El Museo Antipático

Podemos pensar en unas cuantas y buenas razones que hacen que los museos se conviertan en lugares antipáticos. Entre algunas de ellas, encontramos la que hace referencia a la “fatiga de los museos”, que es bien conocida al menos desde 1916, cuando Gilman (que fue curador en el Museo de Bellas Artes de Boston) informó sobre los problemas en la lectura de las etiquetas (cartelas) de las exposiciones. Documentó fotográficamente  los “esfuerzos físicos y mentales” que hacían los visitantes para “poder comprender” (1916: 62-71), y sugirió además cómo “reducir el esfuerzo muscular al mínimo proporcionando una buena visión de los contenidos” (1916: 71), – para una revisión reciente de la investigación sobre la fatiga del museo, véase Davey , 2005 -. Esas quejas fueron aumentando progresivamente, pero incluso la evolución de los museos hacia una mayor atención a los visitantes en los años ochenta, no consiguió que la situación cambiara. Todavía encontramos etiquetas que son difíciles de leer, docenas de vitrinas con docenas de objetos iguales, infinidad de cosas clavadas en las paredes, paneles de texto infinito, pasivo, obstáculos de todo tipo, personal poco amable y lugares para descansar que brillan por su ausencia, o que resultan muy incómodos (Höge, 2013). Y todo ésto, entre otras muchas “antipatías”, se puede, como decíamos, sufrir en los museos actuales.

Peter Hvid

Evidentemente, la situación hoy en día no es tan mala como en 1916, ya que disfrutamos de museos que realmente pretenden cuidar de los visitantes y de sus necesidades (Beckmann, 2014), tratándoles como seres humanos, aunque haya más intención que acción, visto lo visto. Lo importante es que existe un buen número de personas que alguna vez tuvieron malas experiencias en los museos y, en consecuencia, ya no han vuelto nunca más. Podemos suponer que ésta pudiera ser, al menos, una de las razones por las cuáles muchas personas consideran que los museos son ambientes poco amigables, es decir, instituciones escasamente amables con una parte considerable de la sociedad. Esta suposición resulta ser bastante grave, ya que visitar un museo en realidad debería ser una actividad de ocio reconfortante y gratificante. Uno de los conceptos básicos del ocio es la recreación, que las personas puedan relajarse en un ambiente confortable, y que el tiempo libre no se transforme en un reto agotador para el cuerpo y el alma.

Matt Wisniewski

Por otro lado, nos tranquiliza saber que existe un sector de visitantes a los museos que suelen mencionar su interés general por la cultura, por encontrarse con ella, que suele ir acompañado por una predilección especial sobre el tema de la exposición que están visitando (Höge, 2013a, 2013b, 2012, 2007, 2002; & Müller-Dohm, 2006, 2005). Este tipo de interés parece ser un factor básico de la personalidad del visitante asiduo al museo, que provoca que la visita forme parte de su vida “a pesar de todo”; encontramos visitantes altamente motivados (desarrollan una actividad por su propio bien, porque es interesante y satisfactoria en sí misma). Es razonable pensar entonces que ese interés intrínseco, que algunas personas muestran hacia el conocimiento, es suficiente razón para que acudan al museo incluso cuando las condiciones de la exposición, su accesibilidad general, no son realmente amistosas con ellos, generando efectos de fatiga e incomodidad en el museo que ellos y ellas soportan con estoicismo.

Alice Morgan

Como visitar museos es en realidad una actividad de ocio (dejando al margen al público cautivo, colegios por ejemplo), nos preguntamos sobre el tiempo de ocio disponible en visitantes y no visitantes, intentando averiguar si esa diferencia podría ofrecernos una explicación sobre por qué los museos están semi vacíos, al margen de considerar que algunos lo estén por resultar realmente antipáticos. El campo del ocio relacionado con los museos, sin embargo, es todavía una entelequia para los investigadores museológicos. Aunque parezca incuestionable que durante el tiempo libre es esencial disfrutar de un tipo de experiencia alejada de lo laboral (y mucho más ahora, con los tiempos que corren), debemos analizar qué tipo de experiencia puede ser grata con relación a los museos, y de qué manera podemos crear ese tipo de experiencias (véase Neville, 2014). Por otra parte, durante el tiempo de ocio (o el tiempo libre) hay un gran número de actividades que compiten con las visitas al museo. Como la orientación del tiempo libre de los visitantes y no visitantes puede ser diversa, tratamos de dibujar una actitud media y general frente al ocio (Crandall y Slivken, 1982) para averiguar si tal diferencia podría explicar la preferencia o el rechazo hacia las visitas a los museos.

