Museos de Ciencias: La Historia del Objeto

La historia del objeto, su contexto original, comienza a cambiar radicalmente una vez se recoge. Podemos suponer que en este punto del “descubrimiento”, el coleccionista proporcionó al objeto un significado concreto que lo acompañó a lo largo de su carrera en el museo. Pero, para muchos objetos, éste es el principio de una serie de cambios de significado y contexto. Además, las motivaciones para la recogida y exhibición en la historia del objeto raras veces han sido sencillas. Existe una considerable literatura sobre la psicología relacionada con el objeto de colección que proporciona modelos para las sofisticadas relaciones que se establecen entre el coleccionista y el objeto/os de colección. Los estudios tienden a resaltar la biografía del coleccionista individual por encima del objeto y, por lo general, mencionan los motivos que hay detrás de la construcción de una colección científica.

Museo de Ciencias Naturales de Florida

A lo largo de la historia de la ciencia, los estudios biográficos (de personas en lugar de objetos) han incluido análisis detallados y sofisticados de coleccionistas científicos. Según los textos de la biógrafa Janet Browne, y el trabajo realizado por el Darwin Correspondence Project, en la época de Charles Darwin existía un importante tráfico de especímenes entre los coleccionistas del siglo XIX así como un uso de esos objetos como “capital cultural” para alimentar redes de clientelismo y para ayudar a construir carreras y gabinetes de curiosidades privados (el objeto de valor como “mordida”). De manera similar, el relato de Rebecca Stott sobre la obra de Darwin enfatiza el lugar que ocupaba éste en una red de coleccionistas en la que “cada una de las miles de cartas que escribió en aquellos años generaba otro delicado esqueleto en esa red”. Lo cierto es que, una conchita recogida por el señor Darwin en una playa chilena, subía al Beagle en una cajita y desde allí, rumbo a Inglaterra, se depositaba en Down House para, finalmente, acabar en una vitrina en el Museo de Zoología de la Universidad de Cambridge. La conchita de la playa chilena, así como miles de otros especímenes recogidos, eran las manifestaciones físicas que cimentaban la reputación y la experiencia de Darwin en aquellos tiempos.

Brenda Marketello

Podemos aprender mucho sobre esa conchita en los registros meticulosos que hacía Darwin. La “biografía” de la conchita y de otros muchos especímenes se puede rastrear también a través de registros, recibos, catálogos, correspondencia, publicaciones, dibujos e incluso cartelas sobre el objeto mismo. Estas diversas fuentes de información revelan que los objetos del museo se movían a lo largo de caminos complejos y variados en las redes de adquisición hacia y entre individuos y museos. Muchos especímenes de historia natural comenzaron sus viajes a través de esta red una vez recogidos en su medio natural. Otros fueron fabricados o creados a propósito para un museo. Algunos instrumentos científicos se elaboraron específicamente para una colección, mientras que otros se hicieron para ser utilizados y coleccionados una vez les llegaba el tiempo del desuso. En la colección científica del rey Jorge III, por ejemplo, en el Museo de las Ciencias de Londres, se puede observar un marcado contraste entre los instrumentos que el rey encargó a George Adams para su propia colección y los utilizados para las conferencias públicas de Stephen Demainbray, quien posteriormente fue Superintendente del Kew Observatory.

Sydney Gossard-Nordstrom

Los museos de historia natural recurrieron en gran medida a los jardines zoológicos y botánicos para recopilar especímenes, estableciendo redes de adquisición que se extendían a través del “complejo expositivo” hasta los mercadillos, e incluso hasta los circos. Tomemos, por ejemplo, a nuestra amiga Zarafa, la primera jirafa jamás vista en Francia, un regalo a Carlos X del virrey otomano de Egipto. Después de su viaje por el Nilo y a través del Mediterráneo, en 1827 caminó de Marsella a París en compañía del célebre naturalista Etienne Geoffroy Saint-Hilaire, estableciéndose finalmente en la casa de fieras del Jardin des Plantes. Murió en 1845 y fue exhibida inicialmente, una vez disecada, en la Muse d’Histoire Naturelle. Hoy en día, su esqueleto se encuentra en el Museo de Historia Natural Lafaille de La Rochelle. Maharajah el elefante, cuyo esqueleto se encuentra actualmente en Manchester, pasó su vida viajando con la Royal Number One Menagerie de Wombwell y dando paseos por el Belle Vue Zoo de Manchester. El sentido y significado que estos animales representaban para el público, cambiaba a medida que atravesaban, vivos o muertos, todos estos espacios tan diferentes entre si.

