Museos y el Sentido del Olfato

 

El bulbo olfativo del cerebro está directamente conectado a la amígdala y al hipocampo, zonas responsables de la emoción y la memoria, respectivamente. Estas tres estructuras neurológicas son parte de un sistema límbico mayor, que controla la memoria, emoción y aprendizaje, entre otros aspectos del comportamiento social e instintivo del hombre. Las conexiones anatómicas a través de las cuales se procesan las señales olfativas, permiten generar un conjunto único de asociaciones de olores, recuerdos, emociones e, incluso, establecer relaciones interpersonales.

En un giro afortunado para nuestra especie, la gran neocorteza humana restringe nuestros comportamientos basales e instintivos, imponiendo en su lugar un nivel excepcional de pensamiento y autocontrol. Aunque muchos especialistas señalan las capacidades olfativas en especies de animales irracionales, como los perros, Lyall Watson, destacada naturalista y antropóloga, argumenta que teniendo en cuenta la capacidad cognitiva del ser humano para comprender, racionalizar y situar los olores, «de alguna manera podemos ser los más evolucionados de todas las especies». Si le tomamos la palabra al Dr. Watson, podríamos preguntarnos:

  1. ¿De qué manera los humanos usamos este extraordinario sentido del olfato?.
  2. ¿Cómo podemos utilizar estos procesos para desarrollar más dinámicas relacionadas con los contenidos de nuestros museos?.

El vínculo que existe entre el olor (aromas) y la memoria es bien conocido y fácilmente observable. Utilizando las tres fases de la memoria, codificación, almacenamiento y recuperación, podemos tener una visión general rápida de cómo el olfato encaja en el proceso de creación y mantenimiento de nuestros recuerdos. Comenzando con el proceso de codificación, se produce una interacción continua entre cada persona y el entorno, a través del cual se recopilan todos los datos sensoriales -. Es importante tener en cuenta que todos los recuerdos están compuestos de datos sensoriales que nuestro cerebro combina para crear una representación del pasado -.

Para aquellos que han perdido alguno de sus sentidos, los otros cuatro (o menos) pueden asumir roles más importantes en el funcionamiento cognitivo. Diferentes estudios sobre personas con diversas formas de pérdida sensorial sugieren que, si bien todos los sentidos son importantes,
ninguno supera a los demás. Para aquellos con limitaciones sensoriales, el acceso a múltiples vías de datos sensoriales se vuelve más importante; sin embargo, la evidencia creciente sugiere que el abanico multisensorial puede beneficiar a todos los visitantes del museo. Utilizar distintas vías de codificación sensorial tiene una correlación positiva directa con la viabilidad de los recuerdos creados. Como Rachel S. Herz y Trygg Engen explican en su trabajo sobre la psicología del olfato, el poder de la retentiva de cualquier recuerdo está directamente relacionado con la cantidad de señales sensoriales registradas por el individuo en el momento de la creación de dicho recuerdo.

Si bien todos los sentidos se utilizan en el desarrollo de la memoria, se ha comprobado experimentalmente que los recuerdos basados ​​en el olor son, posiblemente, los más resistentes a la desaparición, pudiendo sobrevivir a la memoria durante largos períodos de tiempo. Un estudio sobre la memoria realizado entre los visitantes del Centro Vikingo Jorvik por John Aggleton y Louise Waskett, profesores de psicología en la Universidad de Cardiff, ofrece un buen ejemplo de los beneficios del aroma en entornos educativos, cuando se trata de almacenamiento y recuperación de la memoria. Jorvik es una atracción histórica de York, Inglaterra; un pueblo vikingo recreado, multisensorial y particularmente maloliente. Los investigadores observaron que los visitantes mostraban una recuperación significativamente mejorada del contenido educativo del centro cuando percibían los mismos olores sintéticos utilizados en la aldea replicada.

En términos de recuperación de la memoria, otros estímulos sensoriales se procesan a través de series de relés corticales de orden superior antes de desencadenar cualquier actividad límbica. Es por ello que podemos contemplar un objeto y saber qué es antes de que provoque una respuesta emocional. El bulbo olfatorio comparte una conexión directa con la amígdala (el centro emocional) y el hipocampo (el centro de la memoria), razón por la cual los olores tienen la capacidad única de iniciar respuestas emocionales previas a la interpretación cognitiva. En otras palabras, a través del olor, es muy posible que recuerdes una situación emocionalmente potente antes de poder nombrar o identificar el origen que lo provocó. Esta interacción entre la respuesta emocional y el olfato se desborda en las formas en que nosotros, como humanos, interpretamos e interactuamos con el mundo.

