COVID-19: Museos y Consecuencias de la Pandemia

 

La actual crisis de COVID-19 ha provocado cambios y reflexiones en nuestro ámbito profesional sobre los museos. Entre las muchas preguntas que acuden a nuestra mente, tenemos esta: ¿cuál es el objetivo de un museo que permanece cerrado al público? ¿Cómo pueden los museos seguir siendo relevantes si la gente no los visita? ¿Pueden las exposiciones que llevan años de planificación y producción transferirse al ámbito digital para mantener los museos abiertos virtualmente? Esta crisis plantea, como vemos, numerosas cuestiones, algunas de ellas referidas a la relevancia – como la de si deben permanecer cerrados -, y otras sobre si los museos podrían evolucionar para reflejar la situación actual o sobre cuál podría ser su papel después de COVID-19. ¿A quién puede servir un museo cuando su única instancia es una versión en línea? En cualquier caso, la crisis actual ha obligado a los museos a considerar preguntas que ya habían surgido hace tiempo (Cameron, 2015) y que, de haber tenido respuesta, no solo les ayudaría ahora a capear la tormenta, sino también a emerger con más fuerza y solidez.

A medida que los profesionales de los museos y sus estudiosos comienzan a involucrarse más profundamente con las realidades de nuestro nuevo orden museológico, las primeras incursiones en lo que podría ser un museo digital también corren el riesgo de perpetuar conceptos erróneos más profundos sobre cuál es el propósito de un museo, reforzando la suposición equivocada de que existe una conexión directa entre exposiciones «virtuales» y «reales». En el centro de esta tensión se encuentra la necesidad de encontrar formas de resaltar y unir dos de los roles más importantes de los museos: como fuentes y espacios para la comunicación académica (en otras palabras, como depósitos de conocimiento) y como lugares para la comunicación científica (entretenimiento informativo). Ambos roles han estado hasta ahora situados en el espacio físico del museo. Sin embargo, pensando en una evolución digital e híbrida, el COVID-19 «empuja» a los museos a revelar su funcionamiento interno y a compartir, potencialmente, mucho más con sus visitantes virtuales.

Los museos como fuentes de comunicación científica.

El museo como comunicador científico es probablemente el que la mayoría de la gente conoce. En esta formulación, los museos pueden verse como lugares de ocio y entretenimiento a los que acudir cuando nos encontramos en una ciudad desconocida para tratar de hacernos una idea del lugar y de su historia. O como un espacio para visitar un fin de semana lluvioso, cuando los peques están obsesionados con ver a los dinosaurios. Podríamos contemplar una de las muchas exposiciones de obras maestras o tesoros de artefactos antiguos. Quizás anteriormente ya fuimos a un museo de excursión – como niños en edad escolar -, para visitar ciertas exposiciones y colecciones especiales relacionadas con un programa de estudios. Aprender algo es un aspecto importante para este tipo de visitas, que pueden ser transformadoras y proporcionarnos experiencias cercanas y personales al permitirnos ver de cerca especímenes o artefactos; este es un aspecto significativo del papel de la comunicación científica del museo. Pero la parte pedagógica de la experiencia está equilibrada por el contexto en el que tiene lugar. Los museos se convierten en espacios con los que interactuamos a través de galerías, quioscos con pantalla táctil, cafeterías, restaurantes y tiendas de regalos – se toman muy en serio estos diferentes puntos de contacto (Koszary, 2018) -. La participación de la audiencia se considera un componente crucial del trabajo de un museo. La experiencia del visitante es una preocupación creciente para los equipos curatoriales, que se centran en hacer que sus museos sean acogedores, inclusivos y fáciles de recorrer. Todo esto forma parte también de un área de investigación en crecimiento para los estudiosos de los museos, quienes analizan las formas en que los visitantes interactúan (Pekarik, Doering y Karns, 1999; Kirchberg y Tröndle, 2012) y clasifican sus experiencias en términos de cómo el espectador responde cognitivamente a un objeto y su ubicación dentro de una sala. En su formulación, un museo es capaz de crear múltiples momentos en los que se produzca la comunicación científica. Sin embargo, estas categorías están (o deberían estar), por definición, muy bien localizadas, suponiendo que tuviera lugar una proximidad física entre el espectador y los objetos. Por otro lado, de manera crucial y ocasional, se deja poco espacio para el diálogo y la mediación. En los últimos veinte años, el papel tradicional del museo como voz institucional creíble y de confianza, que dicta importancia y permite poco margen para la interpretación o la respuesta del visitante, ha sido rechazado (Macdonald, 2016; Weil, 2007; Witcomb, 2003). Pero, ¿cómo mitigar estas experiencias, y en particular a través de las tecnologías digitales, cuando es casi imposible saber quién podría iniciar sesión en las ofertas digitales de un museo y cuál seria su trasfondo cultural, educativo o social, es una discusión continua entre los profesionales del museo? Hablamos de un tema extremadamente complejo.

