La Etnografía «Embrujada»

 

 

La problemática relación entre el hoy y su pasado colonial en algunos países atormenta a los museos etnográficos. Pero, ¿ofrecen los nuevos «museos de la cultura mundial» una alternativa realista?

En toda Europa, los museos etnográficos están siendo re-conceptualizados, a veces como museos de la cultura mundial. Este es un movimiento destinado a abordar preguntas que cada museo debería poder responder: ¿qué debe hacerse? ¿Para quien? ¿Cómo? ¿Quien pagará? Actualmente, todas estas cuestiones han sido especialmente críticas para los museos etnográficos. Se ha llegado a hablar de «la crisis etnográfica», en la cual la problemática relación entre la modernidad y su pasado colonial tiende a desestabilizar la historia de Europa sobre sí misma, particularmente en lo referente al papel del Otro. El establecimiento de museos nuevos, o reestructurados, ha sido objeto de un animado debate durante la última década en algunos países europeos. Por poner un ejemplo, el Museo de la Cultura Mundial en Gotemburgo (Suecia) ha despertado mucho interés, particularmente en cuanto a los desafíos contemporáneos de la representación de museos y de la diversidad cultural.

La apertura del Museo de la Cultura Mundial, en Suecia, marcó tanto la ruptura como la continuación del antiguo concepto de museo etnográfico al uso. Sus colecciones, heredadas de la era colonial, se mantuvieron- aunque muy reducidas-, pero el nombre, los objetivos y la práctica del museo han cambiado. Sus colecciones ya no son el eje central del nuevo museo, y además, debido a las limitaciones de espacio, una gran parte de los objetos han quedado almacenados en un edificio a dos kilómetros de distancia, un hecho curioso que refleja una mentalidad colonial que parece estar ansiosa por desaparecer, alejándose también del complejo de superioridad blanca de aquellos exploradores o militares -o ambos- desvalijadores. Ubicar los objetos a cierta distancia corresponde a un nuevo movimiento poscolonial, lo que coloca al colonialismo en situación de «pasado». Pero ¿podemos realmente deshacernos de nuestra herencia material y simbólica, así como así? ¿Es posible imaginar museos sin objetos, o se acabarían convirtiendo en otra cosa?

Ignorar activamente los objetos y colecciones existentes supone un desprecio hacia los sistemas complejos que producen significado. Sin embargo, a pesar de las exposiciones lujosas e impulsadas políticamente, los museos etnográficos todavía parecen estar obsesionados por las colecciones y la colonialidad que representan, aun cuando esto no sea totalmente evidente en los museos. La visión actual es obviamente diferente de aquella que proporcionó la etnografía temprana- y, más tarde, el trabajo de campo- cuyo objetivo era comprender a los pueblos y culturas extranjeros y, por lo tanto, a la humanidad. Quizás la razón más importante para estudiar objetos hoy en día sea el hecho de que están cerca. Dando la espalda a estos objetos ni se resuelve la crisis etnográfica, ni disminuye la carga del legado colonial y racista que persigue a muchos países occidentales. Por el contrario, necesitamos encontrar formas de relacionarnos con esa historia, esa herencia, esa memoria, que ha de basarse en la negación o en dirigir la mirada hacia otro lado.

El controvertido Musée du Quai Branly en París, se puede percibir como un equivalente francés del Museo de la Cultura Mundial sueco, pero a una escala mucho mayor. El Quai fue inaugurado en 2006, y supuso, al igual que el Museo de la Cultura Mundial, un proyecto de prestigio con grandes connotaciones políticas: Jacques Chirac fue la fuerza impulsora desde su fundación. Sin embargo, mientras que el museo en Gotemburgo se centra principalmente en exposiciones temáticas ideológicas o políticas de carácter temporal, el Musée du Quai Branly se caracteriza por sus exposiciones permanentes organizadas geográficamente, que se encuentran, la mayoría, en una enorme área de colecciones únicas con divisiones espaciales flotantes y objetos muy iluminados.

