La museología ha dedicado mucho tiempo a estudiar qué muestran los museos, cómo lo muestran y qué mensajes transmiten a través de sus colecciones, relatos y recursos interpretativos. Sin embargo, una parte decisiva de la experiencia museística no está únicamente en la exposición, sino en la manera en que los públicos la recorren, la comentan, la comparten y la incorporan a sus propios marcos culturales. La visita al museo no es solo una relación entre un visitante individual y un contenido expositivo. Es, sobre todo, una experiencia social (Coffee, 2007).
Museos y Experiencia Social.
Esta idea, que hoy parece casi evidente, tiene consecuencias muy concretas para la museología, la museografía y la gestión cultural. Si aceptamos que los públicos no construyen sentido en aislamiento, entonces el museo deja de ser un emisor que “transmite” contenidos a receptores pasivos y pasa a funcionar como un espacio donde se gestionan significados. El aprendizaje, la emoción, la interpretación y la memoria de la visita no dependen únicamente de lo que el museo dice, sino también de lo que sucede entre las personas durante el recorrido. El propio texto de partida insiste en que el uso del museo opera dentro de matrices socioculturales complejas y que los procesos comunicativos del museo se activan a través de la práctica social de sus usuarios.
Dicho de otro modo, los visitantes no llegan vacíos al museo. Llegan con experiencias previas, hábitos culturales, referencias familiares, conocimientos desiguales, prejuicios, expectativas, formas de mirar y maneras distintas de comunicarse. Además, rara vez visitan el museo como individuos completamente aislados. Acuden en pareja, en familia, en grupo escolar, con amistades o como parte de comunidades más amplias de interés. Esa dimensión social no es un añadido. Es una parte estructural de la experiencia. La investigación en formación informal ha subrayado precisamente que el aprendizaje en museos es público y social, ya sea entre iguales o en grupos familiares.
Investigación de Públicos – Estudios de Visitantes.
Desde esta perspectiva, cambia también el valor de la investigación de públicos. Durante años, muchos museos han utilizado los estudios de visitantes sobre todo para medir satisfacción, conocer perfiles socio-demográficos o justificar resultados frente a financiadores. Todo eso sigue siendo útil, pero resulta insuficiente. Investigar públicos no debería limitarse a responder quién viene o cuánto tiempo permanece en sala. También debería ayudarnos a comprender cómo se produce la interpretación, qué conversaciones se generan, cómo se utilizan los recursos de mediación y qué marcos sociales influyen en la experiencia. El documento de base es muy claro en este punto: la investigación de visitantes permite observar cómo interactúan las personas entre sí, cómo utilizan las herramientas interpretativas del museo y cómo se implican socialmente en la exposición.
Esto tiene implicaciones directas para la museografía. Si la visita es una práctica social, entonces el diseño expositivo no puede limitarse a disponer objetos, paneles y recursos audiovisuales de forma correcta. También debe prever contextos de interacción. Debe pensar dónde se detienen juntos los grupos, cómo se favorece la conversación, qué tipo de lectura compartida se produce ante una vitrina o una obra, qué papel juega la mediación humana y cómo se facilita una experiencia con distintos niveles de profundidad. No se trata de “animar” artificialmente la visita, sino de reconocer que el sentido se produce muchas veces en el intercambio: en la pregunta que formula un niño o niña, en la explicación improvisada de un adulto, en el desacuerdo entre dos visitantes o en la conversación que surge ante un objeto que interpela a un grupo.
Esta idea es especialmente relevante en las visitas familiares. La investigación acumulada en el ámbito museístico muestra desde hace tiempo que las familias no solo acompañan a los más pequeños al museo, sino que construyen juntas conocimiento, interpretaciones y recuerdos. Debemos pensar en la importancia de la indagación dialógica en grupos familiares y del pensamiento compartido entre adultos y menores. En la práctica, esto obliga a revisar una parte de la museografía que todavía sigue imaginando al visitante como un individuo autónomo que lee, observa y comprende en silencio. Muchos espacios expositivos continúan diseñándose desde esa ficción del visitante solitario, cuando la realidad es mucho más relacional.
Algo parecido ocurre con los grupos escolares. Cuando la visita educativa se reduce a completar fichas, seguir consignas rígidas o confirmar respuestas ya previstas, el potencial social del museo se reduce enormemente. En cambio, cuando la visita favorece la observación compartida, la formulación de preguntas y el intercambio de interpretaciones, el museo se convierte en un espacio de aprendizaje mucho más rico. El documento de partida señala precisamente que ciertos modelos pedagógicos centrados en el rendimiento o en metas cerradas pueden obstaculizar la indagación dialógica y la construcción compartida de sentido. Para los museos, esto no es una cuestión menor: afecta al diseño de programas escolares, a la formación de educadores y a la propia definición del papel pedagógico de la institución.
