Paisaje y Esencia Cultural

 

La conciencia ambiental se ha convertido en uno de los principales motores del pensamiento contemporáneo y de la acción social. A este desarrollo ha contribuido la perspectiva antropológica que siempre ha cuestionado los límites entre la humanidad y la naturaleza, para exponer las profundas conexiones existentes entre la cultura y el medio ambiente. Para explicar la conducta humana, las ciencias sociales utilizan tres categorías o niveles de análisis estrictamente interrelacionados: persona, sociedad y cultura. Pero debemos reconocer que el entorno medioambiental también es esencial. El territorio como contexto cultural es un elemento base de la naturaleza humana, como ha demostrado la complejidad de la ciencia. Un sistema aislado de sus condiciones ambientales es inconcebible y, en consecuencia, el ser humano no puede contemplarse al margen de sus interacciones con un ecosistema que también conforma su naturaleza. No podemos entender la vida individual y social de las personas si ignoramos el ambiente en el que están inmersas, es decir, los espacios construidos social y culturalmente habitados por ellas. Por lo tanto, un enfoque genuinamente antropológico ha de analizar la intención y la acción humanas en el ámbito de la interacción permanente y mutuamente condicionadora entre las personas y su contexto físico-social (Ingold: 2005, 53; Álvarez Munárriz: 2005, 413; Abeland Stepp: 2003; Hirsch y O’Hanlon: 2003; Lehmann: 2007, 152; Velasco Mahillo: 2008, 319; Iranzo: 2008, 34; Antrop: 2009, 173).

Matt Wisniewski

Sin embargo, en los estudios actuales sobre el paisaje, se está obviando uno de sus aspectos principales: las raíces culturales. A pesar de esto, los antropólogos nos recuerdan que el respeto y la protección a los sistemas naturales es un elemento clave en las estructuras tradicionales de los pueblos. El trabajo etnográfico también ha demostrado que el impacto del medio ambiente ha cambiado gradualmente a lo largo del tiempo, gracias a los avances de la civilización, a la educación, las tradiciones culturales, etcétera. Como un prestigioso antropólogo dijo una vez, lo que se considera significativo en la naturaleza, como territorio, puede ser valorado de diferentes maneras según los diversos contextos culturales y épocas (Caro Baroja: 1982). Así pues, desde un punto de vista cultural,  las múltiples actividades relacionadas con la constante configuración y recreación territorial, llevadas a cabo por la especie humana de manera pacífica o como resultado de un conflicto, pueden sintetizarse en tres tipos: económico, social y simbólico (Álvarez Munárriz, 2010). Estas tres funciones forman parte de la categoría de paisajes culturales. “Dondequiera que vivan, los seres humanos toman posesión de la naturaleza en términos culturales, es decir, dan forma a los paisajes mientras desarrollan su propia cultura. No hay paisajes sin personas y, hablando estrictamente, no existen los “paisajes naturales”, ya que incluso el rincón más remoto del mundo ha sido formado de alguna manera directamente o por la intervención del hombre como, por ejemplo, a partir de influencias climáticas inducidas por la acción humana. Los paisajes siempre deben entenderse como estructuras culturales expuestas a dinámicas económicas y actividad sociocultural, que dan forma a la materia prima que sirve de base para cualquier paisaje, cada uno con su diseño particular y, por lo tanto, con su valor único” (Seeland : 2008, 424).

