La inteligencia artificial ha dejado de ser un asunto de laboratorio tecnológico para convertirse en parte del vocabulario cotidiano de muchos museos. Pero más allá del ruido tecnológico, la cuestión clave es otra: ¿cómo la IA, y en concreto el deep learning, puede mejorar de verdad la experiencia de quienes visitan un museo, sin restar valor al patrimonio ni convertir la visita en un videojuego sin sentido?
Hoy disponemos de herramientas capaces de reconocer automáticamente piezas, aprender de los comportamientos del público y alimentar sistemas de realidad virtual y aumentada mucho más precisos. Bien utilizadas, no solo añaden «capas digitales», sino que ayudan a reordenar el conjunto del ecosistema museístico: desde la catalogación y la conservación hasta la mediación, la accesibilidad y la gestión.
Del «¿Qué Pieza Es Esta?» al “¿Qué Significa para Mí?»
Una de las aplicaciones más interesantes del deep learning en museos es el reconocimiento de objetos. Mediante redes neuronales convolucionales entrenadas con miles de imágenes de piezas (cerámica, metal, escultura, documentos, objetos de escritura, etc.), el sistema aprende a identificar automáticamente qué obra se está observando.
Esto permite que, con solo apuntar la cámara del móvil o acercar un dispositivo del museo, se dispare una ficha contextual: procedencia, cronología, materiales, historias vinculadas, relaciones con otras piezas de la colección. El visitante no tiene que buscar códigos ni introducir números; la IA hace de puente entre la mirada y la información.
Si se combina con perfiles de usuario, el sistema puede adaptar la respuesta: una explicación sencilla y visual para público infantil, un relato más detallado para público experto, una versión en lectura fácil para personas con dificultades de comprensión, o un hilo narrativo centrado en temas específicos (técnica, iconografía, contexto social). La misma pieza, múltiples puertas de entrada.
Investigar Primero, Diseñar Después.
Antes de construir estas soluciones, conviene escuchar a quienes van a usarlas. Cuando se pregunta a los visitantes, aparecen patrones bastante claros:
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Muchos acuden varias veces al año a museos, especialmente de ciencia, tecnología, historia o arte.
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Existe un interés real por experiencias inmersivas, realidad aumentada y recursos interactivos.
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La valoración de las apps actuales suele ser baja: se perciben como poco fluidas, con contenidos pobres o poco adaptadas a distintos públicos.
Los equipos de museos y los profesionales de diseño expositivo aportan otra capa: necesitan sistemas que simplifiquen la catalogación, mejoren la gestión de colecciones y ayuden a tomar decisiones, en lugar de multiplicar plataformas inconexas.
Cuando se cruzan estas dos miradas, la conclusión es clara: la tecnología tiene sentido si se diseña desde necesidades concretas de visitantes y profesionales, no al revés.
Arquitectura de un Museo Inteligente.
Un museo que integra IA de forma seria y profesional no se limita a añadir una app. Suele articularse en varias capas:
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Infraestructura: Red inalámbrica robusta, conectividad 5G o equivalente, servidores seguros, dispositivos IoT, sensores y cámaras capaces de recoger datos ambientales y de uso sin comprometer la privacidad.
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Plataforma de datos y aplicaciones: Sistemas que gestionan la recogida, limpieza, almacenamiento y gobierno del dato: información de colecciones, registros de uso de dispositivos, estadísticas de visita, resultados de encuestas, etc. Sobre esta base se construyen los servicios inteligentes.
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Aplicaciones inteligentes internas: Módulos para gestión de colecciones, planificación de exposiciones, conservación preventiva, análisis de flujos y apoyo a la toma de decisiones (por ejemplo, qué salas sufren más estrés, qué itinerarios funcionan peor, qué contenidos generan más interacción).
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Canales de visualización y experiencia: Pantallas en sala, aplicaciones móviles, web, miniprogramas en plataformas de mensajería, visores de realidad virtual y aumentada. Son la parte visible para el público, pero solo la última capa de un sistema más profundo.
En este contexto, el deep learning se combina con big data, RV y RA para producir experiencias que conectan la visita física y la virtual: preparar la visita desde casa, profundizar durante el recorrido y prolongar la relación después (fidelización), con contenidos personalizados y propuestas ajustadas al comportamiento real de cada persona.
Escenarios Concretos de Uso.
Algunas aplicaciones prácticas que ya se vislumbran:
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Itinerarios personalizados que recomiendan piezas y rutas en función del tiempo disponible, intereses declarados y comportamiento en tiempo real (dónde se detiene más, qué tipo de contenido activa).
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Reconocimiento de objetos que alimenta automáticamente la audioguía sin necesidad de localizar códigos QR, evitando barreras para personas mayores o con dificultades de lectura.
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Sistemas de apoyo para personas con discapacidad cognitiva o sensorial, que adaptan el contenido y el ritmo de la visita a sus necesidades y preferencias.
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Herramientas de backoffice que detectan patrones de deterioro en colecciones a partir de imágenes periódicas, ayudando a priorizar intervenciones de conservación.
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Analítica avanzada que permite evaluar, con evidencia, el impacto de cambios museográficos o de nuevos dispositivos de mediación.
Riesgos, Límites y Decisiones Éticas.
No todo son ventajas. Hay riesgos claros que conviene poner sobre la mesa:
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La calidad y diversidad de los datos con los que se entrena la IA condicionan sus resultados: si las imágenes no reflejan la variedad real de colecciones y contextos, aparecerán sesgos y errores.
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La fascinación por la tecnología puede desplazar recursos y atención desde el proyecto museológico hacia la novedad técnica.
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La recogida y uso de datos de comportamiento plantea preguntas serias sobre privacidad, consentimiento y transparencia.
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No todos los públicos tienen el mismo acceso o comodidad con dispositivos digitales: hay que ofrecer siempre alternativas analógicas de calidad.
La clave es integrar la IA dentro de un marco de gobernanza claro: para qué se usa, quién decide, cómo se evalúa y qué límites se fijan. El objetivo no es sustituir al equipo humano, sino dotarlo de herramientas que amplíen su capacidad de escucha, análisis y mediación.
En definitiva, la inteligencia artificial para el aprendizaje profundo puede ser un aliado poderoso para los museos modernos si se pone al servicio de tres principios básicos: comprensión del patrimonio, cuidado de las personas y coherencia con la misión cultural de la institución. Lo demás son fuegos artificiales.
Recursos Bibliográficos:
Asensio, M., y Pol, E. (2008): Nuevos públicos, nuevos museos. Ariel.
Parry, R. (2010): Museos en un mundo digital. Ariel.
Roldán, M. (2019): Museos inteligentes y analítica de datos: hacia nuevas formas de gestión cultural. Revista de Museología.
Ministerio de Cultura y Deporte (España) (2020): Estrategias digitales en museos y centros de arte.
Parry, R. (2007): Recoding the Museum: Digital Heritage and the Technologies of Change. Routledge.
Tallon, L. y Walker, K. (editores) (2008): Digital Technologies and the Museum Experience. AltaMira Press.
Giannini, T. y Bowen, J.P. (editores) (2019): Museums and Digital Culture: New Perspectives and Research. Springer.
Ch’ng, E., Goh, K. y Cai, S. (2019): Artificial intelligence and cultural heritage: A new era of museum experience. Museum Management and Curatorship.
Goodfellow, I., Bengio, Y. y Courville, A. (2016): Deep Learning. MIT Press.
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