El Museo Constitutivo

El Museo Constitutivo


En los últimos años se ha vuelto casi obligatorio decir que el museo “trabaja con sus públicos”. Pero si miramos de cerca la mayoría de instituciones, el esquema sigue siendo bastante clásico: el museo decide, el público usa. Hay encuestas, talleres de participación, proyectos comunitarios… pero el corazón de la institución –dónde se toman las decisiones, qué se considera éxito, quién define los relatos– apenas se mueve.

¿Qué pasa si damos un paso más y dejamos de hablar de “usuarios” para hablar de “constituencias”? Es decir, de grupos y comunidades que no solo consumen lo que hace el museo, sino que lo constituyen: participan en definir prioridades, transformar espacios, construir narrativas y sostener proyectos a largo plazo.

Del Público a Constituencias: un Cambio de Vocabulario que no es Cosmético.

La palabra “público” nos sitúa, casi sin darnos cuenta, en una relación asimétrica: alguien produce (el museo) y alguien recibe (los públicos). Incluso cuando hablamos de “co-creación”, muchas veces los proyectos están tan encajados en la lógica institucional (plazos, formatos, indicadores) que las comunidades terminan adaptándose al museo, no al revés.

Pensar en términos de “constituencias” implica reconocer que:

  • No trabajamos con un “público general”, sino con grupos concretos, con historias, conflictos e intereses propios.
  • Esos grupos tienen la capacidad de afectar a la forma misma del museo: su programa, su organización, su imagen pública.
  • La relación no es solo de uso, sino de corresponsabilidad: el museo se debe a esas constituencias tanto como ellas se vinculan –o no– al museo.

No es solo cuestión de participación; es cuestión de poder y de pertenencia.

El Museo como Proceso, No como Edificio Estable.

Si tomamos en serio esta idea, el museo deja de ser una estructura fija con unos departamentos estables y se parece más a un proceso en continuo devenir. No es solo “lo que la organización hace”, sino lo que va llegando a ser a través de las relaciones que sostiene con distintos actores: colectivos vecinales, asociaciones migrantes, grupos artísticos, activismos, escuelas, sindicatos, comunidades indígenas, etc.

Esto se ve con claridad en determinadas experiencias: museos que, durante meses, “ceden” buena parte de su programa a un colectivo; instituciones que transforman almacenes en espacios de trabajo compartido; equipos que incorporan cocinas, talleres o salas de reunión como infraestructuras centrales, no como anexos.

La pregunta clave para cualquier dirección de museo sería: si miramos la planta del edificio y el organigrama, ¿qué nos dicen sobre con quién estamos realmente comprometidos? ¿Qué espacios, tiempos y recursos dedican el museo y su personal a sostener procesos con sus constituencias, más allá de las exposiciones temporales?

De la Educación como “Servicio” al Museo como Dispositivo Pedagógico Completo.

En este marco, el museo entero se convierte en un espacio de aprendizaje. No se trata solo de reforzar el departamento de educación, sino de asumir que:

  • Cada decisión museológica tiene una dimensión pedagógica (qué se muestra, qué se oculta, qué se da por sabido).
  • Cada cambio organizativo enseña algo sobre quién cuenta y quién no (quién tiene llave de las salas, quién puede convocar una actividad, cómo se usan los recursos).
  • Cada alianza con una comunidad o colectivo es también un acto educativo mutuo.

El equipo de mediación deja de ser un “servicio añadido” para escuelas o visitas guiadas y pasa a funcionar como tejido conectivo entre colecciones, política institucional y constituencias. Su trabajo ya no es “traducir” un discurso cerrado, sino hacer visible el conflicto, la diferencia de perspectivas y la posibilidad de construir relatos compartidos.

Redistribuir la Propiedad y la Agencia (Aunque Duela).

Uno de los puntos más difíciles de este enfoque es la redistribución real de agencia. Muchas instituciones han experimentado con proyectos de co-creación que, a la hora de la verdad, tenían límites muy claros: se invitaba a colaborar en un formato ya definido, sin tocar el corazón del museo.

