesos en los que los públicos (residentes, visitantes, actores locales) producen activamente sus propias lecturas, negociando sentidos con los discursos expertos.
Los dos primeros niveles están ampliamente extendidos. El tercero es el que permite que el patrimonio se convierta en mediador de desarrollo: cuando la población local también interpreta, discute, resignifica y usa el patrimonio para pensar su futuro, no solo su pasado.
Del Patrimonio como Decorado al Patrimonio como Proyecto.
Una consecuencia de este enfoque es que los museos y centros de interpretación dejan de ser meros “expositores” y pasan a funcionar como plataformas de trabajo territorial. Esto se ve con claridad en experiencias de ecomuseos y museos de territorio.
En estos casos:
- El “objeto” patrimonial ya no es solo una pieza de museo, sino el conjunto territorio–paisaje–actividades–memorias–saberes.
- La comunidad local tiene un papel activo en la definición de qué es importante, cómo se narra y cómo se utiliza.
- El museo se convierte en una herramienta al servicio de proyectos de desarrollo (turístico, agrícola, comercial, social, educativo) impulsados desde el territorio.
No se trata de idealizar el modelo, que también tiene conflictos internos, sino de aprender de su lógica: el patrimonio como base para reforzar autoestima local, tejer redes y organizar acción colectiva.
Gestión del Patrimonio = Gestión de Valores.
Cuando hablamos de “gestión del patrimonio” solemos pensar en inventarios, restauración, mantenimiento, planificación de usos, modelos de gobernanza. Todo eso es imprescindible, pero a menudo olvidamos que, en el fondo, lo que estamos gestionando son valores y significados.
Algunas preguntas incómodas que conviene hacerse desde la institución guardesa:
- ¿Qué patrimonio hemos priorizado y cuál ha quedado fuera? ¿Qué voces han sido centrales y cuáles marginales en esa selección?
- ¿Qué relatos estamos reforzando con nuestras exposiciones y productos turísticos? ¿Son relatos de cohesión, de conflicto, de exclusión?
- ¿Qué tensiones existen entre la narrativa que vendemos y la experiencia cotidiana de quienes viven ahí todo el año?
- ¿A quién beneficia realmente la explotación turística del patrimonio? ¿Hay retornos claros para la comunidad, más allá del empleo temporal y precario?
Responder a esto exige trabajar la interpretación y la gestión como partes de un mismo sistema, no como compartimentos estancos (el museo por un lado, la oficina de turismo por otro, la administración local por otro).
Patrimonio, Turismo y Desarrollo Local: Algunas Claves Operativas.
Si queremos que el patrimonio sea un mediador de desarrollo y no solo un decorado para la industria turística, hay algunas líneas de trabajo que pueden incorporarse a la práctica museo–territorio:
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Poner a la comunidad en el centro del relato: No solo como “personajes” de las historias, sino como interlocutores reales en la definición de contenidos, en la elección de temas sensibles, en la construcción de productos patrimoniales.
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Abrir espacios de interpretación participativa: Talleres, laboratorios de memoria, programas con escuelas, proyectos de historia oral, recorridos co-diseñados con asociaciones locales… donde la población pueda contar su versión, no solo escuchar la institucional.
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Integrar los conflictos en la narrativa: Evitar las historias excesivamente pulidas. Incorporar tensiones (uso del suelo, migraciones, cambios económicos, injusticias históricas) de manera ética y contextualizada, en lugar de borrarlas para “no espantar al turista”.
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Diseñar productos turísticos con lógica de calidad, no de cantidad: Menos paquetes estandarizados y más experiencias situadas, con capacidad de generar ingresos razonables para quienes las sostienen y de reforzar vínculo entre visitantes y territorio.
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Alinear museos, políticas culturales y estrategias de desarrollo: El museo no puede ir por libre si el resto del sistema empuja hacia modelos de explotación intensiva. Es clave trabajar con gobiernos locales, entidades de desarrollo rural, actores económicos y sociales para que el patrimonio no sea solo argumento de marketing.
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Evaluar el impacto más allá de las cifras de visitantes: Incorporar indicadores de orgullo local, percepción de retorno, mejoras en capacidades comunitarias, diversificación económica real, conservación efectiva del patrimonio material e inmaterial.
En este escenario, los museos y centros de interpretación tienen una oportunidad (y una responsabilidad) clara: usar su conocimiento, su legitimidad y sus recursos para facilitar procesos de interpretación compartida y de gestión participativa del patrimonio. Es decir, para que el patrimonio no solo “atraiga gente”, sino que ayude a sostener territorios vivos, con capacidad de decidir sobre su propio futuro.
Recursos Bibliográficos.
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