El Museo de la Nada

Lo primero que te piden en el Museo de la Nada, nada más entrar, es que te quites las lentes de contacto, si las llevas. Incluso te entregan unas botellitas de solución salina de forma gratuita, aunque teniendo en cuenta el precio de las entradas, suponemos que es una exageración decir que te las están dando gratis. Nosotros sufrimos de miopía. Y así se lo hicimos saber a aquella amable señorita que nos recibió en la puerta , ejerciendo de vigilante,cuando nos preguntó si usábamos lentes de contacto. Como insistimos en seguir con ellas puestas, se puso muy seria y nos dijo sin pestañear que no, que nos las teníamos que quitar, que allí no las íbamos a necesitar para nada ya que aquel era el Museo de la Nada, y que incluso era contraproducente llevarlas (?).

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Aunque sea el Museo de la Nada, los vigilantes deben hacer su trabajo, deben seguir las normas. Suena un poco ridículo, la verdad, ya que es sabido que aquí no hay nada que podamos robar o estropear. Wanda nos ofrece una bolsita para guardar nuestros lentes de contacto donde ya hemos escrito nuestro nombre. La pone sobre una repisa con unas cuantas decenas de bolsitas más, de otros visitantes. Nos señala la entrada del museo, y nosotros entrecerramos los ojos para poder visualizar, con un poco más de detalle si cabe , y evitar así chocar contra la pared, aquella mancha borrosa que debemos cruzar.

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La primera galería a la que entramos es de paredes  y suelos de madera inmaculadamente blancos. Al igual que ocurre en otros muchos museos en los que hemos estado, podría tratarse de regias paredes que alojaran a Da Vincis, Kahlos, Picassos y a todos los demás, pero no. Aquí no hay pinturas, ni esculturas, no hay nada más que cuatro paredes blancas que acaban en un suelo y en un techo igualmente blancos. Lo que sí encontramos, es algo que parece una placa,  junto a la puerta. Entrecerramos de nuevo los ojos para leer lo que pone en la plaquita: “Por favor, no toque la obra”. No hay duda, estamos en el “Museo del Chiste Blanco”, nos hemos equivocado de sitio. En realidad, es inquietante, no podemos evitar sentirnos muy confusos; no hay nada allí, nada de nada. Que nos lo expliquen, por favor.

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Unas sombras se mueven por la sala, son otros visitantes que deben estar tan desconcertados como nosotros, deambulando a la búsqueda de una explicación. Seguro que nos estamos perdiendo algo. Nos dan ganas de preguntar qué es lo que está pasando a una de esas manchas borrosas que se mueven, pero sentimos un poco de reparo y no lo hacemos. Oímos a alguien que dice que no ve nada, que no hay nada. Nos empezamos a tranquilizar, a no sentir tanta soledad. Otra voz sugiere que la obra que hay que “mirar” son las propias paredes blancas de la sala, que ahí reside el “arte”. La voz de su acompañante le contesta que la “obra” es en realidad lo que pensamos estando ahí dentro, rodeados de vacío, que debe ser éso, el puro pensamiento. Todos comenzamos a especular sobre lo que estamos haciendo allí. Podría tratarse de un juego de cámara oculta.

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Claramente, un lugar  así nos da qué pensar. Mientras fuera del museo estamos constantemente rodeados de información visual, allí no. Es posible que hayamos llegado al camino del entendimiento del sitio, que hayamos empezado a comprender qué es lo que se nos intenta explicar usando el vacío blanco. El Museo de la Nada nos hace pensar, está claro, nos quiere ayudar a abrir la puerta a nuestra imaginación, seguro que se trata de éso.

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Entramos en la siguiente sala, y volvemos a estar rodeados de mucho” blanco”, pero notamos que algo cuelga en las paredes. Son lienzos expuestos sobre la pared blanca, cuadros de un blanco inmaculado, todos ellos, sin excepción. Ahora nuestras caras de asombro y confusión comienzan a transformarse en rostros sonrientes, mostrando un toque de complicidad. Nunca nos hemos visto a nosotros mismos como personas de mente estrecha, en absoluto, pero si es cierto que nos está costando un poco entrar en este juego. Con la nariz casi pegada a la pared, nos damos de bruces con un rotulito: “Leche derramada sobre mármol blanco”. Ahora sí que tenemos la sensación definitiva de que nos están tomando el pelo. Seguimos a nuestra nariz para encontrarnos con otro cartoncito pegado a la pared: “Fantasmas invisibles danzando en la niebla”… No queda otra que reírnos… Son risas nerviosas, eso sí.

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Llegados a este punto, ya nada importa en realidad. Entendemos que no hay que buscarle sentido alguno al lugar. Lo mejor es dejarse llevar y no pensar en nada, sólo caminar tranquilamente de galería en galería, acompañados por la nada más absoluta, una nada borrosa. Mientras que en otros museos corremos el riesgo de agotar nuestras mentes intentando adivinar y comprender los cientos de cosas que se nos muestran, en este museo podemos sentir de todo menos agotamiento mental. En realidad, el Museo de la Nada es un lugar de descanso, donde los lienzos inmaculados colgados en blanquísimas paredes, esperan para mostrar lo que nuestra imaginación desearía compartir con el resto del público, o no. Y nada más, ni menos.

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Foto principal: Benand Sebastian

 

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