Cómo Reconocer el Valor Cultural

Comenzamos la entrada de hoy, recordando el Artículo 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas (Derechos Humanos de las Naciones Unidas, 1948) que dice: “Toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten”. Esto implica una obligación por parte de los gobiernos (a nivel nacional, regional y local) para garantizar la ratificación de dicho derecho. No se trata solamente – más allá de su importancia – del derecho a la libertad de expresión (Artículo 19). Junto con el “derecho al descanso y al disfrute del tiempo libre” (Artículo 24), hace alusión a la mera existencia o disponibilidad de cultura, porque abarca preocupaciones vitales adicionales en políticas como son las de la educación, la lengua, la provisión cultural, el ingreso disponible, la geografía y el territorio; incluso el transporte público.

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Estas consideraciones se reflejan específicamente en algunas Constituciones Nacionales, pero no en todas. Un buen elemplo moderno sería la Constitución de España de 1978 (revisada en 1992) en el Artículo 44 (“Cultura y Ciencia”): “􏰄Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho”.

Los “objetivos nacionales para la política pública” recogidos en 1996 por el Parlamento Sueco, por poner otro ejemplo, apuntan a:

  • 􏰄  Promover la oportunidad de las experiencias culturales, la educación cultural y el desarrollo de las capacidades creativas para todos.
  • 􏰄  Promover la calidad y la renovación artística.
  • 􏰄  Promover el patrimonio cultural vivo que se preserva, utiliza y desarrolla.
  • 􏰄  Promover el intercambio internacional e intercultural y la cooperación.
  • 􏰄  Observar especialmente el derecho a la cultura de los niños y jóvenes.

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Los Derechos conferidos en la Constitución de la República de Sudáfrica,consideran el tema de la lengua en términos de derechos culturales, aunque con limitaciones. La Sección 30 establece que: “Todos tienen el derecho de usar la lengua y a participar en la vida cultural que elijan, pero nadie que ejercite esos derechos puede hacerlo de manera inconsecuente con alguna de las provisiones de la Carta de Derechos”.

Si los gobiernos tienen la obligación de ratificar el “derecho” a la participación en la cultura, entonces se entiende que también la tienen de supervisar la situación, para que ese derecho se aplique con eficacia e igualdad. Esto, naturalmente, supone tener que tomar las medidas pertinentes para  estimar y demostrar que dicho derecho se está cumpliendo.

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Cómo reconocer el valor cultural

En los últimos años, a nivel mundial, se ha producido un debate académico y político creciente en torno al “valor” y el impacto de la cultura en la sociedad. Ante la ausencia de una base teórica o metodológica generalmente aceptada, y que pueda ser aplicada sistemáticamente, proponemos una idea que creemos  que Merli (2002) expresa muy bien: “Si no entendemos cómo las artes producen supuestamente los efectos sociales que dicen producir, ¿cómo esperamos desarrollar y proporcionar evidencia empírica?”

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El Marco de Estadísticas Culturales de la UNESCO (MEC), publicado en 2009, es una herramienta perfecta para organizar las estadísticas culturales, tanto a nivel nacional como internacional. Se basa en un fundamento conceptual y una comprensión común de la cultura, que ayudan a la medición de una amplia variedad de expresiones culturales, más allá del modo social o económico particular de su producción. El MEC es el resultado de un extenso proceso de consulta mundial que se construyó sobre un ejercicio anterior (1986), en respuesta a los efectos de la globalización en la producción y la difusión de productos culturales, algo que queda bien reflejado en los actuales temas relacionados con la práctica y la propiedad intelectual. El MEC, a través de sus definiciones estándar, apunta a promover y facilitar la producción de datos significativos, que puedan ser comparables internacionalmente.

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La participación cultural se relaciona, pues, con una variedad de áreas diferentes de la política nacional. A mediados y finales del siglo XX, la participación cultural se entendía como algo relacionado con “las artes”, y era tratada por la mayoría de los países desarrollados como un recuento de las visitas a los museos, galerías y varios tipos de representaciones. Es más, se hacía hincapié en la “alta cultura”, a menudo a través de una institución “nacional”. No obstante, a pesar de que las “artes” todavía ofrecen una base sólida para medir la participación cultural, el concepto se ha ampliado a otras muchas actividades “informales” y “tradicionales” (UNESCO-UIS, 2009; Throsby 2010).

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Con el desarrollo del concepto de las “industrias creativas”, en particular del estudio de 1997 del Departamento de Cultura, Medios de Comunicación y Deportes (DCMS) del Reino Unido (RU), las mediciones de participación cultural pusieron mayor énfasis en esa participación como “consumo” económico. Más adelante, se le dedicó algo de atención a las encuestas sobre gastos domésticos. Es frecuente que estas encuestas hagan preguntas relacionadas con la “predisposición a pagar”, ya que proporcionan datos de la valoración contingente de los sitios y las actividades culturales. Sin embargo, este trabajo se centra,sobre todo, en definir la “participación cultural” y en considerar el conjunto más amplio de participación sobre el tipo de actividades que se realizan.

