Museo, Madelmans y Otros Objetos

Cualquier objeto, dependiendo de la forma en que lo mostremos al público, de la escenificación que seamos capaces de crear para él, puede convertirse en una pieza única, algo realmente mágico, o sencillamente solo un aburrido objeto más de tantos. Pasar de objeto del deseo a un trozo de materia anodina, dependerá de la forma en la que se muestre al visitante. Esta evidencia es algo que los especialistas de mercadotecnia de las tiendas de marca y grandes superficies saben muy bien. Puede ocurrir también que la torpeza en la forma de exhibir provoque que una pieza de extraordinario valor sucumba finalmente vencida por la mediocridad y el aburrimiento en su forma de mostrarse públicamente. El lenguaje expositivo siempre será determinante en el éxito o fracaso del museo.

2494477716964_1fgBdsbn_lSteve Gallagher

Esta enorme capacidad mercadoténica de los especialistas de la compra por impulso debería tenerse mucho más en cuenta en los planteamientos museográficos de los museos y salas de exposiciones. Por lo general, solemos aceptar las obvias consideraciones de lo establecido, es decir, en el montaje de una exposición tendemos a colocar las piezas más relevantes en los espacios más importantes, despreciando los lugares de tránsito o comunes; pero, siendo obvio este planteamiento, no siempre es el acertado. Es primaria la observación y estudio del objeto, así como de los otros dos factores decisivos , la relación entre espacio y el espectador (visitante). Cada elemento con el que trabajamos tiene importancia. Por ello, ahí es donde se sitúa el reto de este planteamiento.

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Podemos hacer un ejercicio trabajando con objetos irrelevantes desde un punto de vista de valor material y, sin embargo, la experiencia de estos años me muestra la enorme capacidad del objeto para construir una identidad propia y convertirse en fuente del análisis dependiendo de como lo mostremos. Trabajamos con pequeños muñecos, madelmans y figuras de acción, por ejemplo, juguetes estridentes por lo general, o joyas a escala natural que son verdaderas baratijas. Se trata de alimentar un diálogo creíble entre el objeto y el espacio donde será colocado; ejercicio que reclama un estudio pormenorizado de todos los elementos que forman parte de la ecuación. Este ejercicio-juego suele provocar la sonrisa del receptor, que se genera a partir de la naturaleza un tanto ridícula del objeto, sin embargo, tras un debate posterior, se descubre el enorme potencial de cada elemento por muy ridículo que sea el objeto, hasta el punto de que muchos de los objetos colocados cobran una espléndida apariencia.

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Muchas presentaciones llevan a inducir al espectador a que se encuentra ante una obra de valor, siendo todo lo contrario, porque el modo de expresar determinados significados, por ejemplo, el lujo o el glamour con unas joyas de plástico, es el mismo que podrían mostrar los responsables de una joyería de alto nivel.

Banksy-Throwing-Flowers-Wall-Sticker“Bansky throwing flowers”, The Gadget Flow

La lectura de la realidad es ambigua dependiendo de como se muestre, en que condiciones. Si cogemos las baratijas y se las ponemos a una famosa modelo y las muestra en una pasarela, esa quincalla pasa de ser objeto sin valor a piezas interesantes, que captarán la atención e incluso podrán convertiste en objetos de culto. Se trata de generar una historia, creando estímulos en el visitante-espectador que no se terminen en el expositor o vitrina, sino que haya un apoyo de significados que extienda el interés en la lectura comprensible del objeto. No todos los museos disponen de espacios como para “sacralizar” un objeto colocándolo en el centro de la sala templo del saber y nada más. No todos los museos disponen de la atmósfera del British, el Louvre, Pérgamo, etcétera. Los objetos necesitan jugar con la magia para atraer las miradas y el interés del público, de otra manera pasarán absolutamente desapercibidos.

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ANÉCDOTA:

Mientras J.J. Abrahams rodaba la película de la factoría Spielberg “Super 8”, al director le regalaron una caja enfundada en papel y que nunca llegó a abrir. Aquella caja guardó unas enormes connotaciones de misterio y valor para su entorno de trabajo; el mismo lo convirtió en algo inaccesible, algo que siempre respetó poniéndolo encima de la mesa de sus reuniones de producción, reportando a aquel objeto envuelto una personalidad desbordante, mítica, llena de lecturas y de ilusión. La llamaba «la caja del misterio». 

Fotografía principal y redes sociales: Wes Anderson Palettes

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