No son pocas las personas que consideran los museos convencionales espacios aburridos. No contamos con encuestas recientes que permitan medir con precisión esta percepción, pero mucho nos tememos que la masa social crítica hacia esos grandes “mausoleos de la cultura” podría ser hoy más amplia que nunca.
Museos grandes, museos aburridos. La fórmula es injusta, sin duda, pero no por ello deja de expresar una sensación extendida entre muchos públicos. Y no se trata de que esas personas no disfruten de su tiempo libre de forma lúdica, creativa u original. Al contrario: lo hacen, pero desde formas de ocio que se encuentran cada vez más alejadas del concepto tradicional de museo.
Sobre esta realidad, quizá ya insalvable, del ocio popular contemporáneo, conviene hacer un punto y aparte. Abriremos un hueco para fijar nuestra atención en aquello que, a partir de ahora, vamos a denominar paramuseos*.
No se trata de añadir un nuevo palabro al vocabulario profesional, ni de complicar aún más una terminología que a veces amenaza con volvernos locos. Pero estamos viendo —y viviendo— transformaciones profundas en la manera de relacionarnos con la cultura, la experiencia, el patrimonio, el espectáculo y el aprendizaje. Y cuando los cambios son reales, también necesitan ser nombrados.
Conviene aclararlo desde el principio: el término no lo hemos acuñado nosotros. Quedó registrado en una conversación entre profesionales, como esas palabras que aparecen casi por necesidad cuando la realidad empieza a desbordar los conceptos disponibles.
Todo parte de una derivación del concepto de parafarmacia (Martín Piñol, C.). Una parafarmacia es, en cierto modo, una farmacia que no llega a ser farmacia. La limitación en la concesión de licencias para abrir nuevos establecimientos de venta de medicamentos con receta obligó a muchos profesionales del sector a buscar una salida dentro de un marco legislativo menos estricto, donde podían comercializarse productos farmacéuticos sin receta.
Pues bien, con los centros de interpretación ocurre algo parecido. Son equipamientos culturales que se han extendido con rapidez, pero para los que durante mucho tiempo no han existido normativas claras, definiciones suficientemente precisas, catálogos homologados ni clasificaciones estables. Han ido apareciendo aquí y allá, muchas veces sin una planificación territorial consistente y sin un marco administrativo que los ordenara con claridad.
Desde aproximadamente el año 2000 hasta 2010 vivimos una especie de baby boom del pequeño equipamiento cultural. Fue una década de expansión intensa, coincidente en buena medida con la burbuja inmobiliaria y con un momento de fuerte inversión pública en infraestructuras locales, patrimoniales y turísticas. Ese impulso, sin embargo, se ha volatilizado casi por completo.
El territorio quedó sembrado de docenas y docenas de estos pequeños equipamientos. Algunos continúan funcionando con dignidad, y nos alegramos sinceramente por ello. Otros, en cambio, han quedado cerrados, abandonados o directamente en ruinas: edificios con vocación cultural, pero sin proyecto de gestión; centros inaugurados con entusiasmo, pero sin programación; espacios concebidos para interpretar el territorio, pero incapaces de sostener una relación real con él.
Ahí es donde el concepto de paramuseo empieza a resultar útil. No porque desprecie estos equipamientos, sino porque permite nombrar una realidad híbrida: espacios que no son museos en sentido estricto, que no siempre poseen colección, investigación o estructura técnica estable, pero que asumen funciones próximas a las del museo tradicional: explicar, contextualizar, narrar, mostrar, atraer visitantes y activar una experiencia cultural.
¿Por qué se produjo el fenómeno de los centros de interpretación?
El objetivo de lo que ahora estamos llamando paramuseos era, en principio, noble: responder a las necesidades de un público que no entra fácilmente en un museo tradicional. Frente al proceso lento, complejo y costoso que supone crear un museo, el pequeño equipamiento cultural ofrecía una alternativa aparentemente más ágil, más flexible y más cercana al territorio.
