Textos de Exposiciones y Accesibilidad

 

Las exposiciones de los museos incluyen una gran variedad de tipos de textos -en cartelas (etiquetas), murales y catálogos- y de diseños para los títulos. Según Ravelli (2006), la noción de texto con relación a los museos puede abordarse en, al menos, dos niveles diferentes: «textos en museos» y «museos como textos» (Ravelli 2006: 1). Hoy hablaremos de un tipo particular de texto en los museos: el texto escrito para las exposiciones (cf. Dean 1994, Ravelli, 2006). Como la literatura del museo utiliza varios nombres para los textos de la exposición, ya sea «etiquetas maestras», «etiquetas introductorias», «etiquetas de materias», «etiquetas explicativas» (Miller 1990: 85) y «texto explicativo», (Ravelli, 2006: 2) -con ligeras diferencias en cuanto al significado-, vemos la necesidad de establecer explícitamente una definición. A efectos de lo que pretendemos explicar, el texto de la exposición se define como «los pasajes más largos en los textos, colocados tradicionalmente en paredes, gráficas planas o cartelas, dentro de la exposición o cerca de ella». Estos textos a menudo introducen o describen los contenidos de la exposición, el tema o el enfoque principal, o se desarrollan a lo largo del recorrido de la misma. De acuerdo con esto, quedan excluídas las etiquetas pequeñas, los catálogos, los folletos y los textos del sitio web.

La razón por la que nos centramos en los textos de las exposiciones tiene que ver con lo que Bennett ha denominado «la demanda inherente del museo de ser accesible para todos (1995)». Los textos son, junto con los objetos, la disposición, el diseño y el título, los elementos básicos de la mayoría de las exposiciones de los museos (Ravelli, 2006), y como tal, son clave para la comunicación a la que todos los visitantes de la exposición se enfrentan -independientemente de sus preferencias y antecedentes- y actúan como fuente de información principal para el público de los museos (Samis y Pau, 2011). Recientemente, se han introducido nuevos elementos de comunicación en las exposiciones, como aplicaciones móviles, audioguías y visitas interactivas (Simon, 2010, Drotner et al. 2011). Estos soportes, combinados con los catálogos y las visitas guiadas, se convierten en elementos opcionales a la configuración básica de la exposición; elementos que el usuario individual puede elegir de forma activa para complementar su experiencia en el museo, y así, hasta cierto punto, adaptar una composición de soportes de comunicación que puedan adaptarse a su nivel de interés (Simon, 2010, Black, 2012). Sin embargo, dado que el texto de la exposición sigue siendo una de las herramientas de comunicación más utilizadas en las exposiciones de museos, parece obvio que, a diferencia de todos los otros elementos que permiten la diferenciación para llegar a diversas audiencias por separado, debe hacer todo lo contrario, es decir, está obligado a, simultáneamente, funcionar y ser accesible para todos los tipos de usuarios, sin importar sus antecedentes educativos, sociales o culturales en cada caso.

El texto de la exposición es un tipo de texto único, ya que la configuración contextual para su lectura se enfrenta a una serie de obstáculos:

Un texto para una exposición tiene que soportar más competencia que la mayoría de los otros materiales escritos. Tiene que competir por la atención de la gente con el resto del material y tiende a ser lo último en llamar la atención. Los visitantes deben leer el texto de pie y es imposible variar el ángulo de lectura, como puede hacerse con un libro o un periódico. Nos enfrentamos a grandes retos de lectura, y la única forma de superar estos obstáculos es hacer que el texto sea fácil de leer (Ekarv 1994/1999: 201).

Por otro lado, la situación de lectura es única, ya que el texto se lee en un entorno muy especial (Carter, 1994/1999) -entre otras personas, en grupos, en un entorno poco iluminado (Gilmore y Sabine, 1994/1999), etcétera-. Si bien los visitantes pueden releer algunas partes del texto, no invertirán mucho tiempo en leerlo completo para entenderlo (Ravelli, 1996), básicamente porque la mayoría visitan los museos en grupos y, por lo tanto, leen mientras interactúan con otros (McManus, 1989). Así pues, el texto nunca puede ser leído como un todo. Debido a las limitaciones de espacio, a las consideraciones del diseño y a la estética de la exposición, suelen condensarse y adaptarse a zonas predefinidas, lo que podría afectar también a la accesibilidad.

