La mediación cultural ha adquirido, en las últimas décadas, una posición cada vez más relevante en el panorama de las políticas culturales y museísticas contemporáneas. De ser una función complementaria, a menudo reducida a actividades educativas o visitas guiadas, ha evolucionado hacia un campo profesional complejo, interdisciplinario y fundamental para garantizar el acceso equitativo y significativo a la cultura. Pero ¿quién realiza la mediación cultural? ¿Cómo se define esta figura profesional? ¿Qué condiciones requiere para desarrollarse de manera sostenible y efectiva?
Estas preguntas son abordadas desde cinco perspectivas distintas en el documento “Who ‘does’ Cultural Mediation?”, una compilación de reflexiones de profesionales que trabajan en instituciones culturales, museos y organismos públicos. A través de sus opiniones, se perfila una visión rica y crítica de la mediación cultural como campo de acción, de debate político y de experimentación social.
Más que Acceso: Mediación como Relación.
Lejos de concebir la mediación como un simple canal de transmisión entre una contenido museístico y el visitante, las autoras y autores del documento entienden esta práctica como una relación dialógica, donde la experiencia estética, histórica o patrimonial se construye en conjunto. La mediación, en este sentido, no es solo interpretación, sino también acogida, co-creación, cuidado, y apertura al otro.
Margrit Bürer plantea que, a pesar del aumento de la oferta cultural, los públicos siguen siendo los mismos: quienes ya están familiarizados con el consumo cultural intensifican su participación, mientras otros continúan excluidos. Esta paradoja revela la urgencia de replantear la mediación como una práctica cotidiana, accesible y horizontal. Bürer propone disolver los límites entre los productores y los receptores culturales, reconociendo los saberes situados y promoviendo prácticas culturales generadas desde los propios territorios.
Mediadores Culturales: un Oficio Polifacético.
Franziska Dürr destaca la multiplicidad de habilidades que se espera de un mediador o mediadora cultural: conocimiento disciplinar (arte, historia, ciencias sociales…), competencias pedagógicas, capacidad de diseño y organización, creatividad, sensibilidad intercultural y compromiso social. Esta figura profesional no solo desarrolla contenidos o actividades, sino que también actúa como anfitrión cultural, responsable de generar puentes simbólicos y afectivos entre las instituciones y las personas.
Dürr subraya que el desarrollo de la mediación no depende únicamente de la creatividad individual, sino de condiciones estructurales: tiempo, presupuesto, apoyo institucional, espacios adecuados y políticas sostenidas. Sin estos elementos, las propuestas corren el riesgo de agotarse o diluirse en intervenciones esporádicas.
El Museo como Espacio de Mediación Integral.
La experiencia del Museo Vincenzo Vela, presentada por Gianna Mina, ejemplifica cómo una institución cultural puede integrar la mediación en todas sus dimensiones. Allí, la exposición ya se concibe como un acto de mediación: no se trata solo de mostrar obras, sino de generar vínculos emocionales, históricos y sociales con los públicos. El museo ha desarrollado programas inclusivos para personas con discapacidad visual, migrantes, solicitantes de asilo, niños, adolescentes y adultos mayores, siempre desde un enfoque sensible, experimental y participativo.
El uso del teatro, la música, el trabajo con artistas contemporáneos y las visitas co-creadas, entre otras acciones, permiten que la mediación sea una experiencia transformadora, que no busca imponer interpretaciones, sino abrir preguntas, narrativas alternativas y procesos de identificación cultural.
Mediación, Política Cultural y Desafíos Estructurales.
Anne-Catherine Sutermeister introduce una mirada desde las políticas públicas, y analiza cómo la mediación ha sido reconocida como un indicador de calidad en las instituciones culturales. No obstante, advierte que existe el riesgo de convertirla en una solución genérica, invocada para responder a cualquier problema (inclusión, diversidad, legitimación, innovación) sin que existan estrategias claras ni recursos adecuados.
Sutermeister plantea la necesidad de definir marcos coherentes para el desarrollo de la mediación, que contemplen formación profesional, sistemas de evaluación, articulación entre instituciones y creación de centros de competencia especializados. También enfatiza que la mediación debe adaptarse a los distintos contextos geográficos y socioculturales, evitando modelos homogéneos y prescriptivos.
Reconfigurar el Lugar de la Cultura en la Sociedad.
Estas opiniones, en su conjunto, proponen una reconfiguración del lugar que ocupa la cultura en la sociedad. La mediación no es un accesorio ni un recurso para atraer públicos de forma instrumental, sino una práctica que interroga las formas de producción, circulación y apropiación cultural. Interpela la noción de obra cerrada, de autoridad curatorial incuestionable y de público como receptor pasivo.
En cambio, propone modelos más abiertos, participativos y flexibles, donde la cultura se construye en diálogo con la diversidad social, se adapta a los territorios, y reconoce la validez de múltiples saberes y sensibilidades.
Hacia una Mediación Cultural Sostenible y Crítica.
La mediación cultural debe ser entendida como un campo profesional complejo y estratégico, que requiere inversión, formación, reconocimiento y estructura institucional. No basta con impulsar programas educativos o actividades puntuales: se necesita una visión integral que incorpore la mediación en la planificación, la gestión y la comunicación de las instituciones culturales.
Asimismo, es fundamental generar redes de colaboración entre mediadores, artistas, educadores, gestores, comunidades y decisores políticos, para compartir experiencias, innovar colectivamente y sostener procesos a largo plazo.
En tiempos marcados por la polarización social, las crisis ecológicas y el replanteamiento del rol de lo público, la mediación cultural puede contribuir a generar espacios de encuentro, escucha, creatividad y construcción democrática. Para ello, debe mantener su dimensión crítica, reflexiva y transformadora.
Recursos Bibliográficos:
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