Los museos como depositarios de conocimiento.

El papel de los museos como espacios para educar y entretener a quienes cruzan sus puertas, es solo la punta del iceberg cuando se trata de considerar su función real El Consejo Internacional de Museos (ICOM) es el organismo mundial, afiliado a la UNESCO, que actúa como una organización paraguas para museos de todo el mundo. Actualmente, definen a nuestros museos como instituciones que son: ‘»… participativas y transparentes, y trabajan en asociación activa con y para diversas comunidades, para recopilar, preservar, investigar, interpretar, exhibir y mejorar la comprensión del mundo …» Las actividades descritas por ICOM incluyen combatir el tráfico ilícito de bienes culturales y promover la gestión de riesgos y la preparación para emergencias, protegiendo así el patrimonio cultural mundial en caso de desastres naturales o provocados por el hombre. Pero, para los propósitos de esta reflexión, nos preocupan los aspectos relacionados con «la investigación e interpretación» de las actividades de un museo, o, como dijimos anteriormente, el museo como depósito de conocimiento, lo que brinda una posibilidad intrigante para una revisión de lo que los museos podrían ser en estos tiempos de restricciones causadas por el COVID-19.

En definitiva, los museos desempeñan un papel crucial en el desarrollo del conocimiento, pero se manifiesta de una manera muy diferente y menos comprometida con el público. Las primeras versiones de los museos fueron los Wunderkammer o gabinetes de curiosidades y maravillas, que acumulaban las colecciones de especímenes de historia natural, artefactos y curiosidades que estaban en poder de príncipes, duques y otros hombres con posibles. De estas colecciones, y de las instituciones en las que se desarrollaron, proceden los materiales de origen para la investigación que nos ha ayudado a aprender más sobre nuestro mundo. Una de las funciones clave de los museos es actuar como repositorios de la memoria cultural (Morgan y Macdonald, 2018), reuniendo objetos materiales e información para evitar su pérdida anticipada. En la práctica, esto significa que en todas partes, y en entornos especialmente climatizados, se guardan cajas y estantes llenos de herramientas de piedra, conchas, flores secas, pieles de animales, cortezas de árbol, huesos, textiles, porcelanas, vidrio y papel, o frascos y botellas llenas de especímenes preservados de animales e insectos. Pero, ¿cuántas de estas cosas puede necesitar un museo? ¿Por qué molestarse en conservarlos si nadie, excepto unos pocos curadores y expertos en conservación, los contemplará jamás? – especialmente ahora, cuando nadie puede acceder a ellos -. Una razón por la que estas colecciones resultan importantes es que los museos son mucho más que lugares donde pasar unas horas deambulando por exposiciones (deteniéndonse a mitad de camino para tomar un café y un pastel). Los museos son sitios vitales para la investigación, una cuestión que siempre ha estado presente detrás de escena en estas instituciones. Así como los libros forman la base de la investigación académica en las bibliotecas, las colecciones de los museos y la documentación que los acompaña lo son en las actividades de investigación de los profesionales de museos y otros académicos. El Museo de Historia Natural de Londres alberga las colecciones de Darwin, con especímenes de aves, corales y mamíferos que dieron paso a sus teorías sobre la evolución de las especies. El Münzkabinett del Staatliche Museen de Berlin contiene una de las colecciones numismáticas más importantes del mundo, y proporciona a los académicos material relevante, tanto para estudiar la época temprana de la ciencia y la metalurgia, como la historia social y económica de las sociedades de Asia Menor en el Siglo VII a. C. – e incluso monedas y medallas del siglo XXI -. El Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana, que es uno de los veinte museos e institutos de investigación de la Institución Smithsonian, contiene elementos que han permitido a los investigadores destacar el papel de los soldados afroamericanos en la Primera Guerra Mundial y su impacto en la sociedad estadounidense. Las tres instituciones, que actualmente permanecen cerradas, han hecho que estas y otras colecciones y exposiciones estén disponibles en línea – con diversos grados de notoriedad – durante esta crisis.

A diferencia de un registro de un libro en una biblioteca, que le dirá al usuario dónde encontrarlo pero no proporcionará acceso al contenido, los museos almacenan el conocimiento sobre cualquier objeto registrado, gracias al trabajo de los curadores, que se actualiza constantemente a medida que surgen más investigaciones. A menudo, esta información hace referencia cruzada a otros objetos que comparten una misma procedencia o están conectados a individuos o períodos de la Historia. Sin embargo, muy poca de esta información llega al público en general. Existen varias razones, la más notable es que, en la mayoría de los museos, solo se exhibe alrededor del 10% de sus acervos, por lo que muy poco contenido es en realidad visible. En segundo lugar, los registros y los objetos normalmente se mantienen separados entre sí. Los objetos se almacenan en reservas técnicas – a menudo fuera del museo -, y los registros existen en catálogos impresos o bases de datos; la conciliación de ambos es difícil, incluso para los curadores (Blagoyev, Felten, Kahn, 2018).