Andy Lee

Los significados plurales del paisaje, sus diferentes escalas y la diversidad de objetivos establecidos por los proyectos de paisajismo, explican el carácter muy abierto del análisis de la metodología del paisaje y la variedad de instrumentos, explícita o implícitamente relacionados con él, destinados a la defensa de ciertos valores y orden de sus dinámicas y transformaciones. La riqueza de posibilidades que ofrece cualquier paisaje, ya sea subjetivo u objetivo, se encuentran en los diferentes tratamientos y métodos identificados con cada colectivo profesional, que han propiciado definiciones específicas y variados indicadores para establecer la esencia del mismo. Sobre la base de estos puntos de vista, el paisaje adquiere valores y significados, entre ellos, los que proporcionan el arte, la filosofía, la ciencia, la mitología, las creencias e interpretaciones culturales, la identificación y el uso que hacen los actores sociales, etcétera. (Busquets y Cortina: 2009, 31 ss. Delgado y Ojeda: 2009, 122; Guzmán Álvarez: 2007, 17). Por lo tanto, para organizar estas múltiples y variadas formas de abordar el estudio del paisaje, podemos basar nuestra interpretación en una unidad: las estructuras mínimas en las que se puede descomponer. Estas han sido definidas como elementos aislados dentro de la correspondiente individualidad en cuestión (Simmel: 1909, 50; Martínez de Pisón: 2007, 331). La unión ordenada y coherente de las partes elementales sirve para componer un paisaje principal. Pero quizás lo más importante sea el hecho de que la escala en sí es la perspectiva específica con la que se observa. Para que existan los paisajes, una serie de elementos objetivos deben servir como base pero, sobre todo, es necesario que alguien los perciba, los experimente y les otorgue un significado. Desde este punto de vista, las unidades antes mencionadas tienen que ver con factores que se consideran definitorios con relación a los paisajes, es decir, que dependen de los puntos de vista e interpretaciones que se les den. En este proceso, “la vista, el sentido de percepción fundamental del hombre, tal como sucede en cualquier otro animal superior, está formado por notas variadas, de acuerdo con el contexto social de la persona y con la cultura a la que pertenece. La vista abre y cierra horizontes, territorios de acción, y no se trata solo de un órgano físico e individual, sino también, o más bien, de un órgano que implica un significado social y colectivo” (Caro Baroja: 1987). Cualquier elemento dentro del paisaje contiene múltiples valores, pero el significado que los observadores asocian al paisaje es esencial. De acuerdo con esta idea, podemos sintetizar la complejidad y la variedad de estudios sobre paisajes en estos cuatro enfoques:

  • Enfoque estético: unidad visual del paisaje.
  • Enfoque ambientalista: unidad ambiental del paisaje.
  • Enfoque intervencionista: unidad proyectiva del paisaje.
  • Enfoque antropológico: unidad cultural del paisaje.

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Sin embargo, sea cual sea la perspectiva empleada, siempre debe fundamentarse en la práctica interdisciplinaria. Nos vemos obligados a desarrollar un tratamiento integral en torno al cual se relacionan diferentes puntos de vista que provienen de diversas disciplinas, opiniones y metodologías, tanto cuantitativas como cualitativas, es decir, la integración de perspectivas naturales y culturales con respecto al paisaje. Por lo tanto, debemos superar la actual falta de conexión entre dichas disciplinas que, no solo no comparten puntos de vista, sino que se enfrentan mútuamente a los principios y perspectivas de las demás, ya que cierran los canales de comunicación y favorecen la confusión:

“En la teoría actual del paisaje, existe un consenso considerable sobre la concepción de los paisajes de manera integral. Es decir, entender el paisaje en su totalidad no puede hacerse simplemente analizando sus elementos. Se debe considerar la interacción de los elementos, especialmente la interacción de los naturales y culturales. De ello se deduce que la historia del paisaje también debe tener una visión holística del paisaje, integrando la actividad natural y humana como partes de un sistema evolutivo único” (Marcucci: 2000, 71; Español: 2006, 34).

Reuben Wu

Sobre esta forma integral de entender el territorio, los antropólogos son conscientes de la necesidad de definir claramente la relación hombre-ambiente histórico que elimina el etnocentrismo y el colonialismo, que caracterizaron tradicionalmente la ecología cultural hacia una cooperación multidisciplinaria. En este trabajo de colaboración, las preguntas clave que se plantean son muy simples: ¿qué tipo de entorno se debe preservar, por quién y para quién? Y para poder responderlas debemos establecer claramente “qué paradigmas, qué supuestos, qué programas de investigación deben compartirse para facilitar la comunicación necesaria, para así promover y posibilitar futuras investigaciones” (Fisher y Feinman: 2005, 62-63; Evaluación de Ecosistema del Milenio: 2005, 98; Plumwood: 2006, 120; Aparici: 2006, 317).

