Museos de Arte Moderno y Polémica

La polémica, con relación a las exposiciones en los museos de arte moderno, no es un tema nada nuevo; incluso puede contemplarse como una característica inherente a la propia exposición, encajando perfectamente con ese carácter transitorio y formato flexible que fomenta la experimentación y la asunción de riesgos que mencionamos. La exposición puede actuar como una plataforma de experimentación, concibiéndose como el medio ideal para las nuevas y no testadas ideas, y para las propuestas estéticas vanguardistas. A menudo, la exposición refleja las actitudes, inclinaciones o preocupaciones de la sociedad en un momento determinado, ya sea desafiándonos, o simplemente convirtiéndonos en testigos de la interpretación de una realidad concreta. Por esta razón, las exposiciones de arte moderno son muy vulnerables a las críticas, e incluso al ataque público. En última instancia, es la difusión, lo bueno o malo, lo justificado o injustificado, la provocación o no, lo que atrae la atención del público sobre la exposición y su institución de origen, y promueve así un diálogo con la sociedad, que es el objetivo principal de cualquier exposición. Pongamos un ejemplo entre muchos, aunque resulte un tanto antiguo.

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En 1969, fue Thomas Hoving, entonces director del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, el promotor y responsable de una polémica exposición titulada “Harlem en mi mente: La Capital Cultural Negra de América, 1900-1968”. En el boletín mensual del museo, el señor Hoving escribió: “El Museo Metropolitano de Arte se inaugurará una exposición que no tiene nada que ver con el Arte en el sentido estricto, pero sí con todo lo relacionado con este museo, sobre su papel en la evolución de la sociedad y sus propósitos, esperando crear una opinión emergente que sea una fuerza positiva, relevante y regenerativa para la sociedad de nuestros días”.

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Esta exposición de la década de 1960, un tiempo en el que se vivía una gran tensión racial en Estados Unidos, no fue bien recibida por muchos visitantes de museos que entendían que no era el lugar adecuado para relacionar temas raciales y políticos con el arte. Muchos de ellos, fueron también críticos por la exclusión del museo de los propios residentes de Harlem, que no participaron en la planificación de la exposición. Además, esta exclusión sí resultó ser realmente polémica, sobre todo porque la comunidad artística de Harlem era especialmente próspera. Los críticos de la exposición cargaron también contra el uso “excesivo” de la fotografía en dicha exposición, que fue utilizada en este contexto como una forma de documentación visual más que como arte. Esencialmente, las diversas opiniones sobre la exposición fueron valoradas, o bien como un insulto a los residentes de Harlem y a los artistas negros o, en el mejor de los casos, como un esfuerzo por romper barreras raciales. Sin embargo, como suele ser habitual en cualquier exposición que tenga una fuerte carga de polémica, cada una de estas observaciones contenía su parte de verdad.

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El catálogo de la exposición, con razón o no, ofendió a numerosos grupos, sobre todo a los afroamericanos y a los judíos, así como a irlandeses, puertorriqueños y a otros grupos de artistas y críticos de arte. El curador Allon Schoener, asumió la responsabilidad del planteamiento de la exposición, en la que se presentó un panorama de sesenta años de historia de Harlem a través de seis secciones divididas en décadas. La exposición se componía de un total de ciento siete fotografías y quinientas imágenes proyectadas, que variaban en tamaño hasta los 5 metros de ancho. Trece galerías fueron organizadas cronológicamente con títulos como: “1900-1910: del Harlem blanco al Harlem Negro” o “1960-1968: Militancia e Identidad”. Se utilizaron diversas presentaciones para mostrar todas aquellas imágenes que incluían fotografías y reproducciones de material efímero, tales como portadas de revistas o anuncios publicitarios. Las imágenes cubrían por completo las paredes, y en algunos casos adquirían el aspecto de una columna autoportante de formas escultóricas, que se situaba en el centro de una galería,  y en la que se resaltaban figuras afroamericanas tan importantes como Alice Payton o la misma Billie Holiday. Las películas y los vídeos fueron intercalados a lo largo de la exposición, y en una televisión se mostraron, incluso, las imágenes de la intersección que hay entre la séptima avenida y la calle 125 en tiempo real. Algunos altavoces de audio, repartidos a lo largo de las galerías, emitían música de ese periodo y recogían voces de los residentes de Harlem.

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¿Fue una exposición pensada para generar controversia?, o ¿Se buscaba fomentar el sentimiento de culpa en un público principalmente blanco? Hoving, sin duda alguna, había concebido la exposición para plantear a la sociedad algunas preguntas, pero no estaba preparado para el alboroto que se iba a producir. Allon Schoener, el conservador, dijo que él y Hoving “habían visto la exposición como una oportunidad para regenerar los museos”. Hoving también añadió, “tenemos la intención de sacudir la pasividad que se da en demasiados museos, no respondiendo a las necesidades de la sociedad moderna y, por defecto, siendo casi irresponsables”. La reacción a estas afirmaciones fue la respuesta de los críticos en cuanto a que la función de un museo es la de mostrar “propuestas estéticas y no políticas”. Debemos decir también que, en la década de los 60, se produjeron algunas iniciativas multiculturalistas, que sirvieron como ejemplo para que algunos museos se unieran a esta corriente innovadora en décadas posteriores. Con todo, a día de hoy, aún se observa el rechazo que muestran muchos museos ante el hecho de participar en el discurso político.