Explotando iniciativas.

Debido a que los museos se han visto obligados a cerrar, algunos de ellos han recurrido a Twitter, un espacio inusualmente rico para el discurso del museo – algunos curadores son buenos para encajar mucho en pocas palabras – con el fin de curar las vistas de instituciones y sitios patrimoniales con el hashtag #museoscerrados. Otros, en cambio, dirigen a los visitantes potenciales a sus páginas en Google Arts and Culture, donde podrán explorar partes seleccionadas de sus colecciones, generalmente con notas e información ampliadas. Estos intentos iniciales de proporcionar acceso son admirables porque facilitan que las audiencias no locales participen de colecciones que no hayan podido ver en el pasado, y que tal vez no tengan la oportunidad de hacerlo en un futuro incierto. Pero, gran parte de todo esto se valora como «negocios como siempre, solo en Internet». Esta podría ser una forma efectiva de capear la tormenta inmediata. Sin embargo, está claro que crear un sitio web o hacer notar la presencia del museo en las redes sociales – algo que permita una transferencia unidimensional de conocimiento de la institución a la audiencia -, ya no se considera un recurso suficiente para el compromiso digital.

Crisis como oportunidad.

La realidad es que también existe una oportunidad para ser visto durante esta crisis si disponemos de una visión que vaya un poco más allá. Ha habido cierta presión para que los museos realicen cambios críticos durante algún tiempo y, aunque es alarmante, el COVID-19 podría ser el resorte necesario para impulsar esos cambios. Si los museos asumen la postura de «sentémonos y veamos qué sucede», es mucho menos probable que emerjan como identidades evolucionadas, sanas y flexibles necesarias para continuar sus roles como preservadores del conocimiento y transmisores de comunicación en el post-mundo epidémico.

Las exposiciones en línea o digitales, que reproducen, amplían y complementan las colecciones físicas, se están volviendo cada vez más comunes. Pero entre los profesionales de los museos, ha existido una falta general de consenso sobre lo que podría ser una exposición de este tipo y, hasta la crisis de COVID-19, sobre si es realmente una valiosa opción estratégica para los museos (Hartig, 2019). Gran parte del desacuerdo surge porque las exposiciones en línea inicialmente se desarrollaron como complemento a las exhibiciones físicas, de la misma manera que las galerías, en muchos museos, fueron consideradas durante mucho tiempo como los espacios centrales de exposición, complementados por tiendas de regalos, quioscos y cafeterías. Las galerías (y sus sustitutos digitales) a menudo se consideran demasiado editoriales, con mucho texto, imágenes planas y pocas opciones para el espectador en cuanto a cómo navegar por ellas (Kahn, 2017). Las ofertas digitales parecen ser el consenso emergente, si bien no deberían ser copias digitales de lo que ya existe en el museo. La clave es hacer uso de las posibilidades del medio, que incluye autonomía, soluciones multimedia de múltiples capas y contenido vinculado. La creación de materiales diseñados teniendo en cuenta lo digital, en lugar de utilizar una idea de último momento, permitiría a los museos considerar la manera de actuar como repositorios de conocimiento y comunicadores de la ciencia para audiencias completamente nuevas, aquellas que han estado y continuarán recurriendo a ellos mientras la crisis nos mantiene en casa y mirando las pantallas. Erin Blasco, quien dirige las redes sociales para el Smithsonian, ha explicado que, a corto plazo, los museos deben olvidarse de las exposiciones físicas – que pueden abrirse, o no – y  considerar una nueva narrativa de sus historias haciendo uso de materiales que ya están disponibles en línea de forma gratuita en sus archivos, en repositorios en línea e incluso en otras instituciones. Este enfoque permitirá a los museos convertirse en un tipo diferente de comunicador científico, utilizando elementos abiertos ya disponibles.

Big data: data muy, muy grande.

