En muchos discursos institucionales el patrimonio aparece como algo bello, identitario y consensuado: “lo que nos une”. Pero basta rascar un poco para que aparezca otra cara mucho menos confortable: monumentos que unos veneran y otros detestan, lugares de memoria disputados, relatos nacionales que dejan fuera a minorías, restos materiales de regímenes que han causado dolor. Ese es el terreno del «patrimonio disonante».
Para quienes trabajamos en museos, gestión patrimonial o políticas culturales, la cuestión ya no es si la disonancia existe – está en todas partes – sino qué hacemos con ella. Ignorarla, maquillarla, explotarla o tratar de gobernarla de forma responsable son opciones muy distintas, con consecuencias también muy distintas.
Todo Patrimonio Es, en Algún Grado, Disonante.
Tradicionalmente se hablaba de “patrimonio problemático” como un nicho particular: campos de concentración, monumentos totalitarios, lugares de genocidio. Lo excepcional, lo extremo. Hoy va calando otra idea: la disonancia no es una anomalía, es inherente al propio proceso de patrimonialización.
Declarar que algo sea “patrimonio” implica seleccionar, jerarquizar y narrar. Eso supone:
- Decidir qué se conserva y qué se desestima.
- Elegir qué relato se narra y cuál se silencia.
- Fijar una versión de la memoria entre muchas posibles.
Cada una de estas decisiones abre la puerta al desacuerdo. No porque se haya hecho “mal”, sino porque no hay forma neutra de fijar significados sobre el pasado cuando hay grupos con experiencias e intereses distintos.
La Violencia Sobre el Patrimonio Como Estrategia Política.
En contextos de conflicto armado esto se ve con brutal claridad. La destrucción deliberada de puentes, mezquitas, iglesias, bibliotecas o barrios históricos no es un “daño colateral”: es una herramienta para borrar la presencia del otro, dificultar su regreso y reescribir el mapa simbólico de un territorio. El patrimonio se convierte entonces en objetivo militar y, a la vez, en marcador de identidad.
En las fases posteriores al conflicto, el péndulo se mueve en sentido inverso: se reconstruyen monumentos, se restauran centros históricos, se crean museos y lugares de memoria con un objetivo declarado de reconciliación. Pero aquí reaparece la disonancia: ¿qué memorias se reconocen?, ¿qué víctimas obtienen espacio y cuáles siguen fuera de cuadro?, ¿qué símbolos se rehabilitan y cuáles se esconden?
Usar el patrimonio como herramienta de paz sin enfrentar estos dilemas produce, con frecuencia, reconciliaciones cosméticas: se cumple con los requisitos de donantes y organismos internacionales, pero se dejan intactas muchas asimetrías de poder y reconocimiento entre comunidades.
Formas de Gestionar la Disonancia.
Ante la incomodidad del conflicto, las políticas culturales y patrimoniales suelen oscilar entre varias estrategias:
- Destrucción: borrar físicamente el objeto conflictivo (derribar un monumento, demoler un edificio). Puede satisfacer a corto plazo a algunos actores, pero también elimina la posibilidad de trabajar críticamente con ese resto incómodo.
- Olvido programado: dejar que ciertos bienes se degraden, no señalizarlos, no interpretarlos. Una forma de “eliminar por abandono”.
- Ignorancia discursiva: conservar el objeto pero neutralizarlo mediante relatos técnicos o estéticos que evitan las dimensiones políticas o dolorosas.
- Búsqueda de consenso fácil: producir un relato edulcorado, sin aristas, que diluye responsabilidades y conflictos bajo fórmulas genéricas (“nunca más”, “memoria de todos”).
- Negociación y pluralización: reconocer que hay memorias en competencia, abrir espacio para que aparezcan, buscar modos de presentarlas sin convertir el museo o el sitio en un ring de propaganda.
Las tres primeras opciones tienden a reforzar las fracturas: quienes no se ven reconocidos perciben el patrimonio oficial como instrumento de exclusión. Las dos últimas son más exigentes, pero también más prometedoras: requieren aceptar que el desacuerdo no se va a evaporar, solo puede gobernarse.
Museos en Medio de la Disputa de Memorias.
Los museos están en primera línea de este campo de batalla simbólico. Algunos son directamente herederos de proyectos estatales que han utilizado el patrimonio como cemento nacional; otros se han fundado para visibilizar memorias marginadas. En todos los casos, la pregunta es la misma: ¿cómo se narra el conflicto sin simplificarlo ni institucionalizar el silencio?
