En casi todos los territorios donde hay museos, yacimientos o paisajes culturales reconocidos, se repite la misma escena: las instituciones culturales se convierten en motor de atracción turística… y, al mismo tiempo, empiezan a sufrir los efectos de su propio éxito. Más visitantes, más ingresos potenciales, más visibilidad… pero también más desgaste de los espacios, más presión sobre las colecciones y el entorno, y más riesgo de simplificar el relato para adaptarlo a un consumo rápido.

El punto de partida es incómodo pero necesario: el patrimonio cultural – material e inmaterial – es un recurso no renovable. Ha sido heredado por la generación presente y, de alguna manera, está en «depósito» para las que vendrán. Si las políticas turísticas lo tratan como un producto cualquiera, sacrificable en nombre del crecimiento inmediato, es el propio sentido del museo y del patrimonio el que queda en cuestión.

Museos Entre Dos Lógicas.

Los museos se sitúan en el cruce de dos lógicas que tiran en direcciones distintas. Por un lado, se les pide contribuir al desarrollo: atraer visitantes, dinamizar la economía local, generar empleo, mejorar la «marca ciudad» o «marca región». Por otro, tienen el mandato de conservar colecciones y contextos, respetar la integridad física y simbólica de los bienes, garantizar su transmisión y trabajar con las memorias y las identidades que contienen.

El conflicto se hace visible en decisiones aparentemente pequeñas: ampliar horarios hasta el límite, aumentar aforos, reducir tiempos de visita guiada, aceptar intervenciones arquitectónicas espectaculares que quedan muy bien en fotografía pero alteran de forma irreversible edificios, yacimientos o paisajes. El riesgo es que el museo pierda su papel de custodio y mediador y se convierta en un decorado más dentro de la industria del ocio.

Capacidad de Carga y Conservación Preventiva.

Una de las herramientas más útiles para ordenar este terreno es la noción de capacidad de carga: cuántas personas puede soportar un espacio (sala, edificio, yacimiento, pueblo histórico) sin que se comprometan ni la conservación ni la calidad de la experiencia. No se trata solo de metros cuadrados, sino de muchos factores combinados: fragilidad de los materiales, condiciones ambientales, accesos, servicios disponibles, tiempo medio de estancia.

Trabajar con capacidades de carga claras permite tomar decisiones más justificadas: escalonar las entradas, establecer cupos por franja horaria, diseñar recorridos alternativos, derivar parte de la demanda hacia otros recursos menos saturados del territorio, introducir pausas necesarias para mantenimiento y descanso del propio lugar. Es una lógica de conservación preventiva aplicada al conjunto del sistema turístico-cultural, no solo a la pieza en vitrina.

Contra la Restauración Espectacular.

En contextos de fuerte presión turística es muy tentador recurrir a restauraciones «de impacto»: limpiezas extremas, reconstrucciones agresivas, modernizaciones que responden más a expectativas escénicas que a criterios patrimoniales. El problema es que, a menudo, estas intervenciones son irreversibles y, en el camino, se pierde material, información y autenticidad.

Una alternativa es apostar por la conservación discreta, bien explicada. En lugar de esconder procesos de cuidado, se pueden mostrar: obras en restauración visibles al público, paneles que expliquen decisiones técnicas, recorridos que incluyan la trastienda del museo. El mensaje es doble: por un lado, se da valor al trabajo profesional; por otro, se ayuda al visitante a comprender por qué no todo se puede tocar, iluminar brutalmente o «limpiar hasta que brille».

Turismo Cultural… ¿Cultural?

Que el turismo sea «cultural» no significa automáticamente que favorezca la comprensión de las culturas. La visita puede convertirse en una sucesión de imágenes icónicas, selfies y recuerdos comprados, con muy poco espacio para el contexto, el conflicto o la complejidad. Aquí el papel del museo (y de los guías, mediadores, intérpretes) es crucial.

La mediación no debería limitarse a transmitir datos, fechas y nombres. Tiene que incorporar también las capas problemáticas: qué conflictos rodean a ese patrimonio, quién decide qué se muestra y qué no, qué huellas de intervenciones fallidas vemos hoy, qué tensiones existen entre explotación turística, vida cotidiana de las comunidades y conservación. No se trata de culpabilizar al visitante, sino de implicarlo como aliado informado.

Comunidades Locales: del Decorado al Actor Principal.

Con demasiada frecuencia, las comunidades que habitan los territorios patrimoniales aparecen solo como «color local»: figurantes en fiestas, proveedores de servicios de bajo costo, receptores pasivos de decisiones tomadas desde fuera. Esta mirada es insostenible a medio plazo, tanto ética como prácticamente.