Un museo necesita colecciones que mostrar, pero también investigación, conservación, documentación, personal especializado, restauradores, equipos didácticos, auxiliares, planificación museológica y una estructura técnica estable. Todo ello implica tiempo, presupuesto, legislación, responsabilidades y una gestión continuada.
El paramuseo, más conocido como centro de interpretación, opera de otra manera. No necesita necesariamente una colección propia, y por tanto tampoco requiere los mismos equipos multidisciplinares encargados de su conservación. No se le aplica con la misma intensidad la legislación que regula al museo convencional. Como sede puede servir casi cualquier edificio; la investigación suele requerir menos profundidad; la ausencia de piezas originales puede suplirse mediante réplicas, facsímiles, audiovisuales, maquetas, paneles o recursos interactivos; y, en apariencia, el mantenimiento resulta mucho más sencillo.
Ante tantas facilidades, muchas administraciones locales vivieron un auténtico desenfreno a la hora de promover este tipo de equipamientos. Durante años se inauguraron centros de interpretación de casi todo: paisajes, oficios, tradiciones, batallas, ríos, montañas, productos locales, personajes históricos, rutas, yacimientos, fiestas, ecosistemas o memorias comunitarias.
Algunos de estos centros se convirtieron en herramientas educativas muy valiosas. Bien concebidos, ofrecen al visitante las claves necesarias para comprender el patrimonio en su sentido más amplio: no solo como objeto, monumento o paisaje, sino como relación entre territorio, memoria, comunidad, conocimiento y experiencia.
Ahora bien, la creación y gestión de muchos de estos equipamientos ha dejado bastante que desear. En demasiados casos se confundió facilidad con simplicidad, inauguración con proyecto, continente con contenido y recurso turístico con estrategia cultural. El resultado fue una proliferación de espacios sin relato sólido, sin programación, sin personal cualificado, sin mantenimiento, sin actualización y, en ocasiones, sin una verdadera conexión con el patrimonio que pretendían interpretar.
El problema, por tanto, no está en el centro de interpretación como formato. Está en creer que puede funcionar sin planificación museológica, sin criterio interpretativo y sin una gestión profesional sostenida.
Cuando nos enfrentábamos a un proyecto de estas características —la creación de un paramuseo, o centro de interpretación— solíamos repetir siempre la misma advertencia a los responsables del futuro equipamiento: una vez inaugurado, habrá que seguir trabajando en él. Habrá que cuidarlo, sostenerlo, actualizarlo, mantenerlo vivo.
La inauguración no es el final del proyecto. Es solo el comienzo.
Durante años hemos visto cómo muchos de estos centros nacían con entusiasmo, con ilusión institucional y con una inversión considerable, para después iniciar un deterioro lento, casi silencioso. Como padres que observan con preocupación el desgaste prematuro de sus hijos, hemos sido testigos de cómo algunos de “nuestros ecomuseos” iban envejeciendo antes de tiempo, afectados por esa enfermedad tan frecuente en los pequeños equipamientos culturales: la vejez prematura hasta el abandono.
Es una verdadera lástima.
A pesar de esa realidad, queremos rendir aquí un pequeño homenaje a todas las personas que, desde los ayuntamientos y especialmente desde las agencias de desarrollo local, siguen luchando contra viento y marea para mantener a flote estos equipamientos. Mujeres y hombres que, muchas veces con escasos recursos, sin suficiente reconocimiento y con más voluntad que medios, han impedido que muchos centros de interpretación desaparezcan bajo el peso del olvido.
En no pocas ocasiones, estas personas han tenido que enfrentarse incluso a la indiferencia de sus propios responsables políticos. Porque ya conocemos esa dinámica: una vez hecha la fotografía del día de la inauguración de “su paramuseo”, el interés institucional se evapora. La cinta se corta, el discurso se pronuncia, la prensa publica la noticia y, poco después, el centro queda abandonado a su suerte.