Por otro lado, resulta difícil encontrar las categorías antropológicas necesarias para comprender y resolver la universalidad y la gravedad de los problemas ambientales a los que nos enfrentamos actualmente. La antropología social ha tratado este tema desde muchos enfoques diferentes: ecología cultural, ecología de sistemas, ecología de paisajes, etcétera. Pero, “Paisaje cultural” es la categoría que nos sirve como punto de referencia para mantener actualizadas las tareas de evaluación y caracterización, trasladándonos hacia una visión integral del territorio como exige el conocimiento en la actualidad.

“Las obras del hombre se expresan en el paisaje cultural. Puede haber una sucesión de estos paisajes con una sucesión de culturas. Se derivan en cada caso del paisaje natural, el hombre expresa su lugar en la naturaleza como un agente distinto de modificación. De especial importancia es el clímax de la cultura que llamamos civilización. El paisaje cultural está sujeto a cambios, ya sea por el desarrollo de una cultura o por el reemplazo de culturas ”(Sauer: 1925, 20).

Craig Washburn

El término “Paisaje cultural” ya está reconocido de manera oficial, sujeto a un creciente interés científico, al tiempo que se habla de la demanda del paisaje. Pero incluso hoy en día, la categoría de “Paisaje cultural” es una clasificación poco común que se percibe como un concepto opaco. Muchos identifican el paisaje cultural con un entorno histórico determinado, un área geográfica, en resumen, un paisaje histórico cuyos componentes fundamentales son estéticos y culturales. Lo valoran como un rastro de la actividad humana dentro de un territorio. Sin embargo, el paisaje cultural es un concepto mucho más rico de lo que comúnmente se sugiere. Contiene y simboliza una gran cantidad de significados y valores y, por lo tanto, se utiliza como la base fértil sobre la cual se desarrolla la divagación teórica. Esto se debe al hecho de que sirve como una herramienta para observar los paisajes ordinarios, aquellos en los que habitan las personas.

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Actualmente el momento es bastante propicio, ya que la forma en la que se perciben los paisajes culturales está siendo moldeada por las contribuciones decisivas del Convenio Europeo del Paisaje. Se trata de una medida innovadora en contraste con otros documentos sobre el patrimonio natural y cultural llevados a cabo, porque se refiere tanto a paisajes que pueden considerarse relevantes desde un punto de vista histórico, como a elementos singulares de carácter excepcional, e incluso alude a casos cotidianos asociados con la calidad o el deterioro. “Este nuevo concepto expresa, por el contrario, el deseo de enfrentar, de manera global y frontal, la cuestión de la calidad en los lugares donde vive la gente, reconocidos como una condición esencial para el bienestar individual y social (en lo físico, fisiológico, intelectual y psicológico), para un desarrollo sostenible y como un recurso que favorece la actividad económica ”(Consejo de Europa: 2008, 6; Rodewald: 2009, 2). Esta perspectiva incluye las interacciones de las personas, el ámbito de las ideas, los valores, y los espacios humanizados creados para vivir. Cubren la mayor parte de lo que llamamos paisaje y, actualmente, se están convirtiendo en tema de interés y relevancia universal.