Sakurasnow

Los museos de anatomía humana (y especialmente los universitarios, generalmente de medicina y farmacia) recogieron sus especímenes de los desafortunados pacientes de las salas de los hospitales, cuyas partes del cuerpo cambiaron radicalmente de identidad durante la transferencia y la preservación. Trabajando en estos “preparativos”, el cirujano-curador los hacía de su propiedad, en la práctica sin regirse por la ley. Los restos humanos recolectados de otros lugares se movían por las mismas vías de adquisición que las plantas, los animales y los libros, en ese proceso cambiante que va de resto humano a objeto. Como dice Ruth Richardson, este proceso demostró “la capacidad del propio cuerpo humano para convertirse en artefacto”. Los objetos de la historia natural eran propensos a desligarse del concepto de “natural” acercándose al de “artificial”, a medida que se convertían en cultura material a través del proceso de recolección, almacenamiento y exhibición.

It is nice that

La red de coleccionistas y sitios que eventualmente canalizaban objetos al museo era extensa y heterogénea. El punto de colección solía ser el primero de una serie de intercambios en el camino hacia el museo. Los objetos comúnmente pasaban por las manos de varios coleccionistas y comerciantes privados. La distinción entre museos y espacios comerciales no siempre estaba definida: muchas empresas comerciales mostraban vitrinas de conocimiento natural y numerosas colecciones se exhibían con vistas a la venta. Tanto en las ciencias como en las artes, las casas de subastas eran fuentes regulares para la adquisición de objetos. Por esta razón, corresponde a los historiadores de la ciencia prestar más atención al papel del tráfico de la cultura material, como han hecho los historiadores con los libros.

Shinsekai

Como ejemplo, mencionar que, en una venta en Londres en 1828, entre un buen número de estos historiadores de los que hablamos, se encontraban los geólogos William Buckland y Gideon Mantell; Robert Grant, que hizo una oferta para su nuevo museo en la Universidad de Londres; Guillermo Clift del Museo Hunteriano de la Universidad de Glasgow y el reverendo William Clark, profesor de anatomía en Cambridge. La subasta fue todo un proceso social con numerosas ambigüedades de clasificación y un foro público en el que se estableció el valor. Los catálogos, las procedencias y los compradores contribuyeron a establecer el patrimonio neto de los instrumentos, especímenes o partes de cuerpos humanos en venta, poniendo así un precio de compra a lo invaluable. Los registros de acceso y los catálogos (y especialmente sus anotaciones) nos permiten rastrear los caminos de los objetos individuales a través de este “museo de la economía”.

Oritsunagumono de Takayuki Hori

Sin embargo, muchos de los intercambios que involucraron el objeto en su ruta hacia el museo se hicieron sin remuneración, pudiendo ser caracterizados como regalos: de un coleccionista a un individual o de un coleccionista privado a una institución. Como en cualquier otro proceso de intercambio de regalos, la donación constituía una relación recíproca entre el benefactor y el receptor. Un individual, un coleccionista o un comerciante aislado, enviaba un ejemplar a un museo metropolitano con la esperanza de obtener un mecenazgo potencialmente útil o, mejor aún, el prestigio por aparecer en una mención de una etiqueta o catálogo. Como escribe Susan Pearce, “entregar material a los museos de forma gratuita es un acto meritorio que transmite una fama inmortal”. Y así, aunque los donantes se libraron de los problemas de almacenamiento y conservación, mantuvieron la propiedad simbólica – una manifestación de lo que Annette Weiner denomina “la paradoja de mantenerse vivo mientras se está dando”-. La recolección y su donación resultaban prestigiosas; posteriormente donar a un museo de prestigio aseguraba que tal acto permaneciera visible a perpetuidad, asegurando una conexión duradera entre la persona y el objeto. La prueba menos sutil de esto era que los donantes vivos tenían siempre un ojo puesto en sus regalos; En Glasgow, el conservador del Hunterian, Henry Darwin Rogers, tuvo que soportar las iras de uno de sus patronos en 1859, porque un pez que había donado hacía quince años no estaba en la exposición permanente del museo.

Archivo EVE

Vemos, pues, que los objetos estaban asociados de forma irremisible a su colector, donante o benefactor. Esto era más visible en el caso de la donación de colecciones completas: la colección de instrumentos del rey Jorge III en South Kensington, las colecciones hunterianas de Londres y Glasgow o el Museo de Marshall Field en Chicago. Cada uno de estos hombres era sólo uno de varios coleccionistas y donantes, y tales ejemplos ilustran cómo el individuo más famoso (o rico) podía permanecer indeleblemente conectado con una colección. Al igual que ocurre en los museos al uso, los objetos particulares mantienen una relación con las personas que participan en su trayectoria, principalmente los de mayor estatus. Así por ejemplo, los objetos dispersos por todo el mundo de la Colección Wellcome están asociados a Sir Henry, en lugar de a los coleccionistas que le suministraron a ellos o a sus curadores, que se han ido  intercambiando desde entonces.

Foto principal y para redes sociales: Goodshoppe

2 Respuestas a “Museos de Ciencias: La Historia del Objeto

  1. Pingback: Museos de Ciencias: La Historia del Objeto – Alvaro Plaza – Educación y patrimonio·

Tus comentarios son muy importantes para nosotros