Sumerjámonos ahora en lo que puede ser el efecto secundario más interesante y potencialmente útil del olfato: su asociación con la moral y las relaciones sociales. Los seres humanos tenemos la capacidad  de identificar unos 10.000 olores diferentes, generalmente agrupados en una escala binaria simple: agradables o desagradables, estimulantes o calmantes, buenos o malos. Esta distinción peculiar fundamenta la teoría de que los olores tienen implicación moral. Kevin Low, presidente la Asociación Internacional de Sentidos y de la Sociología, afirma: «cuando algunas personas son percibidas olfativamente como picantes, la relación es que no solo son físicamente transgresivas, sino moralmente cuestionables». Esta conexión entre el aroma y la moral, justos y pecadores, juega un papel importante en el desarrollo y mantenimiento de las relaciones interpersonales, a pesar de que los perfumes disfracen algunas realidades.

Es cierto que el papel exacto y existente del funcionamiento sobre el desarrollo de las relaciones sociales no ha sido bien estudiado, pero la manera en que los museos y las prácticas museográficas podrían aplicar el aroma como mecanismo de interacción social es muy importante. Uno de los ejemplos más claros que sugieren un vínculo funcional entre el olfato y la interacción social proviene de un estudio realizado por Marcello Spinella, profesor asociado de psicología en la Stockton University de Nueva Jersey. En este estudio breve, Spinella evaluó el rendimiento olfativo de un grupo de estudiantes universitarios al identificar olores no etiquetados, y comparó sus niveles de éxito con los resultados de una prueba de empatía autoinformada. Encontró que aquellos con un sentido más agudo del olfato también presentaban niveles más altos de empatía, lo que sugiere que el olfato y el comportamiento social están profundamente correlacionados. Esta asociación entre «lo social» y el olfato, concretamente cuando la vinculamos a los juicios morales que pertenecen a estos encuentros olfativos, justifican ampliamente la necesidad de establecer una evaluación de aroma aplicada a nuestros museos.

Aunque todavía nos queda mucho que aprender sobre la conexión y la posibilidad de utilizar aromas en la museografía, podríamos comenzar a reconstruir prácticas y precauciones ideales al respecto. Dado que los olores, por su naturaleza, son elementos químicos que flotan libremente en el aire, se plantean dos principales preocupaciones en torno a su uso en las exposiciones. Una tiene que ver con la calidad del aire: el impacto de los olores sobre nuestra salud y sobre las colecciones de los museos. La otra, está relacionada con la interpretación: el peligro de asociar la delincuencia moral a un «mal olor».

Con respecto a la primera: no recomendamos el uso de aromas sintéticos ambientales en espacios cerrados debido al daño potencial, especialmente para las personas con alergias, asma u otras restricciones respiratorias. Por otro lado, saturar el aire de productos químicos sintéticos puede tener efectos perjudiciales, no solo para nuestra salud, sino también para los objetos expuestos. No obstante, se requiere más investigación en ambas áreas. Podemos defender el uso de aromas muy localizados, empleando olores naturales cuando sea posible. O bien, fragancias sintéticas en estaciones de olor determinadas – «puntos olfativos» -. En ambos casos, se obtienen claros beneficios. Los olores localizados fomentan la participación activa por parte del «olfateador», y, además, ofrecen una oportunidad más clara y obvia para la interpretación.

Lo que nos lleva al segundo punto de preocupación: la interpretación del aroma. Aislar un olor nos permite explicar y contextualizar el aroma dentro de la exposición. Esto es crucial si queremos evitar connotaciones morales negativas. Ciertas investigaciones han demostrado que, sin contextualización, los olores representan un peligro, dada su capacidad de provocar juicios morales asociados a la cultura exhibida. De la misma manera que los aromas pueden ser percibidos como buenos o malos, los visitantes podrían utilizarlos para establecer suposiciones, buenas o malas (y posiblemente infundadas), sobre las personas y las culturas expuestas. Si bien no consideramos que se deben evitar los olores desagradables, sin duda han de ubicarse en la narrativa de la exposición, para evitar que los visitantes se vayan con la sensación de que «esas personas apestan».

