Los museos han sido, desde su concepción, espacios donde predomina la vista como el principal medio de percepción. Sin embargo, este enfoque monocéntrico ha comenzado a ser cuestionado en las últimas décadas. A medida que la sociedad avanza hacia una apreciación global de la experiencia sensorial, el olfato ha resurgido como una herramienta poderosa y hasta ahora subestimada para enriquecer la visita al museo. En lugar de limitar la experiencia artística al sentido de la vista, integrar el olfato puede abrir nuevas formas de interacción con las obras de arte, conectando de manera más profunda y emocional con los visitantes.
En los primeros museos y «gabinetes de curiosidades» del siglo XVI, los visitantes podían interactuar con los objetos de manera multisensorial. Era común que tocaran, olieran e incluso acercaran la punta de la lengua a los artefactos expuestos. Lejos de ser considerado un comportamiento inapropiado, este enfoque multisensorial se veía como una forma esencial de adquirir conocimiento. En ese momento, se creía que todos los sentidos eran necesarios para comprender plenamente los objetos y fenómenos naturales, y el olfato jugaba un papel importante en la percepción de la esencia de los objetos.
Sin embargo, a medida que la ciencia moderna se consolidó en los siglos XVIII y XIX, el predominio de la vista se estableció firmemente. La visión se asoció con el conocimiento científico y la racionalidad, mientras que el olfato, el tacto y el gusto fueron relegados a sentidos inferiores, considerados demasiado corporales y «primitivos». Así, los museos comenzaron a adoptar un enfoque visual exclusivo, y el sentido del olfato fue excluido casi por completo de la experiencia museal.
Con la aparición del «cubo blanco», un diseño arquitectónico que eliminaba cualquier distracción sensorial para centrarse exclusivamente en la obra de arte, el museo se consolidó como un espacio predominantemente visual. En estos entornos, los visitantes debían interactuar únicamente a través de la vista, con el objetivo de contemplar las obras sin ser influenciados por otros sentidos. Sin embargo, a pesar de esta aparente «neutralidad», los olores no pueden eliminarse por completo. Incluso en los museos diseñados para minimizar las distracciones olfativas, los visitantes pueden percibir aromas sutiles, ya sea de productos de limpieza, de otros visitantes o de las cafeterías cercanas.
A pesar de que el olfato fue excluido durante gran parte de la historia moderna de los museos, en las últimas décadas ha habido un renovado interés en incorporar este sentido en la experiencia museal. Un ejemplo destacado es Inhaling Art, una iniciativa del Van Abbemuseum en los Países Bajos, donde se utilizaron aromas específicos para complementar las obras de arte expuestas. Este proyecto permitió a los visitantes no solo ver las obras, sino también olerlas, creando una experiencia multisensorial que iba más allá de lo puramente visual.
El propósito de iniciativas como esta es enriquecer la experiencia del visitante mediante la integración de otros sentidos, especialmente el olfato, que puede evocar emociones y recuerdos de manera poderosa. A través del olfato, los visitantes pueden conectar con las obras de arte de formas nuevas y sorprendentes, lo que añade una capa de interpretación que trasciende la simple observación.
Incorporar el olfato en los museos plantea varios desafíos logísticos y curatoriales. En primer lugar, los olores tienden a dispersarse y mezclarse en el aire, lo que puede resultar en una experiencia abrumadora o confusa si no se gestiona adecuadamente. Controlar y contener los aromas en un entorno de museo requiere soluciones creativas, como el uso de «unidades de cristal perfumado», que liberan olores de manera controlada y permiten a los visitantes interactuar con los aromas sin saturar el ambiente.
Otro desafío es la evanescencia de los olores. A diferencia de una pintura que permanece fija en una pared, los aromas desaparecen rápidamente, lo que requiere una renovación constante para mantener su efectividad. Además, existe el riesgo de la «fatiga olfativa», una condición en la que los visitantes pierden temporalmente la capacidad de percibir los olores debido a la exposición prolongada. Para combatir esto, en proyectos como Inhaling Art se ofrecieron granos de café a los visitantes para «resetear» su sentido del olfato y permitirles continuar apreciando los diferentes aromas sin perder sensibilidad.
El olfato no solo enriquece la experiencia sensorial, sino que también tiene un gran potencial como herramienta pedagógica en los museos. A diferencia de la vista, el olfato está directamente relacionado con el sistema límbico, la parte del cerebro que gestiona las emociones y los recuerdos. Esto significa que los olores pueden evocar recuerdos vívidos y emociones profundas, lo que permite a los visitantes conectarse emocionalmente con las obras de arte de manera más intensa.
Por ejemplo, en el caso de la obra de Kandinsky exhibida en Inhaling Art, los visitantes podían experimentar el aroma asociado con la pintura, lo que les permitía «ver» y «oler» el paisaje al mismo tiempo. Esta experiencia sinestésica no solo intensificaba la percepción visual de la obra, sino que también permitía a los visitantes conectarse con las intenciones del artista, quien estaba interesado en la relación entre los sentidos, como lo demuestra su fascinación por la sinestesia.
Además, los olores tienen la capacidad de abrir nuevas puertas a la interpretación personal. Dado que los olores están profundamente ligados a los recuerdos individuales, cada visitante puede tener una respuesta diferente a un aroma específico. Un mismo olor puede evocar una variedad de imágenes, recuerdos y emociones, lo que convierte al olfato en una herramienta poderosa para la interpretación libre y personal del arte.
El olfato tiene la capacidad única de crear una conexión corporal y emocional con las obras de arte. A través del olfato, los visitantes pueden sentir que están en contacto físico con la obra, sin necesidad de acercarse demasiado. Esta relación íntima y directa con el objeto permite una comprensión más profunda y visceral, haciendo que la experiencia museal sea más inmersiva.
Por ejemplo, en Inhaling Art, uno de los aromas estaba diseñado para evocar los primeros días del museo, cuando el fundador, que era dueño de una fábrica de cigarros, tenía su colección rodeada de humo de cigarro. Al oler este aroma, los visitantes podían imaginar cómo era el ambiente en ese entonces, creando una sensación de realidad aumentada que complementaba la experiencia visual de las obras de arte.
La integración del olfato en los museos representa una oportunidad emocionante para enriquecer la experiencia del visitante y expandir las posibilidades interpretativas del arte. A pesar de los desafíos curatoriales que plantea la incorporación de aromas, el potencial del olfato para crear conexiones emocionales y cognitivas más profundas es innegable.
Al fomentar una experiencia multisensorial, los museos pueden ofrecer una mayor inclusión, especialmente para aquellos con discapacidades visuales, y brindar una experiencia más completa y significativa para todos los visitantes. El olfato, al igual que la vista, el oído o el tacto, tiene el poder de transformar la manera en que experimentamos el arte, haciendo de los museos espacios verdaderamente inmersivos y participativos. Al aprovechar esta capacidad, los museos pueden evolucionar hacia un enfoque más inclusivo y multisensorial que enriquezca la relación entre el arte y el público.
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