Museo e Historiadores

Para un gran número de historiadores, dependiendo de su campo de especialización, el museo representa tanto un recurso para su investigación como una plataforma donde poder mostrar públicamente el resultado de su trabajo. Como visitante, el historiador se transforma en un experto analista de la actuación del museo, capaz de juzgarlo todo con relación a su área especializada de conocimiento. Un historiador cree tener la autoridad suficiente como para relacionar la naturaleza de las colecciones y poder así juzgar el proyecto museográfico que soporta la exposición. Por otro lado, normalmente de una manera mucho más modesta, el museo debe convertirse en un lugar de inspiración, que reactive o incluso induzca el trabajo histórico, sugiriendo nuevos temas o puntos de vista universales. Los escritos de los historiadores atestiguan el efecto estimulante del museo para la mente, como el ya clásico relato de Jules Michelet sobre su visita al Musée des Monuments Français, narrado por Alexandre Lenoir. Parece indiscutible que la visita al museo se convierte en una experiencia esencial en el nacimiento y el desarrollo de la imaginación histórica.

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El historiador erudito puede ser un especialista en todo, o en una parte de la colección del museo, tanto en lo referente a la exposición que está a la vista como a lo guardado en sus almacenes. El historiador establece una relación directa con los objetos, contribuyendo de esta manera a una mejor comprensión de los mismos. En este caso formará parte del equipo del museo y deberá adaptar su trabajo a las necesidades de gestión, en particular en materia de comunicación y política pública, respetando e imponiendo los estándares éticos de su propia profesión, su especificidad erudita y los métodos de interpretación científica. El historiador forma parte de la esfera de la “historia pública” y dedica una parte, más o menos importante de su actividad, a garantizar el equilibrio entre la mediación de su investigación de cara a los intereses de la comunicación académica, el desarrollo de valores cívicos y éticos y la puesta en valor del conocimiento histórico (¿y accesible?) para el museo en el que trabaja.

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Sin embargo, con relación al museo, el historiador frecuentemente desempeña el papel de erudito independiente que, en caso necesario, puede expresar su opinión acerca de la institución en términos críticos, apreciando y/o cuestionando las interpretaciones que alimentan las exposiciones, opinando sobre eventos, personalidades, objetos, diseño, creatividad, y a veces tratando asuntos conmemorativos, políticos, culturales o sociales. En general, estos profesionales no tienen un límite marcado, al modo de Buzz Lightyear, “hasta el infinito y más allá”. En cualquier caso, el historiador observa el museo como podría hacerlo con cualquier otro medio, como el cine, las producciones televisivas, las novelas históricas, los manuales escolares, etcétera, de una manera muy personalista. En muchos casos, para su disgusto, los museos modernos popularizan y devalúan lo que él considera su campo sagrado de especialización. Para el historiador de la historiografía o de los estudios de la memoria, el museo debería ser un objeto de investigación por sí mismo, ya que ofrece una visión independiente en la narración de la memoria colectiva y del estado del conocimiento histórico neutral, proporcionando un panorama más o menos claro sobre las prácticas y las cuestiones en juego.

Brian Dettmer

Hoy en día, la intención de muchos museos de historia es desarrollar pedagogías específicas que ayuden a la comprensión histórica, estimulando el pensamiento de sus visitantes estableciendo una relación más cercana y comprensible entre el pasado y el presente. Se trata de utilizar la experiencia individual del visitante para desarrollar su capacidad de interpretar la historia y las identidades relacionadas con ella, principalmente gracias a las nuevas prácticas museográficas que emplean testimonios o ambientes diseñados para provocar y promover un papel más activo en el visitante. Señores historiadores, el museo debe proporcionar y mantener una cultura de la historia que sea ante todo una respuesta a la necesidad de saber más, con sentido para todos, y con la capacidad de ayudar a orientarnos en el tiempo. El museo de historia pretende ofrecer una forma de aprender sobre el pasado basada en la adquisición de competencias específicas: que nos obliguen a leer la historia, que aprendamos sobre la práctica a observarla y escucharla de una manera adaptada a su naturaleza y contexto. El museo debe dedicarse principalmente al desarrollo del aprendizaje a través de la cultura visual del pasado, como decía Michelet: “proporcionando una historia que se puede conocer con los ojos”. Desgraciadamente, aún son pocos los museos que recurren a la difusión de la cultura utilizando toda la gama de posibilidades documentales abiertas, especialmente los medios aportados por las nuevas tecnologías.

