Museos: El Poder del Juego (II – Juego Social)

Durante estas últimas décadas, los investigadores en los campos de la educación y de la psicología infantil, han acumulado conclusiones muy significativas sobre la necesidad del juego en la vida de los niños. No se puede negar que el juego es divertido, y sin duda esa diversión es su mayor atractivo para los niños y niñas. Sin embargo, cuando los niños juegan, también desarrollan habilidades cognitivas, emocionales, sociales y físicas, e incluso de razonamiento crítico. El juego contribuye a un desarrollo apropiado del cerebro (Shonkoff y Phillips, 2000). De esta manera, no sólo es un importante fin en sí mismo, sino también un medio para obtener otros logros personales. Los niños y niñas desarrollan habilidades que aprenden a través del juego, desde que son muy pequeños, acomodándose a un escenario para el futuro aprendizaje y así llegar a ser persona, una evolución que va desde el jardín de infancia hasta su futuro puesto de trabajo.

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El juego representa una parte fundamental en el crecimiento personal de cada niño, ya que satisface las necesidades de éste como individuo activo. Todos los aspectos importantes involucrados en el crecimiento y en la evolución de los niños – cognitivos, sociales, emocionales y físicos – están estrechamente entrelazados. La acción de jugar beneficia a cada una de estas habilidades de forma directa e indirecta. Los niños aprenden y practican habilidades cognitivas incluyendo el lenguaje, la resolución de problemas, la creatividad y el autocontrol. El crecimiento socio-emocional puede reconocerse observando la capacidad de los niños para interaccionar con los demás, para negociar y adquirir así compromiso social. También, la práctica del juego genera estrategias para lidiar con el miedo, la ira y la frustración. Por otra parte, la construcción con bloques, dibujar, correr, saltar…. contribuye al desarrollo de las habilidades motoras. Cuando los niños tienen la oportunidad de dirigir su propio aprendizaje a través del juego, son capaces de hacer frente a sus necesidades inmediatas y de desarrollo, buscando espontáneamente actividades que se ajusten a sus estilos de aprendizaje a nivel individual.

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En el juego, los niños desarrollan una permanente disposición a aprender. Tener control propio e individual sobre el curso de aprendizaje, al igual que ser libre en el juego, promueve inquietudes positivas, motivación y auto dominio (Erikson, 1985; Hurwitz, 2003). Los niños también aprenden a buscar el conocimiento; el juego implica exploración, resolver adivinanzas y descubrir cosas nuevas. Además, el juego tienen un enorme valor de aprendizaje si todo ésto se lleva a cabo en un ambiente seguro, sin ansiedad y sin riesgos, donde los niños y niñas sean libres para poner a prueba los límites de sus conocimientos y habilidades con relativamente pocas evaluaciones (bien vs. mal) (Hirsch-Pasek y Golinkoff, 2003). Los peques aprenderán a tener confianza en su capacidad para resolver un problema, volviéndose fuertes frente a cualquier desafío (Erikson, 1985; Hurwitz, 2003; Pepler y Ross, 1981). El juego sentará las bases para una vida de aprendizaje.

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Muchas de estas habilidades, que son desarrolladas primero a través del juego, son cruciales para que los niños y niñas se posicionen vitalmente en la vida del siglo XXI. No hay duda de que amasar conocimiento acerca del mundo que nos rodea, sigue siendo importante en nuestra sociedad, y el aprendizaje lúdico contribuye a que los niños puedan aprender lecciones basadas en contenidos formales (Fisher et al., 2011).

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Pensando en lo que les espera a nuestros peques en el futuro, si queremos lograr que tengan éxito en una economía global, los individuos que compongan nuestra fuerza de trabajo también habrán de ser sociables y muy creativos. Las “6 Cs”: Colaboración, fuerte comunicación, el conocimiento del contenido, el pensamiento crítico, la innovación creativa, y la confianza para fallar y volver a intentarlo, serán esenciales para el éxito futuro de nuestros hijos. Muchas de estas habilidades no se enseñan en el aula; sin embargo, se pueden aprender fácilmente a través del juego (Hirschman Pasek y Golinkoff, 2003; Hirsch-Pasek et al, 2009;. Asociación para Habilidades del Siglo XXI (P21), 2008).

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El juego social

El juego social, se define como aquel que se produce en un ambiente de interacción de niños con adultos, o con otros niños. Por lo general, el juego social no está clasificado como una categoría única de juego, ya que cualquier tipo de juego – el juego con objetos, el juego de simulación y el juego físico – tiene el potencial de ser desarrollado por sí solo o con otros. Las interacciones dentro de escenarios de juego, sin embargo, proporcionan grandes beneficios a los niños si sus socios son adultos o compañeros.

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El juego social con adultos

Los padres, especialmente las madres, son, a menudo, los primeros socios en los juegos infantiles. A partir de la infancia, los padres inician el juego con los niños a través de mecánicas simples, como el “veo, veo”. En el segundo año de vida, los padres y los niños y niñas participan regularmente en formas más complejas de juego, como simular carreras de coches o cuidar de una muñeca. La participación temprana de los padres como iniciadores, directores y socios en el juego, sirve de base para el desarrollo de las diferentes capacidades de los niños pequeños, ya que un juego dirigido por un adulto es más accesible y didáctico que el que sería capaz de organizar el niño por sí sólo, o con la participación de sus compañeros, si bien en la propia organización del juego existe ya una gran carga de aprendizaje (Bornstein, Haynes, Legler, O’Reilly, y Pintor, 1997; Escalona, 1968; Feise, 1990; Stevenson, Leavitt, Thompson, & Roach, 1988).