Dar un paso más significa abrir cuestiones incómodas:

  • ¿Quién decide qué proyectos entran o no en el programa?
  • ¿Puede una comunidad decir “no” a una exposición que le concierne directamente?
  • ¿Qué pasa cuando un colectivo exige continuidad más allá de la duración del proyecto financiado?
  • ¿El museo está dispuesto a revisar sus formas de gestión, sus normas internas, sus protocolos de seguridad o conservación, si ello permite una implicación más profunda de sus constituencias?

No hay respuestas fáciles ni recetas universales. Lo importante es asumir que el conflicto forma parte del proceso. Si nunca hay fricciones, probablemente la participación es decorativa.

Algunos Pasos Prácticos para Avanzar en esta Dirección:

Sin necesidad de “refundar” la institución de arriba abajo, hay medidas concretas que pueden acercar al museo a un modelo más constituyente:

  1. Cartografiar constituencias: Identificar con quién tiene sentido construir relaciones de largo plazo (no solo “públicos objetivo”, sino aliados y interlocutores críticos). Hacerlo con ellas, no sobre ellas.

  2. Crear espacios de decisión compartida: Consejos consultivos con capacidad real de influencia, presupuestos participativos en parte de la programación, comités mixtos museo–comunidad para proyectos clave.

  3. Revisar infraestructuras: Incorporar espacios de reunión, trabajo y cuidado (cocina, zonas de descanso, salas multiuso) pensados para procesos, no solo para eventos.

  4. Estabilizar relaciones: Pasar de la lógica de proyecto a la lógica de proceso: convenios plurianuales, agendas compartidas, calendarios organizados a varias manos.

  5. Aceptar la inestabilidad: Un museo que se deja afectar por sus constituencias no es completamente previsible. Ser capaz de tolerar esa incertidumbre, sin perder una mínima coherencia, es parte del reto.

En definitiva, se trata de dejar de ver al museo como una fortaleza que se “abre” de vez en cuando para escuchar, y empezar a verlo como una institución que se constituye día a día en el encuentro – a veces cómodo, a veces tenso – con quienes la habitan y la disputan.


Recursos Bibliográficos:

Asensio, M. y Pol, E. (2008): Nuevos públicos, nuevos museos. Barcelona, España: Ariel.

Nivón, E. (2018): Diversidad cultural y políticas culturales. Barcelona, España: Gedisa.

Santamarina, B. (2005): Patrimonio, memoria y conflicto: Usos políticos del pasado. Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, 60(2), 57–76.

Sanz, N. (coordinador) (2014): Patrimonio y derechos humanos. Barcelona, España: UNESCO / Universidad de Barcelona.

Ministerio de Cultura y Deporte de España (2011): Museos y diversidad cultural. Madrid, España: Ministerio de Cultura.

John Byrne, Elinor Morgan, November Paynter, Aida Sánchez de Serdio, Adela Železnik (editores) (2018): The Constituent Museum Constellations of Knowledge Politics and Mediation.

Karp, I., Kratz, C. A., Szwaja, L. e Ybarra-Frausto, T. (editores) (2006): Museum frictions: Public cultures/global transformations. Durham, NC: Duke University Press.

Sandell, R. (2007): Museums, prejudice and the reframing of difference. Londres, United Kingdom: Routledge.

Simon, N. (2010): The participatory museum. Santa Cruz, CA: Museum 2.0.

Smith, L. (2006): Uses of heritage. London, United Kingdom: Routledge.

Watson, S. (editor) (2007): Museums and their communities. Londres, United Kingdom: Routledge.


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Imagen: Architectural Record


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El Museo Constitutivo.

ISSN 3020-1179

BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA – INTERNATIONAL STANDARD SERIAL NUMBER – EVE MUSEOS E INNOVACIÓN – ESPAÑA.

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