Ahora, revisemos algunos de los beneficios de una «exposición maloliente». Con la incorporación de aromas en una exposición se aumenta la oportunidad de aprender, y esto es muy importante. Como señalan Herz y Engen, «cuanto más se codifique un elemento durante el aprendizaje, más complejo y / o más profundo será el rastro de memoria que deje». Por lo tanto, con la simple incorporación de múltiples elementos sensoriales a la experiencia museográfica, las lecciones aprendidas y las observaciones realizadas se vuelven más sólidas.

En el rediseño de Davidson, Heald y Hein en 1991, y el estudio posterior del New England Lifezone Hall de Boston Museum of Science, se descubrió que, cuando se instalaban múltiples interactivos sensoriales en la sala de exposiciones, los visitantes creaban y seguían «modos de aprendizaje sensorial» únicos. Entre los tres crearon unos dioramas sobre historia natural focalizados en una innovación sobre el espectro multisensorial, con el objetivo de aumentar el nivel de accesibilidad para un público específico: personas ciegas o con visión baja. Agregaron a cada diorama de la sala estaciones de audio, aroma y tacto. Al comparar las observaciones previas y posteriores a la renovación, los investigadores encontraron que el compromiso de la audiencia aumentaba entre todos los datos demográficos – no solo en el público objetivo -, y las variables medidas: aumentó el número de visitantes a la sala, dedicaron más tiempo a las exposiciones, y expresaron una mayor comprensión del contenido.

Una de las observaciones más interesantes, sin embargo, fue que los niños seguían patrones únicos mientras interactuaban con los diversos elementos sensoriales. Estos «modos de aprendizaje sensorial» permitieron a cada usuario seguir las vías de aprendizaje que mejor funcionaban para ellos. En algunos casos, un visitante podía sentirse atraído por una estación de olor, y pasar después a leer las cartelas. En otros, escuchaban los audios en la sala, antes de volver a explorar una zona más específica. Este estudio sugiere que al ofrecer múltiples experiencias sensoriales, todos los visitantes se benefician de la nueva oportunidad de crear un recorrido personal de descubrimiento, autocurado, para recibir una experiencia de aprendizaje óptima. Disponer de diferentes vías para el descubrimiento sensorial presenta innegables beneficios, con un aroma capaz de ofrecer un canal de aprendizaje único – y en la mayoría de los casos sin explotar – para los visitantes del museo.

Es posible que la cualidad más interesante del olfato sea el poder que tiene para fomentar las relaciones interculturales. En los campos en crecimiento de la antropología y la sociología sensoriales, estamos empezando a comprender el alcance y el papel de las estructuras sensoriales culturalmente específicas. El olfato, con sus vínculos con el comportamiento social y la empatía, tiene el potencial de impulsar los intercambios culturales entre el patrón y la cultura exhibida, al superponer dos elementos sensoriales distintos. A medida que continuamos investigando sobre las experiencias universales y únicas del olor y otros sentidos, son los museos los que más ganan, en cuanto a puntos de contacto entre pueblos y lugares separados en el tiempo y el espacio.

Un olor adecuadamente curado puede ofrecer a los visitantes nuevas formas de generar recuerdos más profundos y duraderos de una experiencia, y permitir contextualizar el contenido de las exposiciones, ya sea una fogata o una representación de la larga historia de un pueblo en un determinado lugar. Los aromas, olores y fragancias ofrecen un nuevo nivel de contacto entre el observador / olfateador y las personas que vinieron al museo a «conocer». Utilizando esta capacidad para mejorar la interpretación y establecer recuerdos poderosos de experiencias y lugares, vale la pena el esfuerzo de explorar cómo aplicar mejor el aroma en los entornos museográficos. En el futuro, el objetivo podría ser facilitar una mayor discusión e investigación; con ese fin, agradeceríamos que compartieras con nosotros tu experiencia y conocimiento, para poder seguir recopilando y ajustando nuestras propias investigaciones. Ampliaremos así esta base y continuaremos desarrollando las mejores prácticas para la aplicación y el uso de olores en los museos, como medio para generar mayores oportunidades educativas para los visitantes y desarrollar una museografía más compleja – y, con suerte, más completa – en una representación más realista del mundo «oloroso» en el que vivimos.

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