La Biografía de los Objetos

 

Esta reflexión comienza con la historia de los museos a través de los objetos de sus colecciones. A raíz del trabajo antropológico sobre la biografía cultural de las cosas, es posible explorar el modo en que los historiadores podrían abordar el estudio de las colecciones, partiendo de las trayectorias de elementos específicos y de las relaciones que establecen con las personas y otros objetos. De esta forma, la cultura material ofrece una «vida» o «recorrido» metafórico. Como sugiere Igor Kopytoff, podemos plantear cuestiones relacionadas con los objetos similares a las que nos formularíamos al escribir biografías de personas: ¿cuáles son los momentos clave en el recorrido vital del objeto? ¿Cómo ha ido evolucionando a lo largo de su vida?, ¿Cuáles han sido sus «épocas» significativas? ¿Qué le hace diferente de otros objetos similares? ¿Cómo ha impactado el clima político y social en su trayectoria? Analizar así las biografías de los objetos resulta particularmente fructífero en el contexto del museo, no solo porque muchos de los que son expuestos tienen procedencias exóticas ancestrales, sino por lo que podemos aprender de las vidas de los especímenes más comunes.

Sin embargo, al rebuscar en las «vidas» -la de cada objeto en particular-, observando la historia de la colección desde la perspectiva de los museos, no deberíamos atribuir demasiado poder a las «cosas» en sí mismas. Hacerlo implicaría  disminuir la aportación de lo humano a la Historia: los objetos no actúan por derecho propio, sino que forman parte de la cultura material de las personas. Eso sí, son ellos los que provocaron, cambiaron y actuaron como medio para generar determinadas relaciones, aunque siempre estuvieran inanimados. Partimos del punto de vista del mero objeto (las cosas), pero, en realidad, lo que estamos estudiando son las personas (especialmente su evolución). En cualquier caso, a lo largo de la historia, a los objetos de los museos les hemos atribuido significados y valores variados, por eso, los coleccionistas, los curadores y el público en general, entienden los objetos de maneras muy diferentes.

Los objetos acumulan significado e identidad en su interacción con donantes, recolectores y con sus propietarios anteriores. Estas asociaciones aumentan y disminuyen la conexión con otros objetos, abiertos a múltiples interpretaciones, desde el icono hasta el dato concreto. No debemos asumir que los objetos y su significado se congelan dentro de una vitrina  una vez que entran a formar parte de una colección. El museo no debe ser un mausoleo estático, sino una entidad dinámica, y los objetos que contiene están sujetos a un trabajo considerable durante su vida en la colección. La preservación, la conservación y la preparación son la avenida por la que circula el estudio para el historiador de la práctica científica. Los objetos son catalogados, almacenados e investigados, sujetos no solo a clasificación y categorización, sino también al análisis y la comparación histórica. John Pickstone denomina a estas prácticas «ciencia museológica». En museos de todo tipo, desde los de anatomía comparativa hasta los de  ingeniería, los objetos se analizan de acuerdo con sus partes constituyentes. En la mayoría de los casos, en los últimos 150 años, muchos de los objetos de las colecciones no eran exhibidos. Sin embargo, las trayectorias de aquellos que sí estaban a la vista, eran determinadas por los historiadores a partir de la posibilidad de estudiarlos con detalle, y no solo en los esquemas de clasificación en los que encajaban formalmente, sino también intentado relacionarlos con movimientos culturales e intelectuales más amplios. El extenso estudio de Tony Bennett sobre la exhibición de las ciencias históricas en Gran Bretaña, Australia y América del Norte, en las décadas próximas a 1900, por ejemplo, revela la prevalencia (o no) de las secuencias evolutivas de los objetos naturales y artificiales relacionadas con su influencia en el periodo colonial. En su relato interdisciplinario de los museos de los Estados Unidos, de aquel mismo período, Steven Conn argumenta convincentemente que los museos exponían sus objetos generando narrativas dominadas por el reino de lo material. Al examinar las técnicas de exposición empleadas en aquellos tiempos, podemos comprobar el rechazo de los curadores hacia los enfoques teóricos particulares. Objetos con historias de vida tan marcadamente diferentes como los fósiles y las lanzas podían encontrarse dentro de una misma narrativa expositiva, al tiempo que objetos similares distribuidos en diferentes museos podían tener lecturas muy diferentes. No existía una línea museológica con un criterio común.

Por otro lado, los significados de un objeto se vieron afectados además de por su disposición y ubicación en la clasificación general -que fueron con el tiempo evolucionando de lo físico a lo «intelectual»-, por su contexto de visualización inmediato. Los significados de un objeto comenzaron progresivamente a variar no solo en función del tiempo y el espacio, sino también dependiendo de la posición de quien lo observaba. Es decir, un objeto expuesto comenzaba a relacionarse con otros objetos, con sus coleccionistas, con sus curadores, pero también con los visitantes, y las reacciones y respuestas hacia esos objetos eran el resultado de dicha interacción. Se trata de una relación reconocida histórica y culturalmente, que nunca se da en un único sentido. Actualmente, en una exposición didáctica e interpretada, las respuestas son una combinación entre lo que comunica dicha exposición en su conjunto y lo que visitante siente y recuerda en su recorrido.