Incorporar a las comunidades en la creación de políticas turísticas y culturales implica, como mínimo:

  • Escuchar a la comunidad en diagnósticos y planes.
  • Compartir información y resultados.
  • Abrir espacios para iniciativas propias vinculadas al patrimonio.
  • Evitar procesos de gentrificación y expulsión de población local.
  • Reconocer y apoyar patrimonios vivos (oficios, lenguas, rituales) que a menudo son los primeros en resentirse cuando el turismo masivo desborda el territorio.

Un turismo cultural que no respeta a las comunidades que sostienen esos patrimonios acaba siendo, en el fondo y aunque suene radical, una forma refinada de explotación.

Museos Como Mediadores Entre Turismo y Patrimonio.

¿Qué pueden hacer, en la práctica, los museos y centros patrimoniales?

Algunas líneas de acción:

  • Participar activamente en la planificación turística del territorio, no solo ejecutar lo que se decide desde departamentos de promoción.
  • Desarrollar narrativas que expliquen los límites: por qué se restringe el acceso a ciertas zonas, por qué se limita el aforo, por qué no todo se ilumina igual.
  • Diseñar experiencias de visita que combinen disfrute y comprensión, evitando tanto el sermón moralizante como la banalización complaciente.
  • Trabajar con operadores turísticos, guías y alojamientos para que el mensaje sobre conservación y respeto se refuerce en toda la cadena.
  • Experimentar con herramientas digitales (reservas anticipadas, visitas virtuales, contenidos online) que puedan aliviar presión presencial sin sustituirla por completo.

Turismo: Aliado o Amenaza.

El turismo no es un enemigo en sí mismo. Puede aportar recursos, visibilidad, oportunidades de intercambio cultural y argumentos políticos a favor de la conservación. Pero es, al mismo tiempo, una fuerza que tiende a simplificar, acelerar y comercializar. La pregunta clave no es «turismo sí o no», sino «qué tipo de turismo, bajo qué condiciones, con qué límites y con qué reparto de beneficios y costes».

Para responder a esta cuestión, el sector necesita alianzas sólidas: entre museos y administraciones, entre profesionales del patrimonio y del turismo, entre técnicos y comunidades, entre ámbitos locales e internacionales. Y necesita también una formación específica: en conservación preventiva, gestión de flujos, interpretación del patrimonio, participación social.

Solo así el patrimonio dejará de ser un mero escenario para la industria turística y podrá seguir cumpliendo su función principal: sostener memorias, identidades y conocimientos que no son sustituibles ni reproducibles.


Recursos Bibliográficos.

Prats, L. (1997). Antropología y patrimonio. Ariel.

Santana, A. (2003). Patrimonio, turismo y globalización. Ariel.

Pastor Alfonso, M.J. (2011). Turismo cultural y gestión del patrimonio. Síntesis.

García Hernández, M. (2007). Capacidad de carga turística y planificación de destinos patrimoniales. Anuario Turismo y Sociedad.

Ministerio de Cultura y Deporte (España). (2015). Manual de uso turístico del patrimonio cultural.

McKercher, B. y du Cros, H. (2002). Cultural Tourism: The Partnership Between Tourism and Cultural Heritage Management. Haworth Hospitality Press.

Timothy, D.J. y Boyd, S.W. (2003): Heritage Tourism. Pearson.

Boniface, P. y Fowler, P. (1993): Heritage and Tourism in the ‘Global Village’. Routledge.

Garrod, B. y Fyall, A. (2000): Managing heritage tourism. Annals of Tourism Research, 27(3), 682–708.

Leask, A. (2010). Progress in visitor attraction research: Towards more effective management. Tourism Management, 31(2), 155–166.


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Museos Como Mediadores Entre Turismo y Patrimonio.

ISSN 3020-1179

BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA – INTERNATIONAL STANDARD SERIAL NUMBER – EVE MUSEOS E INNOVACIÓN – ESPAÑA.

Por Espacio Visual Europa (EVE)

EVE Museología+Museografía, es una entidad que trabaja en el ámbito de la educación museística, además de ser una consultora de asesoramiento creativo, diseño, construcción, renovación de museos locales y proyectos de creación de ecomuseos. EVE gestiona colecciones y contenidos en exposiciones permanentes y temporales de manera creativa e innovadora. También desarrolla proyectos relacionados con la redacción e implantación estratégica de proyectos de museología, además del diseño y producción de proyectos museográficos con alta presencia tecnológica, de perfil singular y diferenciado. Como mencionamos anteriormente, en EVE somos profesores y conferenciantes en diferentes campos de la museología, de la museografía didáctica, comunicación institucional, márketing y gestión de museos, identidad institucional y sobre innovación tecnológica aplicada a las exposiciones de museos locales. Sabemos que el continente es importante, pero también creemos que la calidad de los contenidos determina el éxito de todo proyecto museológico. Esta es la razón fundamental para conseguir la integración y combinación de las exposiciones, permanentes o temporales, que educan, sorprenden y entretienen. Ricardo Cano es miembro de la Asociación Española de Museología (AEM) y de la Asociación Profesional de Museólogos de España (APME).

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