Sin embargo, el texto de la exposición no solo resulta complejo por el hecho de la lectura en sí; su complejidad también está relacionada con la comunicación en masa a una audiencia heterogénea, y con que debe transmitir información a través de la diferencia de conocimiento entre el productor experto de texto -generalmente el curador-museólogo- y el receptor lego. Esto último puede resultar problemático, ya que los expertos y los legos emplean diferentes idiomas -los expertos a menudo desconocen lo que plantea problemas para los legos y, por lo tanto, pueden sobrestimar el conocimiento de sus receptores (Hinds, 1999).- También podría estar en juego en el contexto del museo: «algunos de los escritores, especialmente los científicos, son bastante reacios a dejar de lado el estilo erudito con el que están familiarizados desde su formación académica» (Ravelli, 1996: 382), y podría generar un deseo más o menos intencional de mantener su poderosa posición de conocimiento, para restregársela por el rostro a todos los que se enfrentan a lo que ha escrito. Este poder inherente para incluir o excluir ha estado vinculado a la institución del museo durante mucho tiempo y aún sigue vigente (Bourdieu y Darbel, 1969).

Se deben tener en cuenta muchos factores para garantizar la accesibilidad del texto de una exposición, como la legibilidad (tamaño de fuente), su relación con los objetos de la exposición, la interacción con el diseño y la forma de presentarse como género (por ejemplo, Ekarv, 1994/1999, Bennicke, 2011); pero aquí, nos centraremos en la accesibilidad lingüística del texto de la exposición.

Existen varios métodos para el análisis de la accesibilidad lingüística, que generalmente se dividen en tres categorías principales: 1) numérica o basada en fórmulas, 2) centrada en los resultados y 3) centrada en los elementos (Schriver, Cheek y Mercer, 2010). Para nuestro análisis, usaremos la tercera categoría por las siguientes razones:

  • La primera categoría cubre principalmente fórmulas de legibilidad numérica, como son las fórmulas de legibilidad de Fry utilizadas por Carter (1994/1999).

En algunos casos la fórmula más utilizada es LIX. Se trata de fórmulas que cuentan la oración y la longitud de la palabra, lo que implica aceptar que la accesibilidad solo está ligada a estos parámetros, que no son los únicos, y tal vez ni siquiera los mejores predictores de la accesibilidad del texto. En el contexto de los museos, estos enfoques cuantitativos han sido desacreditados por Carter (1994/1999) y Ravelli (1996), quienes los consideran simplistas y, a menudo, inexactos.

  • La segunda categoría, los métodos centrados en los resultados, incluye pruebas con el usuario del texto, mediante la utilización, por ejemplo, de grupos focales o entrevistas. Este enfoque se ha utilizado anteriormente en el contexto del museo (McManus, 1989, Kanel y Tamir, 1991); sin embargo, llevarlo a cabo puede resultar complicado debido a restricciones financieras y temporales, especialmente para los museos pequeños.
  • La tercera categoría, el método centrado en los elementos, incluye el uso de listas de verificación o elementos que se supone que influyen en la accesibilidad lingüística, como evitar la jerga de los expertos eruditos, la voz pasiva, etcétera. Su objetivo es dar consejos a los redactores sobre las características lingüísticas, estilísticas o gráficas que deben tener los textos. Consideramos que este método es el más adecuado por dos motivos: Primero, es posible hacer un análisis detallado de qué elementos específicos del texto afectan la accesibilidad. Y segundo, el método incluye elementos lingüísticos que se supone que hacen que un texto sea más o menos accesible, lo que a su vez lo convierte en una herramienta valiosa y relevante para la optimización de la accesibilidad de los futuros productores de textos de exhibición.

