Historia y Anticuarios

Anticuario,
-ria s. m. y f.
Persona que se dedica a estudiar muebles y objetos antiguos de valor y a comerciar con ellos.

Los anticuarios y la historia han estado siempre muy relacionados , y no sólo porque las dos disciplinas estén conectadas directamente con el estudio del pasado. Los historiadores, en todo caso, no suelen usar generalmente la palabra “anticuario” de manera cariñosa, ni de forma positiva y amable, sino más bien todo lo contrario.

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Si un libro se describe como “antigüedad”, estamos hablando del detalle, evidentemente; así no se hace una valoración exhaustiva de la realidad del libro; son maneras de denominar las cosas de manera generalista, sin alcanzar a ver una realidad absoluta que ocupa un lugar en el tiempo. El anticuario vela para que todo sea meticulosamente investigado, a veces partiendo de información muy escasa o casi nula, de poco interés para nadie, excepto para el especialista. Un trabajo que, con un posible aluvión de detalles empíricos, se puede llegar a perder el argumento principal. La historia, por el contrario, trata de analizar, comprender y explicar la realidad pasada; el historiador es un profesional interesado en las ideas y en los objetos, y considera tanto el conocimiento general como el específico. Se trata de una interpretación completa del pasado, un ejercicio que no sólo contempla un simple registro de observaciones objetivas.

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Hay una larga historia sobre esta visión, bastante negativa, acerca de los anticuarios y su relación con la historia. Posiblemente el punto de partida sea la existencia de celos profesionales entre gremios : anticuarios versus historiadores. Incluso en el siglo XVII, la figura del anticuario fue cruelmente caricaturizada, mostrándonos hombres – curiosamente no se incluyen mujeres en estas malignas consideraciones – extrañamente especuladores, solitarios, individualistas y roñosos; enemigos de la verdad, si esa verdad no era rentable; manipuladores en la búsqueda exclusiva de obtener beneficio propio, sin darle importancia a su posible aportación al conocimiento de la historia (extremadamente duro, ¿no?). Pero también en el pasado, se han dado interpretaciones menos crueles, considerándoles personas románticas, amantes de esas arrugas e imperfecciones que sufre la historia con el paso del tiempo.

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Éstas imágenes recurrentes del anticuario, sugieren una obsesión enfermiza y patológica del personaje en su relación con el pasado. Una obsesión que le hace valorar los objetos de forma indiscriminada a partir de su edad y su estado de descomposición, y no por su significado, impacto histórico o importancia.

Hemos conocido caricaturas cruelmente ingeniosas de estos profesionales de la historia, pero despejan pocas incógnitas sobre lo que los anticuarios han hecho en el pasado, o lo que hacen ahora. Dadas las connotaciones negativas que existen en algunos sectores sobre la palabra “anticuario” (mucho más en el mundo anglosajón que en el latino), no es de extrañar que, hoy en día, algunos de estos profesionales no se definan así mismos como tales. Pero aunque pueda sonar contradictorio, y fijándonos principalmente en el mundo anglosajón, debemos decir que existe una respetada y floreciente Sociedad de Anticuarios (fundada en 1707), que cuenta con una membresía actual de más de 2.300 orgullosos miembros. También hay numerosas sociedades regionales y locales en todo el mundo que llevan la palabra “anticuario” en su título, como la Sociedad de Anticuarios de Cambridge, la Sociedad de Anticuarios de Halifax, la Sociedad Histórica de Anticuarios de Bradford, y los anticuarios y especialistas en numismática de la Sociedad de Anticuarios de Filadelfia.

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Podríamos mencionar otro ejemplo no latino, la Sociedad de Anticuarios de Londres , que incluye entre sus miembros a arqueólogos, historiadores de arte, historiadores de arquitectura, historiadores especialistas en un determinado periodo de la historia antigua, eruditos del siglo XX, archivistas y profesionales relacionados con el patrimonio y la conservación. La mayoría de ellos, por no decir todos, están vinculados a aspectos puramente materiales del pasado, ya sean objetos arqueológicos, obras de arte, manuscritos, muebles, libros, prendas, etcétera, o relacionados con la construcción. Los arqueólogos son, de largo, el grupo más numeroso entre los miembros de la Sociedad de Anticuarios de Londres.

