En teoría, «exponer arquitectura» suena sencillo: maquetas, planos, fotos, quizá algún audiovisual envolvente y, con suerte, algo de realidad virtual. En la práctica, la cosa se complica. ¿Qué quiere decir realmente «hacer vivir el espacio» dentro de un museo o centro de interpretación? ¿Basta con reproducirlo de forma espectacular para que el visitante comprenda la arquitectura?
Buena parte de la museografía reciente se ha incorporado al «giro experiencial», como si la solución pasara por aumentar la inmersión: más pantallas, más efectos, más «wow». Se confunde así experiencia con comprensión, y se asume que cuanto más directo y sensorial sea el impacto, mejor será el aprendizaje. El problema es que la arquitectura no es solo forma ni solo sensación; es también estructura de poder, uso social, economía, política del territorio. Si la exposición se agota en la vivencia inmediata, renunciamos a todo lo demás.
Las Viejas Galerías de Vaciados: Máquinas de Experiencia… y de Ideología.
Las grandes colecciones de vaciados arquitectónicos del siglo XIX y principios del XX son un buen punto de partida. Esos espacios – hoy casi vistos como rarezas museográficas – fueron, durante décadas, máquinas de experiencia espacial muy potentes: el visitante paseaba entre portadas góticas, capiteles clásicos y fragmentos de monumentos reproducidos a escala casi real.
Había algo fascinante allí: una especie de turismo condensado, un atlas arquitectónico al que se accedía en una sola visita. Pero también había una ideología muy clara: una historia de la arquitectura lineal, ordenada, eurocéntrica, que mostraba una evolución sin fisuras desde la antigüedad hasta la modernidad. La experiencia sensorial estaba al servicio de un relato: el del progreso estilístico y la grandeza de una cierta tradición cultural.
Actualmente, estas galerías pueden resultarnos pesadas, polvorientas o incluso ridículas. Sin embargo, son extremadamente útiles si cambiamos el foco: en lugar de verlas solo como «escenografía», pueden convertirse en dispositivos para «mediar la mediación». Es decir, para explicar al visitante cómo se construían antes las narrativas sobre la arquitectura, qué se consideraba digno de ser copiado, qué se dejaba fuera, cómo se ordenaba la historia del espacio.
Ahí tenemos una lección importante para la museografía contemporánea: la experiencia espacial nunca es neutra. Siempre encarna un modo de mirar, de ordenar y de legitimar.
La Realidad Virtual como Nuevo Fetiche.
Saltemos al presente. La realidad virtual (RV) se ha convertido en el nuevo fetiche de muchas exposiciones de arquitectura y de territorio. La promesa es seductora: ponerte unas gafas y «estar» en el edificio, en la ciudad o en el paisaje reconstituido. Se vende como la forma máxima de inmersión, casi como si la mediación desapareciera.
Si miramos de cerca, la cosa es menos limpia. La mayor parte de experiencias RV siguen siendo profundamente visuales: el cuerpo está casi inmóvil, los otros sentidos participan poco, y la arquitectura queda reducida a imagen envolvente. Hay más ángulo de visión y más sensación de «presencia», pero no necesariamente más comprensión. Mucha RV arquitectónica ofrece, en el fondo, paseos espectaculares por imágenes de espacio, no una lectura profunda de cómo ese espacio se construye, se habita, se regula y se disputa.
A eso se suma la lógica del entretenimiento rápido: visitas con tiempo limitado, colas para probar el dispositivo, falta de higiene, fallos, una experiencia diseñada para impresionar en pocos minutos. El riesgo es evidente: que la RV se convierta en un número de feria insertado en la exposición, un punto fotogénico que no deja herramientas cognitivas para entender mejor la arquitectura.
De la Reproducción del Espacio a la Producción de Pensamiento.
La cuestión no es demonizar ni los vaciados históricos ni la RV contemporánea. La clave está en cómo los usamos. Ambos son tecnologías de representación espacial; ambos pueden funcionar como prótesis de acceso a edificios lejanos, destruidos o inaccesibles. Pero si el objetivo de la exposición es solo «reproducir espacios», nos quedamos en la superficie.