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Cómo medir la cultura como un factor importante del bienestar humano

A lo largo de los últimos cinco años, aproximadamente, las investigaciones sobre los efectos de la cultura en el bienestar social han proliferado, ya que los gobiernos parecen expresar un mayor interés en todo el planeta por evaluar la “calidad de vida” de sus ciudadanos. Fomentados por iniciativas como la Declaración de Estambul de la OCDE (2007), los gobiernos están asumiendo la existencia de una mayor necesidad de  “medir y promover el progreso de las sociedades en todas sus dimensiones, considerando medidas alternativas como son el índice de la Felicidad Nacional Bruta (FNB), que va más allá del Producto Interno Bruto (PIB), y otros indicadores más bien económicos” (OCDE, 2007).

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Esta tendencia conlleva una creciente elaboración de estudios que demuestran la importancia de la participación en actividades culturales y deportes para disfrutar de “salud física y emocional, para el capital social, la cohesión y la comunidad” (Young Foundation, proyecto The State of Happiness, 2010). La repercusión positiva de la participación de la sociedad en actividades culturales, sin importar el nivel de “competencia artística” de las personas involucradas, sobre la percepción del propio bienestar psicofísico, es reconocida desde hace unos 40 años por una escala de medición científica: El índice de bienestar psicológico general. Aunque los gobiernos no puedan hacer feliz o satisfacer a su pueblo, pueden ayudar a crear las condiciones favorables para que aumente el bienestar común. En la práctica, la conexión entre la cultura y el bienestar subjetivo, parece lógica, pero la evidencia empírica es mucho más difícil de lograr. Muchos estudios sobre los efectos de la “calidad de vida” se consideran erróneos porque parten de una postura de “psicología positivista” no demostrada, que indica que la cultura mejora la vida (Diener, 2009; Matarasso, 1997). Hasta cierto punto, esta tendencia parece reconocer la famosa paradoja de Easterlin, que dice que “hacerse rico ciertamente no parece hacer más feliz a la gente” (Layard, 2005).

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Australia, Canadá y Nueva Zelanda, usan actualmente indicadores estadísticos de bienestar, que han sido creados a partir de una serie de datos obtenidos de encuestas nacionales (aunque tienen cuidado de no equiparar el bienestar individual con el nacional). La “felicidad” ha estado en el centro de la política del gobierno de Bután desde la década de 1980, usando el índice FNB e indicadores que incluyen “el desarrollo económico y social sostenible y equitativo; la conservación del entorno frágil; la preservación cultural y la promoción en un sentido de desarrollo y buen gobierno” (Thinley, 2007). En muchos países en desarrollo, éste puede ser un tema fundamental, en particular donde las tradiciones de participación son claves en la cultura y la identidad (por ejemplo en los países del Pacífico y Bután). Tanto en el Reino Unido como en otras zonas, algunas autoridades locales están estableciendo objetivos de desempeño para la actividad cultural con el fin de justificar y explicar los fondos públicos.

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La participación en las artes, la artesanía y las actividades conmemorativas, son expresiones de cultura, identidad y de comunidad, además de ser valores claros en sí mismos, aunque el comportamiento pueda variar, pasando de la observación pasiva a la implicación activa (Brook, 2011). Es sumamente difícil en cada país, por no hablar a nivel mundial, llegar al consenso sobre las definiciones precisas y prácticas sobre cuándo alguien deja de ser un miembro de la audiencia “pasivo” y empieza a convertirse en un participante “activo”. Dado que la mayoría de la participación activa se produce de manera dispersa y descoordinada, a través de organizaciones pequeñas, a menudo predominantemente sociales, que no están ni reconocidas ni financiadas por los gobiernos como “instituciones “sostenibles, es difícil formular objetivos compartidos y coherentes. Sin embargo, ese es el grupo al que apuntan estas ideas y con el que se intenta interaccionar; un grupo con demasiada frecuencia olvidado o excluido cuando los ministerios de cultura redactan políticas y pautas para disponer de los fondos públicos.

Para terminar y resumiendo, decir que la necesidad de disponer de una encuesta de participación cultural es principalmente impulsada desde una perspectiva de política social amplia, que pretende medir el alcance del compromiso de la población (público, artista, intérprete) en una amplia variedad de actividades culturales.

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Foto principal y para redes sociales: National Museum of Science and Technology (Suecia)

Recursos: The Ghost Academy

Recursos: Institute de Estadística de la UNESCO P.O. Box 6128, Succursale Centre-Ville Montréal, Québec H3C 3J7 (Canadá)

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