Al igual que los más afortunados entre nosotros, los estudiosos del mundo material y de los museos disfrutaron de una infancia prolongada y tranquila, con normas claras y horarios establecidos que facilitaron la acumulación gradual de conocimientos. Aunque inicialmente simple, esta sabiduría se fue enriqueciendo con el tiempo. Pasaron los años, y como ocurre en la adolescencia, estos estudiosos se enfrentaron una etapa turbulenta llena de dramas y desafíos que marcaron el fin de su inocencia y el inicio de una comprensión más profunda y compleja en el campo museológico.
La materialidad engloba todo lo que somos y tenemos. Nuestra existencia se define por nuestros cuerpos, que son objetos únicos por sí mismos. A diferencia de otras formas de vida, lo que nos distingue es nuestra avanzada autoconciencia y capacidad cognitiva, reflejada en el lenguaje y otras formas de expresión.
Los neurocientíficos están descubriendo cómo el cerebro humano, compuesto por cien mil millones de neuronas, procesa experiencias a través de nuestros sentidos. Estas experiencias, comparadas con recuerdos almacenados, nos ayudan a tomar decisiones rápidamente. Las emociones juegan un papel crucial, no solo acompañando nuestros pensamientos, sino formando parte de ellos, contribuyendo al significado, la creencia y la conciencia.
Este entendimiento destaca cómo la materialidad conecta profundamente con nuestra realidad física y emocional, mostrando la intrincada relación entre nuestra biología, nuestro entorno y nuestras experiencias.
La neurociencia está revelando por qué cada persona es única, a través del concepto de «plasticidad neuronal». Este término se refiere a cómo las conexiones en el cerebro se forman, cambian y desaparecen constantemente en respuesta a nuevas experiencias. Todos tenemos una base genética distinta y vivencias diversas que moldean habilidades e inclinaciones únicas. Vivimos en un mundo material, pero no estamos determinados completamente por él.
Esto lleva a reconocer que conceptos antiguos, como el de un «alma» o «espíritu» separados de nuestro cuerpo físico, son insostenibles hoy en día. Las nociones de dualidad entre mente y cuerpo, razón y emoción, o espíritu y materia, también se desvanecen. En su lugar, aceptamos una materialidad compleja y constante que forma todo lo que conocemos y sentimos. Nuestro entendimiento del mundo, incluyendo los juicios morales y estéticos, surge de esta interacción continua con nuestro entorno a través de nuestros sentidos.
La materialidad es una propiedad física que percibimos a través de nuestros sentidos, omnipresente tanto dentro como fuera de nuestro cuerpo. Aunque cada cultura puede entender y describir los sentidos de manera diferente, todos los mamíferos, incluidos los humanos, compartimos capacidades sensoriales básicas como sentir, ver, oír, saborear y oler. En la tradición occidental, se ha dado una gran importancia a la vista, valorando enormemente aspectos como la música y la gastronomía, especialmente en España, Portugal, Francia e Italia. Sin embargo, con los avances continuos en tecnología de la información, es poco probable que la dominancia de la visión sea desafiada.
Este enfoque visual se refleja claramente en cómo concebimos la verdad y la evidencia en la cultura del modernismo, particularmente en el diseño de las exposiciones de museos, como se puede ver en lugares como el Pitt Rivers en Oxford y el Sedgwick en Cambridge. La información se presenta de manera que pueda ser visualmente asimilada, resaltando similitudes, relaciones espaciales y conexiones causales a través de mapas, diagramas y pinturas que demuestran relaciones de poder.
Actualmente, la visión es el sentido predominante para muchas personas, lo que puede empobrecer la riqueza de nuestras experiencias sensoriales. Investigaciones recientes están comenzando a explorar cómo nuestros ojos procesan las imágenes y qué implicaciones tiene esto. Según Edwards, las imágenes son tanto objetos representativos como materiales, rodeadas de preguntas sobre memoria, historia y cognición, lo cual aplica tanto a imágenes virtuales como analógicas. Las imágenes, como todos los objetos y quizás más que otros, tienen una presencia física en un contexto social y están integradas en una dinámica social a través de interacciones como tocar o besar, llevando las marcas de su historia en su superficie.