La razón de ser del museo en Gotemburgo es proporcionar un lugar de encuentro que «promueva el intercambio intercultural», mientras que la misión del museo francés, parafraseando a Jacques Chirac, es el de honrar a las personas humilladas y despreciadas en el pasado, mostrando los hermosos objetos que fueron capaces de crear. El enfoque del Museo de Quai Branly -en un aspecto estético-, se basa en la suposición universalista de que la belleza hace que los objetos sean significativos para todos, independientemente de la etnia a la que pertenecen. Son sus cualidades estéticas, desmitificadas, las que les hacen interesantes y el criterio principal de selección. El director del museo expresaba claramente que los objetos que carecen de un valor estético propio no deben mostrarse en Quai Branly. Según palabras del antropólogo estadounidense James Siegel, este enfoque sugiere que la herencia colonial se construye con términos como «arrogancia», «sospecha», «desprecio y «rechazo» , que deberían ser reemplazas por el de «admiración». Con este cambio, el crédito por los objetos recaería sobre las naciones donde fueron creados.

En el museo francés, la categorización étnica se mantiene de facto, tratándose como si fuera un equivalente al prefijo «medieval» en «arte medieval». Categorizar un objeto como «nigeriano» o «beniniano» no es más que un calificativo supuestamente inocente comparable al de una era histórica. El Musée du Quay Branly también tiene como objetivo mantener el estado de la nación, de Francia, y la extraordinaria belleza de sus objetos debe reflejar ese gusto refinado propio de los franceses. Los objetos se han convertido en parte de la herencia y, por lo tanto, representan ese sentido estético, si bien en numerosas ocasiones fueron llevados a Francia, durante la era colonial, en dudosas circunstancias, con una propiedad que no está demasiado clara. La autoimagen nacional también ha sido el foco del Museo de la Cultura Mundial, aunque con el objetivo de mostrar a Suecia como una sociedad inclusiva y multicultural.

El enfoque en los aspectos estéticos de los objetos en el Musée du Quai Branly, así como la tensión resultante entre el valor estético y el conocimiento etnográfico, han suscitado numerosas críticas. En el Museo de la Cultura Mundial, esa tensión se produce entre el conocimiento etnográfico y los objetivos políticos. Si bien el significado original y literal de la etnografía es «describir pueblos», la etnografía moderna trata de aumentar la conciencia de las personas en sus contextos sociales y culturales cotidianos. Pero esto no es exactamente lo mismo que promover el intercambio intercultural -del que realmente sabemos muy poco-, generando una discrepancia entre los dos objetivos, algo que merece mucha más atención.

El Museo de la Cultura Mundial ha sido comparado favorablemente con el Musée du Quai Branly, que a menudo se presenta como la antítesis del museo sueco. Pero, ¿cuál es la verdadera diferencia entre querer honrar a las personas  humilladas y despreciadas en el pasado y promover el intercambio intercultural en la práctica? En ambos casos, el objetivo es mejorar las identidades nacionales existentes: en Francia, la que representa al país como el más alto tribunal del buen gusto; y en Suecia la de ser la sede por excelencia de la buena voluntad nacional. Al mismo tiempo, y a pesar de las ambiciones ideológicas que impulsan a los museos, en los casos francés y sueco se está llevando a cabo una especie de etnografía no intencional: una «etnografía embrujada».

Por otro lado, Siegel nos muestra cómo se ordenan las colecciones etnográficas, siguiendo un sistema de clasificación que corrige y delimita la comprensión de los objetos. Las colecciones del Museo de la Cultura Mundial en Gotemburgo contienen alrededor de 100.000 objetos, que se clasifican de acuerdo con una variedad de principios ontológicos y epistemológicos que datan del período en que fueron adquiridos. Estos principios son difíciles de comprender, pero determinan qué y cómo se puede clasificar. La digitalización en curso de las colecciones no suele llevar a ninguna innovación real sobre este aspecto, sino simplemente a un cambio de medio.