Resumiendo, lo más importantes es que los textos de una exposición no sean demasiado largos; sin embargo, no existe una manera cuantitativa de establecer la longitud apropiada. Para ayudar a su lectura, los textos deben distribuirse en párrafos independientes, con una idea principal por párrafo. Al fragmentar el texto en líneas, se debe evitar la división de palabras en sílabas. Finalmente, el texto debe ser cohesivo, es decir, estar estructurado de manera significativa con una progresión lógica de ideas y claras referencias de un lado a otro del texto. La cohesión también se relaciona con el uso consistente de la palabra; por lo tanto, debe evitarse la sinonimia si existe alguna posibilidad de que el lector no sepa que el texto habla de lo mismo. Finalmente, los textos deben ofrecer e indicar, de manera preferente, entradas diferenciadas para varios niveles de accesibilidad; por ejemplo, diferentes perspectivas sobre el tema o diferentes niveles de comprensión.

Las oraciones deben ser relativamente cortas, y son preferibles las cláusulas simples sin excesiva subordinación. El orden de las palabras ha de ser sencillo y las oraciones no deben comenzar con información nueva o desconocida. En general, la voz activa se prefiere a la pasiva, ya que aclara quién es el actor. El uso de pronombres como «nosotros» puede activar especialmente el texto, identificar a un actor e indicar una interpretación subjetiva, lo que ayuda aún más a la interpretación del lector y respalda la accesibilidad general del texto.

A nivel de palabras, se insiste repetidamente en evitar la jerga y usar palabras simples en su lugar. La jerga no está realmente explicada en la literatura sobre museos, pero suponemos que esto cubre la terminología técnica relacionada con ellos, el arte, la historia, la arqueología, etcétera (consultemos la definición sobre jerga del diccionario Merriam-Webster de 2015, que dice: «la terminología técnica o el idioma característico de una actividad especial o grupo»). Sin embargo, rechazar por entero la jerga del museo chocaría con la función educativa del mismo, por lo que los textos de las exposiciones deben contener una jerga incuestionable- sin presuponer su comprensión- que ha de ser explicada y, en línea con el concepto de equilibrio, evitar que sea excesiva; el texto no debe intentar enseñar al lector varios términos nuevos al mismo tiempo.

Actualmente, el texto de la exposición sigue siendo una forma central de comunicación y una fuente potencial de conocimiento. Por esta razón, redactar textos accesibles debe ser un proceso fundamental para todos. Un buen texto puede elevar la experiencia combinada a otras alturas; uno malo puede hacer que el lector se sienta incapaz, dudoso y enajenado. Con relación a algunos elementos de accesibilidad, los museos deben ser buenos escritores de textos; existen aún muchas mejoras pendientes.

Redactar textos de exposición, tanto accesibles como estimulantes, no es una tarea fácil, pero podemos resumirlo haciendo las siguientes recomendaciones:

  • Escribe textos cortos; recuerda que los visitantes están de pie, cansados, a menudo junto a otras personas; los textos largos tal vez deberían ser colocados en el catálogo y no en las gráficas planas.
  • Utiliza párrafos; divide el texto en secciones más pequeñas y cohesivas y emplea la regla de un objetivo de aprendizaje por párrafo.
  • Evita la separación de palabras; asigna mayor importancia al contenido que a la estética, y si no se puede evitar la separación de palabras, al menos asegúrate de dividirlas correctamente.
  • Divide conceptos, si fuera posible.
  • Si redactas un texto un poco más largo, ten en cuenta la accesibilidad mencionada anteriormente.
  • Mantén la jerga al mínimo; bien dosificada es esencial en los textos de la exposición; si resulta excesiva dificulta la accesibilidad.
  • Evita la oficialidad y la palabrería erudítica, a menos que pretendas crear un cierto estado de ánimo en el visitante (¿irritabilidad?).
  • Utiliza la voz activa (especialmente nosotros) y pasiva (institucional) a propósito.
  • Recuerda para quién estás escribiendo; no lo haces para tus compañeros, no estás demostrando tu capacidad verborreica a nadie, e idealmente, deberías cooperar con expertos en comunicación y/o probar sus textos en una audiencia real.
  • Fíjate en cómo redactan los copys los anuncios publicitarios para captar la atención del potencial consumidor, es una buena referencia.

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