El paso que propone la reflexión contemporánea es otro: re-situar la idea de experiencia. No se trata de ofrecer la experiencia «más parecida posible» a estar allí, sino de usar la exposición como un laboratorio para pensar el espacio:
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¿Qué decisiones de diseño hay detrás de esta arquitectura?
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¿Qué alternativas se descartaron?
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¿Cómo se relaciona con el contexto social, ecológico, político?
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¿Qué cuerpos y qué prácticas permite o excluye?
Desde esta perspectiva, la RV deja de ser un simulacro para turistas y puede convertirse en una herramienta poderosa para mostrar procesos, escenarios futuros, impactos ambientales, transformaciones urbanas. Y las viejas salas de vaciados pueden leerse como documentos críticos sobre cómo se ha contado la historia de la arquitectura.
Implicaciones para Museos, Centros de Interpretación y Proyectos Territoriales.
Si trasladamos estas ideas al tipo de proyectos que hacemos en EVE – centros de interpretación, museos de territorio, experiencias inmersivas ligadas a patrimonio construido – aparecen varias líneas de trabajo:
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Explicitar el dispositivo:
No ocultar la tecnología ni el artificio. Contar al visitante qué está viendo, desde qué fuentes se ha construido una simulación RV, qué se ha decidido incluir y qué no. Hacer visible la cocina del relato espacial. -
Combinar experiencia y lectura crítica:
Un túnel inmersivo, una cueva virtual o un faro recreado pueden ser el punto de entrada, pero no el final. Después debe venir la pregunta: «¿qué significa esto?», «¿qué conflictos hay detrás?», «¿qué impacto tuvo o tendrá este espacio en la vida de la gente?» -
Aprovechar los dispositivos históricos:
Maquetas, secciones, vaciados, planos y fotografías antiguas pueden integrarse en una narrativa que no solo «ilustra» la arquitectura, sino que explica cómo se la ha representado a lo largo del tiempo, con qué intenciones y desde qué poderes. -
Usar la inmersión para explorar escenarios, no solo para reproducirlos:
En contextos de cambio climático, transformación energética, urbanismo costero, etc., una RV bien pensada puede mostrar alternativas: antes/después, opciones de diseño, consecuencias de determinadas decisiones. Es decir, poner a la arquitectura en el centro de debates contemporáneos, no solo del turismo virtual. -
Dar espacio al cuerpo y a la relación con otros:
La experiencia arquitectónica no se vive en aislamiento. Incluir recorridos físicos, escalas, cambios de altura, puntos de vista alternos y espacios para el intercambio puede compensar la tendencia a encerrar al visitante dentro de un casco o una pantalla.
Experiencia Sí, pero No a Cualquier Precio.
La exposición de arquitectura – y, en general, la museografía del espacio – no puede reducirse a producir «efectos especiales» espaciales. La experiencia sensorial es necesaria, sobre todo en un mundo saturado de discurso abstracto; pero, si no se conecta con un proyecto crítico, termina siendo decorativa.
El reto, en el fondo, es sencillo de formular y complejo de resolver: ¿cómo diseñar experiencias que no solo permitan «ver» la arquitectura, sino, sobre todo, aprender a pensarla? Cuando el dispositivo – sea una galería de vaciados o una sala RV – se pone al servicio de esa pregunta, deja de ser un truco para convertirse en una herramienta museológica de primer nivel.
Recursos Bibliográficos:
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Gigliotti, R. (editor) (2015): Displayed Spaces. New Means of Architecture Presentation Through Exhibitions. Leipzig: Spector Books.
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Szambien, W. (1988): Le musée d’architecture. Paris: Picard.
Urbach, H. (2010): “Exhibition as Atmosphere”. Log, 20, 11-17.
Watson, F. (2021): The New Curator. Exhibiting Architecture and Design. Londres: Routledge.
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