Vale la pena reflexionar sobre cómo se seleccionaron tanto los objetos como los especialistas de acuerdo a una cierta lógica geográfica / espacial. En cuanto a los objetos, quizás no resulta tan sorprendente, dadas las clasificaciones geográficas que existen en los archivos. Sin embargo, la situación actual en las reservas técnicas (almacenes) es diferente, ya que los objetos se ordenan de acuerdo con el material, el tamaño y la función, y no por su localización geográfica. Así, por ejemplo, en el museo sueco existe una sala de almacenamiento con largas filas de lanzas y de escudos. Enfrente, se encuentran estanterías con cestas. En una habitación más fresca, se guardan las plumas y el pelaje, generalmente en forma de adornos rituales. Esta realidad física no nos ayuda a pensar más allá del sistema abstracto que sostienen las tarjetas de archivo bidimensionales.

Y mientras los viejos hábitos determinan la selección de objetos, la elección de los especialistas se traduce en una expresión de la benevolencia poscolonial que caracteriza a muchos museos contemporáneos, con el deseo de devolver la voz a aquellos que una vez fueron silenciados. La reflexión principal puede ser la de «descifrar suposiciones comunes no formuladas» en las prácticas de los museos. Al crear una nueva norma, se actúa de acuerdo con los supuestos sobre la conexión especial de personas concretas con ubicaciones determinadas, porque se necesita contrastar la voz del «etnógrafo blanco» -que aún es muy fuerte en las colecciones- con otras diferentes. Se actúa en función a esos supuestos, en lugar de decodificarlos, pero también puede interpretarse como un reconocimiento de cómo las apariciones del colonialismo infectan la benevolencia política contemporánea de una manera que a veces parece inevitable.

¿Qué pasaría si solo a los aborígenes se les permitiera hablar sobre los objetos aborígenes? ¿O si únicamente un sami pudiera hablar de la cultura Sami? ¿No retrocederíamos varios pasos en la crítica antropológica y poscolonial, desafiando al concepto tradicional de «cultura» y a la fantasía de culturas distintas y estables? Llegar a un museo sueco como curador aborigen y ver las deficiencias de la colección australiana obviamente obliga a una reescritura y sobrescritura. Pero, ¿será suficiente? ¿Podremos aliviar así nuestra conciencia, sanar nuestro pesar colonial? ¿Restañar las heridas? Si la información «correcta» se puede leer en los catálogos y en las cartelas, y el «especialista correcto» ha sido el redactor, ¿conseguiremos, de una vez por todas, dejar atrás la fase colonial? Tal vez, pero solo para pasar a la poscolonial, que quizás debería ser conocida como neocolonial.

Cada objeto del museo se caracteriza por tener capas de significado y de representación, y en una colección permite muchos tiempos y narrativas diferentes. Es posible dejar que el contexto «original» de un objeto siga siendo importante a la vez que integra otras historias y asigna roles prominentes a otras conexiones. A veces, es posible que las diferentes narraciones entren en conflicto, pero esto no necesariamente debe valorarse como un problema. Ese choque puede contribuir al descubrimiento de la forma en que funciona hoy la «colonialidad», aunque sea de manera contradictoria.

Los objetos etnográficos duelen, porque representan una herida colonial, un pasado y, como suele ocurrir con el dolor, el impulso es evitar lo que nos produce daño; la manera en que los museos etnográficos europeos están manejando sus colecciones puede entenderse como un analgésico. Valorando solo las cualidades estéticas de los objetos, como hace el Musée du Quai Branly en París, o colocándolos en un lugar de almacenamiento remoto, como sucede en el Museo de la Cultura Mundial en Gotemburgo, se brinda a la colonialidad nuevas oportunidades para seguir amenazándonos con su sombra. Si nos tomamos en serio el deseo de «corregir los errores”, para acercarnos a una misión como la del Museo de la Cultura Mundial, los museos etnográficos podrán llegar a convertirse en lugares donde nos sintamos como en casa, más allá de nuestras fronteras, y quizás, como dice Sara Ahmed, «estemos tan doloridos con nuestros propios golpes, permaneciendo y asimilando el dolor en lugar de apresurarnos a alejarnos de él».

Recurso:

Lisa Karlsson Blom y Mikela Lundahl (2012): Haunted museums. Ethnography, coloniality and sore points. Eurozine.


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