Este texto quiere ser un homenaje a quienes no se resignaron a esa dejadez. A quienes siguieron abriendo puertas, limpiando salas, revisando paneles, atendiendo visitantes, organizando actividades, buscando financiación, llamando a técnicos, actualizando contenidos y defendiendo que aquel pequeño equipamiento cultural todavía tenía sentido.
Porque muchos centros de interpretación, cuando están bien cuidados, siguen siendo importantes. No sustituyen al museo convencional, ni tienen por qué hacerlo. Pero pueden cumplir una función fundamental: acercar el patrimonio a públicos que quizá nunca entrarían en un museo tradicional. Pueden ser espacios cercanos, amables, comprensibles, vinculados al territorio y capaces de ofrecer una primera experiencia cultural significativa.
El problema no fue su existencia. El problema fue pensar que bastaba con construirlos.
Un centro de interpretación necesita gestión, programación, actualización, mantenimiento, mediación, evaluación y vínculo con la comunidad. Necesita una razón para seguir abierto cada día. Sin todo eso, cualquier edificio cultural, por bien diseñado que esté, se convierte en una carcasa vacía.
Y quizá ahí esté una de las grandes lecciones que nos dejaron aquellos años de expansión: no hay equipamiento pequeño cuando el proyecto es serio, y no hay inversión cultural sostenible si después de la inauguración nadie asume la responsabilidad de mantenerla viva.
La distribución de muchos centros de interpretación no respondió a una planificación territorial ordenada, sino a oportunidades coyunturales: rehabilitación de edificios disponibles, posesión de fincas públicas o privadas, compraventas convenientes y, sobre todo, programas europeos de desarrollo que permitieron fuertes inversiones económicas. Aquellos fondos impulsaron muchos proyectos; hoy, en buena parte, forman parte de la historia.
La investigadora Carolina Martín Piñol ya utilizó el término “paramuseos” (*) para referirse a estos equipamientos híbridos entre el museo convencional y el centro de visitantes, especialmente en relación con la expansión de los centros de interpretación en España durante el cambio de milenio.
Imagen principal en redes sociales: Ice Station Antartica / London Museum of Natural History
Recursos Bibliográficos:
Martín Piñol, C. (2011): Estudio analítico descriptivo de los centros de interpretación patrimonial en España [Tesis doctoral, Universitat de Barcelona]. Dirigida por Joan Santacana i Mestre.
Martín Piñol, C. (2009): Los centros de interpretación: urgencia o moda. Her&Mus: Heritage & Museography, 1, 50-59.
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Imagen: EVE Museos e Innovación
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Paramuseos.
| ISSN | 3020-1179 |
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Creación y Actualización de Museos:
Muy Bueno el contenido y es una lastima saber que muchos de estos centros de interpretación están abandonados. Por un momento pensé que el tema era de los falsos Museos que tanto han avanzado y que no tenemos que permitir que se engañe a tanta gente.
Gracias Carlos por tu comentario. Seguiremos hablando de estos centros porque hay mucho que contar. Sobre lo que comentas de los falsos museos, vamos a dedicar al tema una entrada si te parece, la idea ha sido tuya. Tenemos que denunciar los engaños, está claro. Un abrazo Carlos.
En este artículo se recoge el trabajo de Carolina Martín Piñón, sus artículos y tesis están accesibles en abierto y son del 2011. Por otro lado, creo que al final de este artículo se mezclan ideas entre Centro de Interpretación, Museo y Centro cultural. Es complicado dar nombre a la variedad de iniciativas que pivotan entre estas tres categorías. Revisaré la entrada de los falsos museos. Gracias por vuestro trabajo de síntesis y difusión.
Gracias por reescribir el texto de paramuseos e incluir las referencias.
Estimada Fátima, cuando comenzamos a escribir artículos el 2013, hace ya más de 10 años, no teníamos la experiencia que ahora hemos desarrollado a la hora de exponer nuestras ideas. Muchos de los artículos de aquella época necesitan ser revisados, como hemos hecho con este relacionado con el concepto de «paramuseo». Intentaremos mejorar y corregir aquello que necesita revisión, como ha sido este el caso. Gracias por la comprensión. Saludos.