Algunas líneas de trabajo concretas que pueden guiar la práctica:
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Nombrar la disonancia: En lugar de hablar de “nuestro patrimonio compartido” como si fuera homogéneo, explicitar que una misma pieza o lugar significa cosas diferentes para personas distintas. Paneles, audioguías y dispositivos pueden incorporar formulaciones del tipo: “para unos, este monumento ha sido símbolo de…, para otros, recordatorio de…”.
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Incorporar multivocalidad real, no decorativa: Eso implica abrir procesos y no solo resultados: convocar a comunidades afectadas en el diseño de exposiciones, admitir voces que cuestionan el relato dominante, aceptar la presencia de testimonios divergentes. No se trata de poner una cita minoritaria en una esquina, sino de estructurar el discurso de forma polifónica.
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Trabajar la cronología de los significados: Muchos bienes han cambiado de sentido con el tiempo. Contar esa biografía simbólica – qué representaron antes, durante el conflicto, después – ayuda a entender por qué hoy generan tensiones y qué actores han intervenido en cada fase.
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Cuidar el lenguaje de los textos: Evitar eufemismos que blanquean la violencia (“tensiones”, “hechos lamentables”) y, al mismo tiempo, huir del tono acusatorio que imposibilita el diálogo. El objetivo no es dictar sentencia, sino documentar con rigor, reconocer daños y abrir preguntas.
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Diseñar espacios para el desacuerdo seguro: No todo tiene que resolverse en vitrina. Programas de debate, talleres con jóvenes, laboratorios de memoria con vecinos, formatos artísticos que cuestionen el relato oficial pueden crear ámbitos donde expresar posiciones sin pasar directamente al enfrentamiento.
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Vincular patrimonio, derechos humanos y ciudadanía: Explicar que lo que está en juego no es solo “lo que pasó”, sino derechos actuales: acceso a la cultura, igualdad de trato, no discriminación. El patrimonio se vuelve entonces una plataforma para hablar de convivencia, no un álbum de estampas del pasado.
De la Protección a la Mediación de Conflictos.
Para los responsables de políticas culturales, esto supone ampliar la mirada. No basta con proteger y catalogar bienes; hay que preguntarse qué conflictos se activan en cada decisión y qué dispositivos se ponen en marcha para mediarlos. Los marcos legales (convenciones, cartas, leyes de patrimonio) pueden abrir o cerrar puertas a la diversidad de memorias según cómo se redacten y, sobre todo, cómo se apliquen.
Para los equipos de museos y sitios patrimoniales, el reto es aceptar que parte de su trabajo consiste en sostener conversaciones difíciles. No se trata de convertirse en tribunales de la historia, pero sí de abandonar la ilusión de neutralidad y asumir que cada elección curatorial – qué se muestra, cómo se cuenta, quién habla – tiene consecuencias políticas.
La reconciliación no es borrar el desacuerdo, sino aprender a vivir con él de forma justa. Creemos que el patrimonio puede contribuir a ese aprendizaje si se gobierna su disonancia con responsabilidad, apertura y rigor.
Recursos Bibliográficos:
Prats, L. (1997): Antropología y patrimonio. Ariel.
Santamarina, B. (2005): Patrimonio, memoria y conflicto: usos políticos del pasado. Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, 60(2), 57–76.
Sanz, N. (coord.) (2014): Patrimonio y derechos humanos. UNESCO / Universidad de Barcelona.
Aguilar, P. (2008): Políticas de la memoria y memorias de la política. Alianza.
Pastor Alfonso, M.J. (2011): Turismo cultural y gestión del patrimonio. Síntesis.
Kisić, V. (2013): Governing Heritage Dissonance. Promises and Realities of Selected Cultural Policies. European Cultural Foundation.
Tunbridge, J.E. y Ashworth, G.J. (1996): Dissonant Heritage: The Management of the Past as a Resource in Conflict. Wiley.
Smith, L. (2006): Uses of Heritage. Routledge.
Logan, W. y Reeves, K. (editores) (2009): Places of Pain and Shame: Dealing with ‘Difficult Heritage’. Routledge.
Graham, B., Ashworth, G.J. y Tunbridge, J.E. (2000): A Geography of Heritage: Power, Culture and Economy. Arnold.
Harrison, R. (2013): Heritage: Critical Approaches. Routledge.
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Qué Es Patrimonio Histórico Disonante.
| ISSN | 3020-1179 |
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