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A medida que los niños maduran, comienzan a tomar la iniciativa en la creación de sus propias actividades (Fein y Fryer, 1995), aunque los padres siguen estando involucrados en las líneas directrices de las mismas a través de comentarios que resultan motivadores (Haight y Miller, 1993). El juego con los papis prepara el escenario adecuado, desarrollando la capacidad del niño para que pueda jugar con éxito con sus compañeros (Haight y Miller, 1992).

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Juego social con amigos y compañeros

Con la edad, las capacidades sociales maduran, el juego interactivo de los niños con sus compañeros se convierten progresivamente en algo más complejo. Mildred Parten (1932) establece cuatro niveles de juego social, todavía utilizados hoy en día dentro de un amplio marco, para describir la evolución de la madurez social en el juego durante los primeros años del niño o la niña:

  1. El juego solitario (edad entre 2 a 2’5 años): El niño juega solo.
  2. El juego paralelo (2’5 a 3’5 años): Los niños pueden realizar actividades similares pero juegan por separado.
  3. El juego asociativo (3’5 a 4’5 años): Los niños juegan por separado, pero pueden compartir, prestar atención, y / o comunicarse con los demás acerca de su juego.
  4. El juego cooperativo (4’5 años, en adelante): Los niños participan en el juego con un objetivo común, y para lograrlo trabajan en equipo.

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M. Parten llegó a la conclusión de que los niños siguen una progresión sostenida de su desarrollo en cada uno de los cuatro niveles, desde el juego solitario en edades de dos a cuatro años, para ir creciendo a favor de formas más interactivas de juego. Esta descripción da a entender que el juego solitario, en edades más avanzadas, es un signo de inmadurez social en el niño. Sin embargo, el juego solitario es, de hecho, una actividad común en los primeros años escolares, y la necesidad de proponer también juegos individuales en edades más adultas es absoluta (Johnson, Christie, y Wardle, 2005). No obstante, la investigación de Parten ha sido criticada por subestimar la capacidad de los niños para participan en juegos sociales a edades más tempranas.

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Una investigación reciente, nos ofrece más detalles sobre el desarrollo de la interacción social a partir de la naturaleza del juego. Aunque la frecuencia de la interacción social no aumenta con el tiempo, los niños son muy capaces de socializar desde una edad muy temprana. Parten, describe la aparición de juego cooperativo en torno a 4’5 años de edad, aunque cuando los niños están en compañía de un compañero familiar, ya con 18 meses pueden interactuar con ellos jugando al “veo, veo”, o corriendo y persiguiéndose unos a otros (Brenner y Mueller, 1982). Alrededor de esa misma edad, los niños interactúan de forma fiable durante el juego, mostrándose uno al otro sus juguetes, invitando a los compañeros a compartir o a jugar, expresando desaprobación por la conducta de su compañero de juegos, e incluso comunicando sus sentimientos (Hughes, 1999). A los dos años de edad, los niños pueden participar en actividades conjuntas con objetivos comunes, como construir un puente con bloques o preparar una merienda. Hacia los tres años, ya pueden participar en el juego cooperativo, con un propósito compartido, entre jugadores claramente diferenciados en sus roles, en sus funciones complementarias, mostrando, por ejemplo, una actitud de liderazgo hacia los demás (Howes, Unger, y Seidner, 1989).

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Al brindar a los niños la oportunidad de ejercer un mayor control sobre la situación, el juego con sus compañeros propiciará un contexto sólido para su desarrollo integral, y le proporcionará beneficios a nivel cognitivo, social y emocional. En contraste con las relaciones entre padres e hijos, en la que los padres suelen estar al cargo, las interacciones entre compañeros tienen una distribución relativamente uniforme en el reparto de “energía”. Por lo tanto, en el juego entre pares, los niños deben establecer conjuntamente las reglas del mismo (por ejemplo, “Estamos construyendo un puente”, “Voy a ser la princesa, él será el dragón”, “Esta toalla es una capa” ), y al hacerlo, estarán practicando habilidades de planificación, negociación y cooperación (Hughes, 1999).

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Es importante destacar que, en el juego social, suelen darse conflictos de interés con los compañeros de juego. Esto ocurre, por ejemplo, cuando ambos “socios” quieren ser la mamá, o cuando un niño toma un bloque que el otro quería. Mientras se enfrentan a este tipo de situaciones, el niño aprende  que sus propios deseos pueden diferir de los de otros niños y niñas, o a defender sus propias ideas, hacer frente a la frustración, trabajar en grupo, y responder de forma socialmente apropiada (Berk, Mann, y Ogan, 2006; Hirschman Pasek y otros, 2009;. Pellis y Pellis, 2009; Tepperman, 2007; Vygotsky, 1978). Las diversas habilidades que los niños adquieren a través del juego social  con sus compañeros, ayudará a que se sientan competentes en diversas situaciones sociales, y , al mismo tiempo, contribuirá a su desarrollo cognitivo y emocional.

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Mañana hablaremos de los beneficios que aporta el juego al desarrollo de la capacidad cognitiva de los niños y niñas.

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Foto principal y para redes sociales: Baraja peruana

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