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En contraste con la polémica social suscitada por lo de Harlem, algunas otras exposiciones plantearon cuestiones de ética política y moral. Por ejemplo, en la exposición fotográfica retrospectiva de 1989 de Robert Mapplethorpe, se dio el momento perfecto. La exposición golpeó los cimientos de la controversia sobre algunos temas homoeróticos y masoquistas, y los críticos de la exposición se fijaron especialmente en que ésta estaba parcialmente financiada por la NEA (Fondo Nacional de Educación). El senador Jesse Helms la citó como “un grave abuso en el uso de los fondos federales” y presentó su caso ante el Congreso, donde se aprobó una versión de su proyecto de ley que prohíbe la financiación federal para el apoyo de “materiales obscenos o indecentes”, y fue puesto en práctica. La exposición, que se creó en el Instituto de Arte Contemporáneo de Filadelfia, dirigida por Janet Kardon, estaba programada para ser expuesta primero en la Corcoran Gallery de Washington DC, en el verano de 1989. La Galería canceló la exposición poco antes de que se abriera al público, por un lado por miedo a que les retiraran los futuros fondos federales para el museo, y por otro, para no poner en peligro la reputación de la NEA, según entendían los responsables de la Corcoran.

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La noche en la que la Corcoran canceló la exposición, la comunidad de las artes de Washington DC se enfureció como nunca antes lo había hecho. Reaccionaron inmediatamente proyectando algunas de las fotografías más controvertidos de Mapplethorpe sobre la fachada del museo, un acto desafiante que la convirtió en una exposición única por propio derecho (¿el nacimiento del mapping también?). Las siete fotografías “obscenas” centro de la controversia, incluían una de las imágenes más famosas de Mapplethorpe, “El hombre en traje de poliéster” (1980) que muestra el pene no circuncidado de un hombre negro, dos imágenes explícitas de niños: “Honey” (1976) y “Jesse McBride” ( 1976), y el tristemente célebre autorretrato de Mapplethorpe (1978), en la que se muestra al artista insertándose un látigo en el ano. Pocos días después de la cancelación del Corcoran, todos estos trabajos fueron incluidos en el proyecto Washington para las Artes, un espacio de creación artística más alternativo. Pero la polémica surgió de nuevo en 1990, cuando la exposición viajó al Centro de Arte Contemporáneo de Cincinnati, ya que el museo y su director, Dennis Barrie,  fueron acusados de “obscenidad y proxenetismo” y obligados a aparecer delante de un gran jurado. En última instancia, fueron absueltos,  y como dijo Barrie después, “el veredicto protege los derechos de los museos de arte para que puedan exponer la estética para la educación que consideren”.

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El tema entorno a que la política se entrometa en la práctica del arte, se convirtió en un debate muy disputado, tras hechos controvertidos como había sido el de la exposición de Mapplethorpe. Asuntos del tipo “lo que el gobierno debería o no debería apoyar”, o “en qué circunstancias se debe intervenir para hacer un juicio moral en términos de arte y difusión”, constituyen un debate en curso que probablemente nunca se resolverá, y más aún dependiendo de dónde nos encontremos.

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Con relación a las exposiciones como las de “Robert Mapplethorpe: The Perfect Moment” y “Sensation”, ¿cuál es el papel que se atribuye el gobierno a si mismo? Parece ser que la política del establishment se involucra siempre que entiende que se trata de una cuestión sobre difamación moral, cultural o religiosa. El debate en contra de que el arte esté regulado por el gobierno, se centra en la noción de que la interpretación artística es totalmente subjetiva, no existen criterios que constituyan lo que es moralmente aceptable o no, y por lo tanto, no existen criterios sobre lo que debe o no debe ser financiado por el gobierno. Una de las funciones del NEA largo de su historia, ha sido “la de iniciar, estimular y apoyar nuevas ideas y desarrollos en las artes”, y algunos sostienen que, “para invitar a la innovación es necesario crear la posibilidad de que se dé la controversia”. También podría argumentarse que la censura por parte del gobierno, en cualquiera de sus formas, es un abuso de poder y un atentado contra la libertad de expresión; si la censura se convierte en algo aceptable bajo ciertas condiciones, ¿quién puede decir que no se aplicará a todo lo demás relacionado con el arte? Esta es una discusión que se produce con mucha más frecuencia en los países anglosajones y en algunos países de Latinoamérica.

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Las exposiciones que hemos mostrado, son ejemplos de cómo algunos museos e instituciones asumen riesgos, en algunos casos calculados,  para llamar la atención, buscando una respuesta emocional, y presentando un desafío para el público. La controversia en torno a Harlem y otras exposiciones basadas en  temas delicados y tan sensibles de identidad cultural, es casi imposible presentarla de una manera neutra; siempre hay un punto de vista asociado a la presentación de la cultura, y por lo tanto, siempre habrá opiniones que generarán crítica. En otros casos, las exposiciones invitan a la controversia a partir de la inclusión de la materia objeto de controversia, como es el caso de Robert Mapplethorpe. A veces, la controversia y la “provocación” pueden llegar a eclipsar la manufactura de la técnica, dañando la integridad de toda la exposición,  hecho que presenta un dilema que debería ser tratado. La aspiración a que la publicidad sobre la polémica aumente los ingresos, sin duda alimenta a la mayoría de las exposiciones organizadas, pero es de suma importancia que se tomen todas las medidas necesarias para asegurar que la legitimidad de la técnica en la exposición y la práctica del arte en general, no se vean comprometidos por la controversia.

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Foto principal y para redes sociales: Football Resistance (Stop Racism)

 

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