De este modo, a los objetos se les dota de nuevos significados y valores que frecuentemente han sido ignorados en la historia de los museos. Los cambios sobre la interpretación de los visitantes implica que los objetos de los museos nunca son estables. Por esta razón, el estudio de esas respuestas debe ser un área muy sensible para todos los curadores y museólogos. En los estudios de museos, las teorías sobre la percepción de los visitantes se nos muestran como participantes activos en la construcción de significados. El público ya no es un depósito que espera llenarse, sino un agente autónomo con agenda propia. Así como los teóricos de la respuesta del lector buscan recuperar no solo el significado de los textos sino también las prácticas de lectura, los museólogos pretenden ahora examinar tanto las intenciones de los curadores,como las razones, las experiencias y las sensaciones de la visita. Ya no sorprende que la intención curatorial y la respuesta del visitante no siempre coincidan. Al igual que ocurre con la lectura de textos científicos, al observar los objetos del museo se hace evidente (aunque de manera elusiva) una lucha por el control del significado. Las páginas de publicaciones periódicas y guías de los museos contemporáneos ofrecen abundantes recursos para estudiar la forma en que los visitantes deben enfrentarse a los objetos, cómo deben contemplarlos y cómo deben ser interpretados -incluso las emociones que deberían generar-.

De los significados inagotables que podrían atribuirse a un objeto, es posible dibujar una serie de variaciones sobre lo que Sharon Macdonald denominó «repertorio de interpretaciones prevalentes». La reacción ante los restos humanos, por ejemplo, ha cambiado radicalmente a lo largo del tiempo. Podríamos trazar un mapa de las respuestas del público provocadas al observar un cuerpo humano expuesto en un museo (recordemos aquella polémica sobre «el negro de Bañolas») y nos encontraríamos con la absoluta aceptación por casi todo el mundo de las exposiciones, ya franquicias, tituladas «Cuerpos humanos«. Curiosamente, las reacciones variables del público hacia un montaje taxonómico particular, pueden provocar cambios en las actitudes sociales relacionadas con la caza o la vivisección. Al estudiar la historia de las respuestas humanas ante los objetos, se hace evidente que la relación entre el espectador y el objeto ha cambiado mucho. Sabemos que hoy en día los visitantes responden visceralmente a los objetos, mostrando absoluta indiferencia a lo que hace años causaba horror. Ahora se necesita, además, tocar las cosas -como en el caso de la roca lunar que se nos trajo el Apolo XI-; ya no nos basta con mirar; queremos, incluso, oler los objetos. Y las reacciones a todo este conjunto de estímulos los envuelven bajo nuevas capas de significado.

¿Qué conclusiones podemos sacar acerca de la vida de los objetos en los museos? Necesitamos «un conocimiento más profundo de las biografías, no solo de los coleccionistas, sino de los objetos mismos, que por sí solos son mudos -al menos en términos pragmáticos-, por lo que los museos deben aportar otros detalles asociados a una narrativa que parta de la procedencia y que permita sostener un estudio interpretativo en profundidad. Miles de objetos esperan a que los museólogos les otorguen una voz que de paso a una narración accesible. Podemos construir sus historias de vida a partir de estas fuentes y de otras historias donde los objetos desempeñen un papel. Podemos explorar las formas en que, incluso, los objetos aparentemente estables -como ocurre con los especímenes científicos-, se convierten en mutables y polisémicos. Los objetos deben promover una serie de relaciones entre coleccionistas, museólogos, curadores, científicos, conservadores y visitantes, permitiendo que se conecten de manera inalienable a todo lo relacionado con su «trayectoria vital». De esta forma podremos estudiar no solo el sentido de que un objeto esté en el museo, o los cambios cualitativos en los que se incurre al pertenecer a una colección, sino también las prácticas relacionadas con las instituciones que los albergan.

Podemos contemplar el museo, además de en términos de espacio y gestión de colecciones, como un instrumento para salvaguardar y comunicar las relaciones que involucran a los objetos de las exposiciones. El hecho de que estas relaciones involucren directamente a los visitantes implica que la «historia» de esos objetos es claramente un área fructífera para el estudio de su experiencia pública, lo cual resulta especialmente interesante cuando se cuestionan determinados significados y surge la disparidad en la atribución de valor de los objetos, dependiendo de los museos y sus visitantes. Estos serían, pues, los beneficios de la historiografía de cualquier tipo de museos centrada en los objetos.

RECURSO PARA LA REDACCÍON DE ESTE ARTÍCULO:

Samuel J. M. M. Alberti (2005): Objects and the Museum. FOCUS. Museum and the History of Science. FOCUS—ISIS, 96 : 4 (2005).


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