Museos y Religión

El museo moderno es una creación que ha ido evolucionando desde los tiempos de la Ilustración, una etapa de la Historia  marcada por la ilusión de dominar y crear orden en el mundo, estrechamente vinculada, a su vez, a la secularización. No es extraño, pues, que los edificios de los museos que visitamos hoy en día nos recuerden a templos paganos. Por otro lado, la separación de los objetos de su entorno original (iglesias, tumbas, altares…) altera sus características convirtiéndolos en elementos puramente estéticos, históricos, artísticos y etnográficos, transformándose en otra cosa. Con el tiempo, esos objetos se han utilizado continuamente dentro del contexto del museo, para poner de relieve creencias, para la educación religiosa y el adoctrinamiento, para promover conductas u opiniones y para ejercer control social.

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El museo moderno está dirigido a esa parte del público que ya debería haber superado los aspectos “adoctrinadores”, sin embargo, a pesar de aquellas predicciones ilustradas que profetizaban un futuro sin religión, otorgando supremacía definitiva a la razón y a la ciencia, tenemos que reconocer que hoy en día este tipo de contenidos tienen todavía una fuerte influencia sobre nuestra realidad histórica (Las Edades del Hombre en España. p.e.). El contenido intangible es extremadamente volátil y puede desaparecer fácilmente. Si bien se han desarrollado teorías y técnicas muy sofisticadas con respecto a la conservación física de los objetos, podemos asegurar que aún no hemos logrado conservar su significado original, no podemos restaurar lo intangible.

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El patrimonio de naturaleza religiosa exhibe el concepto de lo intangible de una manera compleja: la falta de una explicación sobre el uso ritual del objeto en la exposición ( por ejemplo), genera el silencio de los propios objetos. Si el rito es cosa del pasado, ese silencio se hacen aún mayor. La conservación en el museo garantiza únicamente la parte visible de un patrimonio invisible, en un contexto expositivo que siempre modificará la naturaleza de los objetos, como decíamos. Además, es bien sabido que, a pesar de las mejores intenciones, el museo nunca es completamente neutral, no solo en lo que concierne (obviamente) a su didáctica y a todos los elementos de la comunicación que están  a la vista, sino también (y esto es muy interesante bajo el prisma museográfico) en cuanto a la forma de presentación respecto al espacio y a sus atributos. La configuración de la exposición nunca va a ser ecuánime, como tampoco lo es el museo a la hora de utilizar espacios, proporciones, recorridos, luces, colores que, por lo general, los comisarios no toman en consideración desde del punto de vista semiológico.

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Volviendo a los objetos que tienen una naturaleza religiosa y a su relación con los museos, está muy claro que la tipología de éstos, donde se conserva y exhibe el objeto religioso en cuestión, tiene una fuerte influencia en la manera que se explica, en lo que se resalta y en lo que queda fuera o en la más absoluta “oscuridad”. Se trata de objetos que pueden conservarse tanto en museos históricos como artísticos, etno-antropológicos, diocesanos y arqueológicos, en ecomuseos y en museos dedicados a la cultura local, como los de historia. La única excepción es la de los museos científicos naturales. Es importante destacar que durante algún tiempo se han realizado contribuciones y reflexiones en profundidad sobre el tema de la conservación del patrimonio religioso, pero no se puede decir lo mismo en cuanto a la configuración de su contexto y exposición. El Foro ICCROM 2003 “Living Religious Heritage: conserving the sacred”, comenzó con la puesta en valor de la idea de la “diversidad” del patrimonio religioso con respecto a otros bienes culturales, al definirlo como “vivo” y dedicado a su auto-conservación. Sin embargo, su protección se ve frecuentemente amenazada cuando la sociedad opta por otras prioridades sociales y políticas. Los grupos fuertemente secularizados, que contemplan la religión como un obstáculo, no están interesados en esta actividad de conservación, llegando incluso a su abandono. 

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Surgen, pues, contradicciones sobre este concepto del patrimonio vivo. En general, un patrimonio vivo todavía debe estar en uso, y ha de considerarse, además, que las prácticas religiosas “vivas” evolucionan y se adaptan. Todo esto no resulta muy compatible con la idea de conservación, pues no es posible “congelar” los objetos fieles a las tradiciones. Existen otros aspectos que también pueden entrar en conflicto con la actividad de su conservación, debido a las características religiosas de las colecciones: algunas prácticas de limpieza o restauración no pueden llevarse a cabo sobre objetos específicos al emplear materiales o sustancias extraídas de animales que son considerados “impuros” por algunas religiones. Por todo ello, las opiniones éticas y profesionales relacionadas con la conservación de objetos pueden llegar, a veces, a generar un conflicto ideológico muy serio, dependiendo de su origen o su significado religioso.