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En este mundo global y multicultural se repite incesantemente ese claim que declara: “Piensa local, actúa global”. Pero, para permitir el diálogo entre diferentes culturas, debería completarse diciendo: “Fomenta el respeto por la diversidad cultural heredada y por el crecimiento del desarrollo sostenible global, que puede convertirse en una guía sólida que nos sirva a modo de base de nuestras responsabilidades como seres humanos dentro de las sociedades en las que vivimos”. Creemos que los ajustes locales son esenciales para aplicar este principio, y que para su realización podemos utilizar la categoría de paisaje cultural. Es una herramienta conceptual útil porque sirve para extraer y sugerir ideas realistas y efectivas que pueden ser aceptadas por las poblaciones locales. Es una forma de conectar con la cultura local de las personas. Se alienta una nueva tendencia: preocuparse menos por los problemas del planeta al tratar con más intereses locales (Rubin: 2010, 283; Díezn Hochleitner: 2009, 81; Nazarea: 2006, 316; Pérsico: 2005, 5; Birks: et alii: 2004). Este espacio social es el sistema de anclaje y relación territorial en donde las personas están arraigadas; espacios de identificación unitaria en los que desaparecen las diferencias, con el fin de convertirse en referencias sociales para un grupo de individuos. “La sociedad civil es donde establecemos vínculos fraternales y afectuosos, creamos cultura y contribuimos al capital social de la comunidad. Es allí donde interactuamos y disfrutamos con los demás por el mero placer de su compañía y el deseo de transformar las vidas de otras personas para mejor, así como para lograr el bienestar de la comunidad. La recompensa nos llega a través del refuerzo de la afiliación y la participación en clubes deportivos, actividades artísticas, ayuda a las personas necesitadas, la conservación y fomento del respeto al medio ambiente natural, la educación de los más jóvenes, la atención prestada a las personas mayores y la promoción de la población. Todas ellas son formas en las que participamos en la vida cultural y cívica de la comunidad” (Riffkin: 2010, 540).

Concrete Matter

La categoría de “paisaje cultural” puede constituir una base sólida sobre la cual construir el modelo de progreso que la sociedad actual necesita. Nos vincula con la economía real de la gente, y no con aquellas acciones financieras especulativas generadas por las sucesivas crisis provocadas por el sistema capitalista. Este concepto clave nos proporciona ideas y principios sobre los cuales tratar de manera racional e inteligente el desarrollo local, fundamental para el progreso económico y social. Hablamos de un concepto esencial para guiar nuestra percepción sobre el ambiente, la planificación del uso del suelo y la protección y la gestión del patrimonio cultural y natural. En la construcción del contexto natural, la planificación basada en criterios de paisaje cultural ayudará a guiar el crecimiento urbano, para la integración formal y funcional de nuestros nuevos paisajes. En terrenos no desarrollados, nos sirve para intervenir adecuadamente, fortalecer o transformar creativamente las unidades de paisaje existentes. Creemos que la planificación territorial local es un deber de todos, así como una obligación moral pensando en los que nos siguen. El territorio todavía debe ser una fuente de ingresos y empleo para sus habitantes, pero solo si actuamos de manera responsable podremos proporcionar un legado digno para las generaciones futuras. Los paisajes culturales son un testimonio y un legado que nuestros antepasados ​​nos regalaron y que nosotros mismos estamos obligados a respetar y mantener. Su conservación es una cuestión de autoestima, así como una forma de abrazar la cultura que representan. El paisaje es la proyección cultural de una sociedad sobre un espacio determinado. Por lo tanto, es uno de los elementos de identidad más excepcionales que poseemos y, en consecuencia, una forma de patrimonio cultural. De ahí la conveniencia de fortalecer y desarrollar una conciencia territorial, no solo como una fuente de ganancia material, sino también como una forma de despertar el deseo de las personas de conocer y disfrutar de su entorno. “Esta concienciación hace que el el individuo pasa de ser un objeto pasivo, sometido por procesos y estructuras externos, a convertirse en un agente de cambio, un agente activo de resistencia en la defensa del planeta y de la vida, la vía para un posible cambio”(Toledo: 2010, 366; Dobson: 2010, 18-19).


Ricardo Cano, director de EVE Museos e Innovación, profesor del Taller LAB de Innovación Museológica y Museográfica en Ciudad de Guatemala, con los colegas alumnos del taller, Lucía Prado del Museo de Historia Natural de la USAC MUSHNAT, Pedro Pablo de Casa Celeste, Luisa Fernanda Rojas del Palacio Nacional de la Cultura, Rémy Patoche de la Alianza Francesa Guatemala, Mercy del Museo Olímpico de Guatemala, Vicky Flores del Museo de Correos, Telégrafos y Filatelia, Yanis Gálvez de Fundación G&T Continental, Brenda Chávez del Museo de Historia Natural de la USAC, Pedro Pablo y Yanis Gálvez.


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