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En una recientemente inaugurada exposición, que la Sociedad de Anticuarios organizó con el título “Haciendo Historia”, se hizo una especial mención a la contribución que los arqueólogos hacen, como importantes miembros de la asociación que son, tanto como profesión como disciplina académica. En todo caso, a los anticuarios de hoy en día, se les sigue relacionando con una aproximación al pasado, siempre a partir del objeto puntual, en la búsqueda y preservación del material que han descubierto. Podemos afirmar que Mister Scrooge no era en realidad un anticuario.

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Sí, vale, todo está muy bien pero, ¿qué han aportado los anticuarios a la disciplina de la historia, en comparación con el desarrollo de la arqueología moderna, por ejemplo? Tradicionalmente, la arqueología se consideraba como la “esclava” de la historia, obligada a proporcionar la materia prima para construir una narrativa histórica, verificando los acontecimientos de la historia a partir del material que corroboraba una evidencia. Su trabajo consistía en desentrañar un hecho puntual en un momento concreto del pasado. Pero la comprensión de esa naturaleza, con relación a las antigüedades y su historia, se articula a partir de una época en la que esa historia era esencialmente un ejercicio literario, algo más que lo que hoy entenderíamos como un trabajo de investigación . El historiador se esforzaba en escribir una narrativa que buscaba ser elegante, erudita, florida en su sintaxis y extensa en su contenido. El propósito de escribir así la historia era proporcionar una guía para que estuviera “atrapada” en el presente. El anticuario, en cambio, podría referirse simplemente a la recuperación de los detalles empíricos del pasado, y punto pelota.

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La densa monografía disponible actualmente, está basada, sin embargo, en la investigación hecha a partir de archivos detallados, y evita cuidadosamente la especulación poco científica usada en el pasado. En ocasiones, como decíamos anteriormente, la forma de “construir el pasado” que utilizaba el anticuario de antaño, como concepción de ese gremio “a pie de calle”, se percibe como un trabajo alejado de la meticulosa labor de los científicos de la historia. Muy al contrario, dentro de la profesión, los anticuarios se enorgullecían al evitar conjeturas, suposiciones, distorsiones y la exageración. Mientras que los historiadores escribían con fines polémicos para certificar un punto político o moral, el anticuario presentaba los hechos simplemente como sucedieron. Los historiadores podían tratar de forzar los acontecimientos del pasado por algún motivo preconcebido, pero el anticuario era estudiadamente neutral. De todo este ir y venir surgieron los problemas e intentos de descrédito entre unos y otros, problemas que hoy aún permanecen. El anticuario Sir Richard Colt Hoare, lo expresó a la inglesa, es decir, muy sucintamente: “Hablamos de los hechos, evitamos las teorías”. El sir quiso así dar énfasis a la rigurosa observación empírica y al análisis comparativo. Los anticuarios del pasado fueron generadores de gran parte del lenguaje de la experimentación científica histórica: Compararon sus propios esfuerzos con los del científico en un laboratorio. Estaban orgullosos de afirmar que las antigüedades eran ciencia, un ejercicio científico basado en la observación escrupulosa y la atención al detalle.

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En realidad, la investigación empírica cuidadosa, ya sea documental o arqueológica, adquiere importancia en la historia a partir del trabajo del anticuario en el siglo XIX. El historiador William Stubbs, fundador de la cátedra de historia constitucional de la Universidad de Oxford, utilizó métodos “de anticuario” y fuentes contrastadas en sus trabajos de investigación. Del mismo modo, la demanda de Leopold von Ranke , para que los historiadores tratasen de construir “el conocimiento de la historia tal y como fue”, a partir de la investigación de los archivos históricos de manera completa y detallada, tiene una clara relación con el espíritu estudioso del anticuario del siglo XVIII, Richard Gough, que escribió: “La buena disposición y el uso adecuado de los hechos pasados se llama historia”.