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Es mucho más difícil conservar la realidad intangible del origen de los objetos y de sus religiones. Se trata de ofrecer públicamente una visión de un mundo que tiene raíces divinas, en el que los objetos y artefactos son una extensión de lo invisible y se introducen en la vida del individuo otorgándole un sentido y un lugar dentro del universo y del tiempo. Por lo tanto, es obvio que determinado patrimonio religioso no pueda comprenderse completamente a menos que se conozca su cultura inmaterial. Para que tenga un valor dentro del conocimiento universal es preciso que esa “realidad” de las cosas sea contemplada desde su punto de vista y se conozcan los símbolos, el lenguaje, las convicciones, los rituales, los mitos y las ideologías que abarca.

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Desde el año 2000, la Comunidad Europea ha dedicado cierta atención al diálogo intercultural, invitando a los ciudadanos europeos a redescubrir su propio patrimonio común. La Santa Sede manifestó que los activos culturales eclesiásticos y religiosos son estratégicos para alcanzar ese objetivo, lo que ha provocado algunos cambios:

  • La necesidad de promover un diálogo interreligioso ha generado una nueva demanda de nuevos museos.
  • Los estudios religiosos y académicos han empujado a los museos a enfocar estos temas de forma más profesional.
  • El museo también comenzó a ser percibido por algunas confesiones como un medio para difundir su misión.
  • Las catedrales han empezado a parecerse más a museos y la distinción entre un museo y un santuario ha disminuido.
  • La religión es reconocida como un fenómeno típico de la sociedad humana, con un papel extremadamente importante, incluso dentro de un mundo contemporáneo.

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Las diferencias se definen normalmente a nivel museológico, pero no tanto museográficamente. Es absurdo afirmar que la gran mayoría de los museos se engloban dentro un segmento “laico” o “no laico”, ya que una parte coherente del patrimonio histórico artístico humano está vinculado, de algún modo, a la religión. La referencia a la especificidad del tema religioso en el museo es rara y, en cualquier caso, muy reciente (Patrick O’Neill y otros 1996, 2004, Paine 2000, Sullivan, Edwards 2004) y, por otro lado, el museo ha sido cuestionado como una institución neutral, apolítica y objetiva. Por lo tanto, los grandes museos de historia y arte simplemente abordan el asunto religioso, que trata temas como el sentido de la existencia, la vida y la muerte y otras cuestiones vitales: sin embargo, la serie de referencias y conocimientos (que en cualquier caso se consideran herramientas para la interpretación iconográfica) se dan por sentadas, valorando la posible narración museológica como innecesaria. Es evidente que en este tipo de exposiciones es necesario “implicarse”, aportando una visión comparativa universal y “neutral”, no solo apoyándose en la producción de soportes exclusivamente “contemplativos”.

 
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Como vemos, el tema de hoy es extremadamente delicado y exige crear un equilibrio importante. Con relación a la exposición de este necesario equilibrio entre lo físico y lo intangible, conocemos muy pocos museos en todo el mundo que puedan ser considerados como un referente, pero los que existen son muy significativos. Podemos valorarlos como museos antológicos, destinados a mostrar las mil caras de la necesidad ancestral de Dios, las numerosas formas con las que el mortal ha mirado hacia la eternidad. Todo ser humano está fascinado por el origen y el fin de la vida; cada uno trae consigo “el sentido de la eternidad” y rechaza el fin para sí mismo y para sus seres queridos. Esta compleja necesidad de trascendencia humana es el origen de las diferentes creencias. Los museos que destaquen por su voluntad de respetar y explicar de manera accesible lo intangible, sin demagogia, exhibiendo y mostrando racionalmente las diferentes formas que ha asumido la religión a lo largo del tiempo y en los diferentes lugares del mundo, podrán llegar a convertirse en espacios increíblemente poéticos y educativos.



RECURSO:

Religion and Museums. Immaterial and Material Heritage“. Edición de Valeria Minucciani. Umberto Allemany & C. Torino, Londres y Nueva York.

Fotografía principal: Michael Paukner


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