A nivel de investigación, en una escala mayor y más compleja, varias instituciones ya han comenzado a experimentar con la web semántica y los datos vinculados; y lo hacen como una forma de conectar sus bases de datos (que pueden contener varios millones de registros) y crear múltiples capas  multimedia de sus colecciones, centrándose tanto en los registros como en los objetos. Esta no es una tarea fácil y, hasta la fecha, gran parte de esa dificultad reside en las primeras etapas del desarrollo técnico y de prueba de concepto. La construcción de infraestructura digital supone un gran esfuerzo que puede ser difícil de justificar para los directores y administradores de museos preocupados por la gestión inmediata de la reputación institucional. Sin embargo, a largo plazo, asegura un potencial suficiente para construir herramientas robustas de transferencia de conocimiento y de comunicación, lo que permitiría a los museos continuar llegando a sus audiencias y entre sí, a pesar de los riesgos de futuras crisis como la del maldito COVID-19.

Creando contexto.

Aunque las presencias en línea pueden ofrecer una variedad cada vez mayor de características interactivas para que los visitantes accedan a las imágenes, es imprescindible tener en cuenta el contexto interpretativo e histórico proporcionado por los museos y museólogos que organizan las exposiciones. La curadora del Museo de Ciencias de Londres, Suzanne Keene, argumenta que las interfaces web, particularmente las de los museos, corren el riesgo de conceder más importancia al conocimiento que a las colecciones: «las personas podrán, por así decirlo, ayudarse a sí mismas accediendo a la información que las colecciones encarnan, pero sin mediación o interpretación» (Reading, 2003).

Son muchos los que luchan por dar sentido al mundo, y los museos están perfectamente ubicados para ayudar a conseguirlo, a partir de su papel como comunicadores de la ciencia y como recolectores de conocimiento y cultura. Estos roles, traducidos a un contenido digital, no necesitan emular lo que se puede hacer en un museo. Como dijo un profesional de este ámbito «un sitio web no tiene paredes, una galería no tiene pestañas». Entendido desde esta perspectiva, el potencial que ofrece lo digital para proporcionar un rico contenido de museo y en capas, que cumpla el papel de comunicación científica y explote su posición como repositorios de conocimiento, resulta emocionante. La realidad, sin embargo, es que crear, administrar y alojar este contenido no es fácil, rápido ni económico. Y como muchos profesionales de museos saben (Perrin, 2016), un proyecto digital o es rápido, o fácil o barato, pero nunca las tres cosas a la vez. No obstante, los museos son expertos en «tomarse su tiempo». Muchos de ellos llevan recolectando objetos durante cientos de años.

Recursos bibliográficos:

Kahn, R. (2020): The COVID-19 is prompting many museums to reconsider how they communicate their research to the public. Elephant in the Lab. https://doi.org/10.5281/zenodo.3751749

Cameron, F. (2015): The Liquid Museum: nuevas ontologías institucionales para un mundo complejo e incierto. https://doi.org/10.1002/9781118829059.wbihms117

Chan, S. (2019): Sobre inmersión e interactividad vía # MW2019

Blagoev, B., Felten, S. y Kahn, R. (2018): La carrera de un catálogo: memoria organizacional, materialidad y la doble naturaleza del pasado en el Museo Británico (1970 – Hoy). Organisation Studies, 39 (12), 1757–1783. https://doi.org/10.1177/0170840618789189

Hartig, K. (2019): Museos en el espacio digital: algunas reflexiones sobre exposiciones en línea.

Kahn, R. (2018): Manchas en el cristal: trazado y localización del museo en las colecciones digitalizadas del Museo Británico. Tesis doctoral.

Kirchberg, V. & Tröndle, M. (2012): Experiencing Exhibitions: A Review of Studies on Visitor Experiences in Museums. Curator: The Museum Journal 55 (4) 435-452, eprint: https://onlinelibrary.wiley.com/doi/pdf/10.1111/j.2151-6952.2012.00167.x

Koszary, A. (2018): La digitalización es muy difícil.

Macdonald, S. (2016): Nuevas constelaciones de diferencia en el siglo XXI de Europa. Paisaje del museo. Museum Anthropology 39 (1), 4-19 https://doi.org/10.1111/muan.12104

Morgan, J. y Macdonald, S. (2018): Decrecimiento de colecciones de museos para nuevos futuros patrimoniales, International Journal of Heritage Studies, 26: 1, 56-70, https://doi.org/10.1080/13527258.2018.1530289

Pekarik, J., Doering, Z y Karns, D. (1999): Explorando experiencias satisfactorias en museos. Curador: The Museum Journal 42 (2): 152–173.

Perrin, J. (sin fecha): Digitalización de medios planos; Rowman y Littlefield.

Reading, A. (2003): Interactividad digital en instituciones de memoria pública: los usos de las nuevas tecnologías en los museos del Holocausto. Media, Culture & Society, 25 (1), 67–85. https://doi.org/10.1177/016344370302500105

Weil, S. (1999): De ser sobre algo a ser para alguien: La transformación continua del museo estadounidense. Dédalo 128 (3), 229-258

Witcomb, A. (2003): Reimaginando el museo: más allá del mausoleo.


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