En los museos estamos bastante de acuerdo en algo obvio: sin visitantes, no hay experiencia museística. Pero a menudo seguimos trabajando como si el centro fuera la obra, el inventario o el discurso experto, y no las personas que se colocan delante de ese “viejo objeto” intentando entender qué tiene que ver con su vida. La mediación cultural, entendida desde una perspectiva antropológica, aparece justo ahí: no como “visita guiada mejorada”, sino como una forma distinta de pensar el conocimiento y el patrimonio, partiendo de los cuerpos, las miradas y las biografías de quienes visitan.
De la Torre de Marfil al Suelo de Sala.
La historia de los museos ha producido una élite de especialistas que hablan entre sí, con su propio lenguaje técnico, mientras el público se mueve por salas donde casi todo parece evidente… o incomprensible. Esa distancia se hace más problemática en sociedades que sufren tensiones identitarias, debates sobre monumentos, memorias en conflicto y sobreinformación digital.
Si seguimos sosteniendo un modelo en el que el experto erudito “baja” a explicar y el visitante escucha en silencio ya no funciona. La alternativa no es renunciar al rigor, sino “girar el telescopio”: dejar de mirar solo a los objetos y empezar a mirar en serio a las personas, a lo que dicen, callan, proyectan y necesitan cuando se enfrentan a un contenido o a una obra.
Esto exige un gesto incómodo para muchos profesionales: aceptar que el punto de partida ya no es nuestro discurso, sino la experiencia del visitante. Y que para escuchar hay que callar, abrir tiempo y espacio para que la gente hable de lo que ve, lo que siente, lo que le recuerda ese objeto o contenido… aunque sus palabras no encajen con las categorías de la historia o de la ciencia.
Del Monólogo a la Enseñanza Dialógica.
Buena parte de la literatura reciente sobre educación en museos insiste en la idea de enseñanza dialógica: no se trata de “animar” la visita con preguntas sueltas, sino de construir una conversación real en torno a los contenidos museísticos. En esa conversación, el mediador/a deja de ser “el/la que sabe” para convertirse en facilitador/a: organiza el turno de palabra, recoge intuiciones, reformula, conecta percepciones con contexto histórico y deja abiertas algunas preguntas.
En la práctica, esto significa cosas muy concretas:
- Tapar la cartela durante un rato y empezar por la mirada del grupo, no por el propio contenido.
- Aceptar interpretaciones “equivocadas” en términos académicos como materiales de trabajo, en lugar de corregirlas de inmediato.
- Permitir que aparezcan asociaciones inesperadas (un cuadro del XVIII leído a través de una escena de cine contemporáneo, por ejemplo) y explorar qué revelan sobre la obra y sobre quienes la miran, en el caso de los museos de arte.
- Postergar la información erudita para el final, cuando el grupo ya ha tejido una red de sentido compartido que la hará más significativa.
Lo que parece una renuncia al control, en realidad produce más conocimiento: la mirada no experta detecta detalles que el conocimiento especializado ha naturalizado o descartado, abre líneas de investigación nuevas y obliga al museo a revisar relatos establecidos.
El Museo como Espacio Antropológico.
Cuando se trabaja así de manera sistemática, el museo deja de ser un templo del objeto para convertirse en un espacio antropológico: un lugar donde lo que se estudia ya no es solo los contenidos y las obras, sino las relaciones que se generan alrededor de ellos. El foco se desplaza a la experiencia vivida: cómo se transforma la percepción de una persona tras una conversación en sala, qué tipo de vínculos se establecen dentro del grupo, qué memorias personales se activan.
Los ejemplos son elocuentes. Grupos de personas con problemas de salud mental que encuentran en la mirada compartida a un retrato un punto de partida para verbalizar, por primera vez, aspectos de su propia historia. Jóvenes que, al visitar un contenido desde su imaginario audiovisual, conectan con los contenidos de una forma sorprendentemente precisa y profunda. Adultos que, en plena pandemia, usan la imagen de una escena de hospital del siglo XVIII para hablar del miedo, la fatiga y la solidaridad en los hospitales actuales.
En todos esos casos, los contenidos siguen siendo lo importante, pero ya no como fetiches intocables sino como mediadores entre biografías. La “verdad” del conocimiento no está solo en la monografía científica, sino también en lo que hace con nosotros hoy.
Pandemia, Pantallas y Continuidad del Diálogo
El cierre de museos durante la COVID obligó a sacar estas prácticas de la sala física y llevarlas a plataformas digitales. Muchos centros culturales respondieron con contenidos unidireccionales: vídeos, charlas online, visitas virtuales en formato conferencia. Allí donde ya existía una cultura de mediación dialógica, fue posible trasladar la metodología a lo digital: sesiones en línea donde la imagen compartida de un objeto o contenido se convertía en punto de partida para un chat vivo, intervenciones orales, silencios, reacciones.
La experiencia muestra algo importante: la tecnología, por sí sola, tiende a reforzar el modelo frontal. Solo cuando hay un marco metodológico claro (escucha activa, preguntas abiertas, tiempo para observar) las plataformas digitales pueden sostener procesos dialógicos que cuiden tanto la dimensión estética como la emocional de la experiencia.
Implicaciones para la Formación y la Gestión.
Aquí llega el punto espinoso. En muchos países la formación en el conocimiento humano sigue orientada casi exclusivamente a la investigación académica y a la producción de discurso experto. La didáctica, la mediación y las habilidades de trabajo con grupos se consideran periféricas, cuando no directamente “de menor rango”. Paralelamente, la gestión de muchos museos externaliza los servicios educativos, tratándolos como “servicios añadidos” comparables al guardarropa o la tienda.
Si tomamos en serio la mediación cultural como enfoque antropológico, esto es insostenible. Hacer hablar al patrimonio en una lengua comprensible, acompañar procesos de apropiación significativa, sostener experiencias colectivas de interpretación… todo eso no es complemento: es núcleo de la misión pública del museo.
Al menos tres líneas de trabajo se vuelven urgentes:
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Reformar la formación universitaria en la museología sobre la comunicación del conocimiento universal para incluir metodologías de mediación, técnicas de escucha, nociones de antropología y educación, prácticas supervisadas en contexto real.
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Reintegrar los equipos educativos en el corazón de la organización, con capacidad de influir en el proyecto curatorial, las exposiciones y la programación, no solo de “aplicar” decisiones ajenas.
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Reconocer profesionalmente la mediación: estabilidad laboral, carrera, evaluación basada en impacto real sobre públicos, no solo en número de actividades o participantes.
Un museo realmente centrado en las personas no se define por el número de recursos interactivos que instala, sino por la calidad de los diálogos que consigue sostener en torno a su patrimonio. Y esos diálogos necesitan mediadoras y mediadores formados, reconocidos y escuchados.
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