Goodreads

La última generación de museos, como puede ser el Museo de Historia de la Inmigración, diferencia la memoria personal y familiar para encarnar la utopía de un pasado democráticamente compartido, donde todos participan en la investigación y la escritura históricas. Esta estrategia de hacer llamamientos directos para las contribuciones personales a las colecciones se utiliza en los museos del holocausto, los museos del terror o del genocidio, o, más generalmente, en los museos dedicados a la memoria de una comunidad específica. Tales prácticas se refieren a una diversidad de culturas políticas nacionales, en cuanto a que aseguran contribuir a las modalidades de la escritura de la historia, en oposición a la escritura académica erudítica o, al menos, son complementarias a las formas más clásicas de investigación. A menudo, recurren a historiadores “independientes” o pretenden representar la “historia pública”, participando incluso en una especie de mediación civil militante. El riesgo de tales narraciones es el uso partidista del conocimiento histórico, utilizando la investigación para dar lecciones de cierta moral pública, o para defender intereses hasta entonces negados o descuidados.

Jona Eriksson

Uno de los mayores desafíos para los museos nacionales en su uso del pasado es encontrar la forma de tomar en cuenta el campo de la historia oral y de los estudios de memoria (Wieviorka, 1998; Frank, 1992), generalizando el precepto expresado por Freddy Raphaël, años atrás, con relación al ecomuseo, para convertirse en “incitadores de la memoria”. Si la historia de las mentalidades ha experimentado una evolución ejemplar en algunos museos modernos, se debe a lo que Phillipe Ariès definió como “el reciente acercamiento entre el pasado y el presente” (Ariès, 1954). De hecho, los museos locales, los museos de identidad, los museos regionales de etnografía y las distintas formas de ecomuseos, buscaban (todos) “incitar la memoria” (Raphaël & Herberich Marx). Este fue también el objetivo del Imperial War Museum North, creado en Manchester en 2002, con un edificio de Daniel Liebeskind, que sumerge al visitante en las luchas sufridas por los soldados, y por sus padres y abuelos, durante la guerra, mostrando recuerdos reales o imaginarios. A la inversa, la literatura profesional del museo también está llena de recuerdos autobiográficos de las visitas a los museos de los baby boomers, y las huellas indelebles que han dejado (Preziosi, 2003; Shore, 2005).

Inspiration.de

En ciertos casos, el museo nacional ya no es un «almacén lleno de hechos» (L. Febvre) que el historiador visita a su antojo, o un medio de vulgarizar el conocimiento histórico, sino que se ha convertido en una factoría de actos de memoria (Andrieu et Lavabre, 2006) donde, ante todo, los recuerdos que se consideran más traumáticos, prioritariamente aquellos relacionados con temas de memoria e historia, se exponen bajo discusión pública. Con la colaboración de los movimientos políticos y sociales, estos museos podrían exhibir una especie de verdad sobre ese pasado anclado en el presente, desde la perspectiva de los recuerdos y valores situados en el corazón de los debates cívicos y políticos. El pasado se conjuga con el presente, pero de forma discontinua, centrándose en momentos particulares, apareciendo a veces contradictoriamente, acorde con el ritmo de las conmemoraciones históricas.

AIGA Design Archives

Como lo han demostrado varias generaciones de estudios dedicados a la manipulación política del pasado, y a los usos públicos de la historia, la colección de cualquier museo es producto de reconstrucciones basadas en la selección y elección, en omisiones selectivas y en la conmemoración voluntaria. La relación del museo con los usos del pasado, en términos de su actividad de exhibición y comunicación de la historia, está estrechamente ligada a otra historia más amplia, la de la narración oral y escrita. En muchas ocasiones, responsable de la vulgarización de la historia académica escrita en el contexto de sus colecciones, el museo comenzó por exhibir iconos nacionales, reliquias evocadoras, capaces de mantener el sentimiento patriótico y la fidelidad política, antes de volver al pasado cotidiano, permitiendo revivir recuerdos del visitante. Aunque el museo de historia clásico o tradicional era capaz de despertar los espíritus de las comunidades nacionales, e incluso inspirar las vocaciones de los historiadores en ciernes, una nueva generación de museos está más orientada a provocar la memoria que a difundir esa especie de narrativa lineal unificada alejada de todos nosotros.


RECURSO:

Conferencia en EuNaMus, European National Museums: Identity Politics, the Uses of the Past and the European Citizen (2011): Great Narratives of the Past Traditions and Revisions in National Museums. París, noviembre 2011. Publicado en EuNaMus Report Nº. 4. Editores: Dominique Poulot, Felicity Bodenstein y José María Lanzarote Guiral.

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