El Público No Es Homogéneo.
Hay otro aspecto importante. Hablar de experiencia social también obliga a reconocer que el público no es homogéneo. No existe “el visitante” como figura única. Existen públicos diversos, con perfiles definidos a partir de diferencias culturales, educativas, generacionales y sociales. El documento base insiste en que la audiencia del museo no es una singularidad, sino un conjunto plural de audiencias, y que comprenderlas exige investigaciones continuadas, no una simple fotografía estadística. Esta idea sigue siendo plenamente vigente. Estudios más recientes sobre participación museística y diversidad social continúan mostrando que la relación con los museos no está distribuida de forma neutral y que persisten barreras, desigualdades de acceso y diferencias en motivaciones y hábitos de visita.
Por eso también conviene revisar cómo se investiga a los públicos. Las métricas cuantitativas son necesarias, pero no bastan. Saber cuántas personas visitan una exposición no explica por sí mismo cómo la usan, cómo la interpretan o qué lugar ocupa esa experiencia en su vida cultural. Para captar eso hacen falta observación, entrevistas, análisis cualitativo, atención a las conversaciones y lectura contextual. Subrayamos la importancia de no quedarnos en la instantánea demográfica, y que debemos adoptar una orientación hacia la comunicación y la construcción de sentido entendidas como prácticas sociales.
El Museo Comunica a Partir de las Relaciones.
En el fondo, esta mirada obliga a replantear una cuestión básica: el museo no comunica solo a través de objetos, textos o dispositivos, sino a través de relaciones. Diseñar una exposición, por tanto, no consiste únicamente en organizar contenidos, sino en crear condiciones para que la interpretación tenga lugar de manera significativa entre personas reales, con trayectorias reales, dentro de contextos sociales concretos. Esta forma de entender la visita museística resulta especialmente útil hoy, cuando se habla tanto de participación, mediación, accesibilidad e inclusión. Antes de llenar el museo de recursos interactivos o de discursos sobre innovación, conviene recordar algo mucho más básico: la experiencia museística ya es, en sí misma, una experiencia social.
En ese sentido, el reto para los museos contemporáneos no consiste solo en atraer visitantes, sino en comprender mejor cómo producen significado esos visitantes cuando están haciendo sus recorridos. Y eso exige una museología menos centrada en la emisión unilateral del mensaje y más atenta a la experiencia compartida, al diálogo y a la complejidad social de los públicos. Porque el museo no se activa plenamente cuando alguien entra por la puerta, sino cuando ese alguien empieza a observar, comentar, comparar, preguntar y construir sentido con otros.
Recursos Bibliográficos:
Arrieta Urtizberea, I. (coordinador) (2008): Participación ciudadana, patrimonio cultural y museos: Entre la teoría y la praxis. Universidad del País Vasco.
Barrio Fernández, T. (2014): La participación de audiencias en museos de arte: Bibliografía general y estudio de caso del Museo de Navarra. Trabajos de Arqueología Navarra, 26, 331–357.
Coffee, K. (2007): Audience Research and the Museum Experience as Social Practice. Museum Management and Curatorship Vol. 22, No. 4, 377389.
Ibermuseos. (2008): Museos, educación y juventud: Memorias del V Encuentro Regional de América Latina y el Caribe sobre Educación y Acción Cultural en Museos CECA-ICOM. Ibermuseos.
Ibermuseos. (2019): Conociendo a todos los públicos. Ibermuseos.
Ministerio de Cultura y Deporte de España, Laboratorio Permanente de Público de Museos (2018): La experiencia de la visita al museo. Secretaría General Técnica del Ministerio de Cultura y Deporte.
Ministerio de Cultura de la Nación (Argentina) (2022): Un museo común: Museos y comunidades. Secretaría de Patrimonio Cultural.
MuNa, Museo Nacional del Ecuador (2019): Estudio cualitativo de públicos. Museo Nacional del Ecuador.
Padró i Puig, C. (1996): De la reconciliación con el visitante y los públicos del museo. RdM. Revista de Museología, 8, 25–30.
Pérez Santos, E. (director) (s. f.): El museo y sus públicos: Estudio de los visitantes reales y potenciales de los museos en la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia. Universidad Complutense de Madrid.
UNESCO (2013): Los objetivos de los museos: Educación, estudio y recreo. UNESCO.
Consultas sobre Visita al Museo Como Experiencia Social: info@evemuseos.com