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Hay quien opina que los “historiadores post-modernos” tienen menos confianza en su capacidad para “recuperar” el pasado con absoluta certeza empírica. Puede apreciarse la influencia que ha tenido en ellos el “pensamiento del anticuario”, y su metodología, como disciplina para desentrañar la historia. Por ejemplo, aunque los historiadores se especialicen en ciencias sociales, pueden no estar acostumbrados a pensar en sí mismos como “anticuarios” en espíritu,  y quizás a lo que más se aproximen sea al concepto de lo que eran los antiguos anticuarios, de cara a desvelar la historia. Los historiadores modernos recogen pruebas metódicamente y usan el análisis comparativo. Los historiadores, a menudo ( no siempre), creen que sus datos reflejan la realidad objetiva del pasado; y al igual que los anticuarios del pasado, definen su disciplina como una “ciencia”. En períodos anteriores, los muy críticos mostraron su desprecio a los anticuarios, justificando que estos últimos estaban más interesados en los aburridos restos del pasado: Un oxidado tenedor, fragmentos de ropa, recetas médicas o juguetes para niños. Estos objetos, de interés para los anticuarios,  han arrojado luz sobre los “usos y costumbres” del pasado. Hoy podemos reconocer en aquellos profesionales este temprano interés por las costumbres, hábitos de las personas “comunes”, y ha sido este interés, una de las piedras angulares para construir la historia social que conocemos.

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El legado de las antigüedades también vive en el campo de la historia familiar. Los estudios genealógicos siempre fueron un elemento clave en la investigación del anticuario. Resultaban cruciales en el establecimiento de los derechos legales de la propiedad, en los casos de herencia en disputa o en la certificación formal de la antigüedad del linaje de la familia, cuando las propiedades eran más dependientes del nacimiento y posterior estatus social. Hoy en día, los historiadores de la familia, deberían tener una deuda de gratitud con las investigaciones de los anticuarios, pues comparten gran parte de su metodología y sus fuentes. Sin embargo, el historiador de la familia no es el equivalente moderno del anticuario del siglo XVIII y XIX.  Se trata , más bien, de estudiosos de este campo, motivados, generalmente, por el deseo de descubrir algo acerca de los orígenes de su familia. La necesidad de establecer los derechos de herencia de propiedad o la antigüedad de la familia de uno, ha perdido la importancia y trascendencia que originalmente dio lugar a esta rama de estudio.

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Podría decirse que las antigüedades siempre han tenido fuertes vínculos con el estudio de la historia local. Algunos de los primeros anticuarios eran topógrafos, como John Leland o William Camden, conscientes de que el paisaje podía ofrecerles pistas importantes sobre la historia de las personas que alguna vez habían habitado en ese lugar. Los primeros intentos de trazar caminos romanos, descubriendo círculos de piedra, o identificando fortalezas de la edad de hierro, fueron realizados por anticuarios. Por otra parte, los anticuarios siempre han apreciado la importancia del estudio local, para ilustrar el impacto del cambio histórico sobre los individuos y las comunidades. La búsqueda de la “histoire totale”, ejemplificado por los trabajos de la Escuela de los Annales, muestra que si queremos abarcar todo el conocimiento del pasado humano, nunca deberíamos prescindir de la contribución que los anticuarios han tenido en la recuperación del saber de periodos anteriores. Del mismo modo, la “interdisciplinariedad”, que es uno de los puntos fuertes en el ejercicio de la reconstrucción de la historia local, tal como se enseña en la Universidad de Leicester, por ejemplo, es el equivalente moderno a la diversidad intelectual practicada por los anticuarios del pasado.

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