Tapio Mömmös

Por otro lado, estudiamos los datos sobre el nivel educativo de los no visitantes, ya que esto podría ser un factor predictivo sobre la actitud de las personas hacia los museos en general (la literatura a menudo informa que cuanto más alto es el nivel educativo, más probable es que se produzca una visita al museo) (Wengner, 2010). Otro hallazgo en los estudios sobre el público de los museos es que las visitas se dan en las edades más altas (véase Höge, 2013). Por lo general, las personas entre aproximadamente 20 y 35 años de edad son casos raros entre los visitantes. 

Virtual Chaos

Desde los comienzos de los estudios psicológicos sobre los museos a finales del siglo XIX (Fechner, 1872), unido a los enfoques orientados a los visitantes en los años veinte (Robinson, 1928; Melton, 1933, 1935), ya se han tomado medidas para aumentar el número de visitas a los museos de entrada gratuita. Lo curioso es que, a pesar de las medidas que se toman para acercar la sociedad a los museos, y habiéndose producido un aumento de visitantes con respecto al pasado, parece ser que los profesionales de los museos todavía desconocen el tipo de seres humanos que visitan sus exposiciones y galerías. Aún peor, a pesar de que existe un buen número de estudios a nivel general y muchos proyectos específicos y evaluaciones sobre museos y galerías locales, se desconoce el valor de los estudios de los visitantes, ya que los resultados de las evaluaciones no se aplican en las nuevas estrategias para hacer que las visitas sean atractivas, inspiradoras y cómodas (véase, por ejemplo, Beckmann, 2014, Schäfer, 1996, informes sobre la clara reestructuración empírica de museos y exposiciones). Incluso la “Declaración de Derechos de los Visitantes” (Rand, 1997, ver Schäfer, 1997b, Noschka-Roos, 2004) parece carecer de valor para muchos de los profesionales de los museos. Debemos ser muy críticos a partir de este análisis ya que es evidente que todavía hoy los museos, en su mayoría, resultan antipáticos.

A Curiosity of Mine

A pesar de que proliferaron las actitudes de preocupación sobre la relación visitante-museo durante los años de 1980 a 1990, especialmente entre los miembros de los servicios educativos del museo, no se produjeron consecuencias reales, ni se aplicaron conclusiones que pudieron surgir de los profesionales de los museos, aquellos que estaban bien educados en historia, historia del arte, etnología y otros campos académicos relevantes que dominan el trabajo diario en los museos. Incluso cuando hay necesidad de plantear estrategias de marketing en el museo, el área operativa normalmente se limita al análisis del lugar de residencia de los visitantes (simplemente pidiendo el código postal) y a preguntar sobre las fuentes que utilizan para obtener información sobre museos, exposiciones, etcétera, antes de acudir. En el mejor de los casos, esta información se usa para planificar una posible campaña de publicidad, casi seguro que usando las redes sociales, dejando que conceptos como la satisfacción del visitante, o la valoración sobre comodidad y accesibilidad, sigan siendo ignorados (ver Berry, Seiders & Grewal, 2002). Parece que los museos no saben qué tipo de experiencias culturales, intelectuales y emocionales deben ofrecer a sus visitantes. Si realmente quieren recibir visitantes, deberán prestar mucha más atención a las medidas que permitan ajustar su misión a la altura de las necesidades y expectativas de la sociedad.

Damián Ortega

Podríamos poner el ejemplo de que, en muchos casos, el servicio educativo del museo es considerado como un “servicio para niños”, dejando de ser relevante para proyectar exposiciones o estrategias a largo plazo que soporten el objetivo del desarrollo del conocimiento del público, independientemente de su edad. Además, puesto que las instituciones gubernamentales oficiales reducen el dinero y las posiciones de los museos públicos se ven cada vez más comprometidas, los directores de los museos deberían prestar más atención a las funciones educativas de sus instituciones, ofreciendo más espacio a expertos en didáctica museológica. A largo plazo, si no se producen estos cambios, ya muy urgentes, la sociedad carecerá de un sistema educativo alternativo y de calidad, es decir, se generará una pérdida en la educación general ofrecida por los museos o, por decirlo de otra manera, los museos se anularán a sí mismos como difusores de la cultura en la sociedad (ver estatutos del ICOM, 2006). Los museos no pueden, ni deben, alejarse de la empatía.


 RECURSO:

Höge, H. (2014): Visiting Museums: Some Do and Some Do Not. Artículo publicado en Internet.

Fotografía principal: Wall-B World Wild


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Una respuesta a “El Museo Antipático

  1. Adhiero al artículo de hoy sobre el papel educativo de los museos sobre todo teniendo en cuenta el público de todas las edades. siempre pensé que el museo es el mejor lugar para educarse sin las presiones escolares. Ahí debería estar puesto el punto de trabajo de los museólogos sobre todo hoy. Gracias por los artículos siempre tan interesantes y cuestionadores.

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