El lenguaje, durante mucho tiempo considerado como la máxima expresión del pensamiento humano y una distinción entre nosotros y otras formas de vida, es en realidad parte de una relación más compleja e interdependiente con la materialidad. El lenguaje se genera en nuestro cerebro mediante la activación de neuronas, al igual que cualquier otra función cerebral. Nos ayuda a describir el mundo en términos metafóricos: las derrotas son amargas, el invierno es duro, las perspectivas son prometedoras. Esto ilustra cómo el lenguaje utiliza la materialidad como referente para mantenerse conectado al mundo físico, facilitando nuestra comprensión.
La poesía, por ejemplo, juega con estas metáforas para provocar reconocimiento o sorpresa en el lector. Además, el lenguaje hablado, con su riqueza de acentos, tonos y volúmenes, transmite mucho más que palabras. Los gestos y el lenguaje corporal añaden capas adicionales de significado cuando podemos ver al hablante.
Incluso cuando se escribe o graba, el lenguaje adquiere propiedades físicas y biográficas. En el caso de los perros, por ejemplo, les atrae el olor de los libros que han pasado por muchas manos.
Para los humanos, los objetos adquieren significados especiales a través de los sentimientos que se invierten en ellos. Puede ser algo tan simple como un lápiz o una camisa que se convierte en un recuerdo por su asociación con un evento significativo, o algo tan histórico como la Piedra de Scone o la espada de George Washington (Colichemarde), que se transforman en íconos nacionales. Estos objetos, conocidos por su historia y mitología, adquieren un poder que a menudo describimos como carismático. Como ejemplo, el Buda Sultanganj en el Museo de la Ciudad de Birmingham, se convierte en el centro de un festival anual donde se le ofrece culto. De manera similar, en Corea, las personas dejan flores frente a imágenes en museos como actos espontáneos de devoción. Witcomb discute cómo un modelo en miniatura de Treblinka, creado por un sobreviviente, no solo representa eventos pasados, sino que se convierte en una forma material de memoria.
Es evidente que las distinciones tradicionales entre cultura y naturaleza, junto con otras dualidades, ya no son sostenibles. La naturaleza no es simplemente un recurso pasivo esperando ser transformado por la cultura; ambos son parte de una continuidad compleja que se extiende a través de nuestro entorno material. La cultura, lejos de ser un fenómeno aislado en nuestra mente, se entrelaza completamente con nuestra experiencia material. Somos, en todos los sentidos, una manifestación de la cultura material.
Similarmente, en Chile, los santuarios callejeros celebran a las personas fallecidas injustamente, decorados con objetos personales que evocan la presencia de las almas. Estos lugares se convierten en puntos de encuentro entre los vivos y los muertos, demostrando cómo la materialidad puede conectar emocionalmente a las personas con aquellos que han pasado.
Contribuciones como las de Stevenson y Leahy, que se enfocan en el arte contemporáneo, cuestionan nuestras respuestas habituales y alteran nuestra percepción de comodidad. En el Turbine Hall de la Tate Modern, la instalación de Doris Salcedo, una grieta en el suelo, pretendía reflejar las divisiones sociales. Sin embargo, el público la utilizó de maneras inesperadas, transformando el espacio en un lugar de interacción social y juego, demostrando cómo la intención artística y la experiencia material pueden divergir significativamente.
Este análisis subraya cómo los objetos y los seres humanos están siempre en interacción, con significados que emergen de estas experiencias compartidas y continuas.
La noción de que cultura y naturaleza son categorías distintas ya no es sostenible. La realidad es que existe una continuidad de relaciones materiales que se extienden a través de todo lo que nos rodea, y la «naturaleza» es solo uno de los muchos conceptos que construimos para dar sentido al mundo. La cultura no es un fenómeno separado que reside en nuestra mente, sino que está intrínsecamente ligada a nuestra experiencia material del mundo.
La interpretación de los objetos siempre lleva consigo un aspecto político, como se ve en el Museo Churchill de Londres (Gabinete de Guerra) fomentan una narrativa nacional. Del mismo modo, los artistas de performance utilizan objetos para evocar recuerdos y actuar como catalizadores en la creación de historias personales y colectivas.
En resumen, somos seres materiales en un mundo material, y nuestra comprensión del mundo se forma a través de nuestras experiencias sensoriales. La tradición occidental ha privilegiado la visión sobre otros sentidos, pero hoy reconocemos la rica complejidad de nuestras interacciones con el mundo, que son inherentemente multisensoriales y cargadas de significados cambiantes, mostrando la rica interconexión entre objetos, percepciones y cultura.
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