La Exposición “Difícil”

Empezaremos diciendo que, para nosotros, una exposición “difícil” es aquella que se considera polémica. Hemos leído mucho sobre el fenómeno de las exposiciones difíciles, sobre todo en el campo del respeto a los derechos humanos, en presentaciones que provocan serios desacuerdos públicos, con controversias desatadas sobre la adecuación y exactitud de las estrategias narrativas de la exposición y su marco interpretativo. Además de las cuestiones de adecuación y exactitud, estos desacuerdos suelen centrarse en aquello que “falta” en una exposición, o en la ética a la hora de exhibir determinados objetos particulares, o incluso en la legitimidad de la inauguración de una exposición en un tiempo y lugar determinados.

Antoine Williams

Por otra parte, dado que los acontecimientos históricos que se relatan en determinados museos son percibidos como receptores del reconocimiento de la comunidad,una exposición podría ser considerada en algunos casos no ya difícil, sino provocadora, al pretender privilegiar injustamente al más fuerte frente al débil. Esto ocurre mucho en las exposiciones sobre la igualdad, cuando se remarca un sufrimiento humano por encima de otros igualmente desgarradores. Las discusiones sobre tales controversias en las exposiciones se han convertido en un elemento básico de la literatura de los estudios de museos, generando muchas y variadas discusiones, algunas legendarias, llegando a trascender hasta en la prensa. Podemos mencionar la polémica exposición “Out of Africa” ​​en el Royal Ontario Museum, Toronto (1989), o la exposición Enola Gay en el Museo Nacional del Aire y del Espacio del Smithsonian, Washington (1997-98), Sensation en el Brooklyn Museum of Art (1999-2000) y, finalmente, Mirroring Evil: Nazi Imagery/Recent Art en el Jewish Museum, Nueva York (2002), entre otras muchas.

Archivo EVE

Más allá de la potencial controversia de este tipo de exposiciones, ¿qué otra acepción podría tener la “exposición difícil”? Como primer paso para abordar esta cuestión, observaremos varias formas comunes de designar la dificultad. Lo que estas caracterizaciones tienen en común es una noción de “complejidad” entendida desde el perfil del visitante, implicando aspectos cognitivos y emocionales sobre esa experiencia individual. Por lo tanto, podríamos decir que una exposición es “compleja”  cuando los visitantes se deben enfrentar a grandes desafíos que reclaman desarrollar habilidades interpretativas. Este es un tema familiar para aquellos museos que buscan narrar la historia de una manera sencilla pero que, a su vez, siguen el hilo narrativo “abierto”, desde las múltiples perspectivas de acontecimientos históricos. En este sentido, las “exposiciones abiertas” se han vuelto cada vez más habituales. Las historias inconclusas o ambiguas, no obstante, pueden resultar frustrantes o desafiantes para los visitantes, cada uno de los cuales llega a la exposición con expectativas extraídas de su propia experiencia personal. Este tipo de exposiciones requieren que los visitantes se involucren en el proceso de aislarse de su propia realidad, aceptando que la exhibición tenga una “manera particular de narrar” la historia para todos. Se trata de un proceso muy difícil para los visitantes y creativos, que puede ser ignorado o rechazado, y que genera elevados grados de ansiedad, rechazo, cólera y decepción, todo ello dependiendo de la sensibilidad del visitante.

The meta picture

De manera algo diferente, una exposición puede ser juzgada de “difícil” si se utiliza como provocación, con una elevada carga de “emociones negativas”, sentimientos desagradables e incómodos de dolor, cólera, vergüenza o del horror que algunas historias pueden producir en nosotros, particularmente si muestran la complicidad de nuestro país, cultura o grupo social con la violencia producida: la confiscación de tierras aborígenes, la trata de esclavos o la perpetración de genocidios. Pero si uno puede elegir, valorar la posibilidad de someterse al dolor de sentir emociones tan duras, la experiencia resulta similar a la de estar en un videoclub tratando de decidir qué película, entre dos, elegir para ver esa noche, optando por lo general por llevarnos la “más ligera” (normalmente una comedia romántica, o una de risa). Ocurre que, si podemos elegir, preferimos la diversión y fantasía.

Once new vitange

Los sentimientos de aflicción, frustración o culpa, evocados por la exposición de historias de violencia y pérdida, a menudo se asocian con un desgaste de energía emocional, alejándose de las actividades positivas y negando la vida frente a la afirmación de la belleza. Cuando las exposiciones tratan de justificar esas ideas oscuras, empujando a los visitantes a reflexionar sobre sus obligaciones morales encaminadas a mejorar individualmente la condición humana, podemos además experimentar la culpa y la vergüenza, conscientes de que nunca seremos capaces de hacer lo suficiente, o de manera diferente, para renunciar a nuestro bienestar e involucrarnos activamente en aliviar el sufrimiento de los demás.

FFFFOUND!

Finalmente, las exposiciones difíciles pueden suscitar una elevada ansiedad que acompaña a los sentimientos de identificación con las víctimas de la violencia, así como una posible re-traumatización de quienes han experimentado la violencia pasada en ellos mismos. La visión de una bandera con la cruz gamada, por ejemplo, producirá emociones devastadoras en aquellos que fueron víctimas del horror nazi, sensaciones que nada tendrán que ver con la que pueda sentir el común de los mortales, aquellos que ven la bandera como un documento histórico sin más. O, por ejemplo, leer un poema escrito por alguien que ha muerto de SIDA, y que puede ser valorado por una persona simplemente como un recuerdo, podría provocar el miedo, la angustia y la pena en aquellos que han estado cerca de esa enfermedad, por las razones que sean. Tales escenarios podrían también generar acusaciones hacia un museo por estar explotando el dolor de otros, produciendo una versión voyeurista del mal, un efecto sensacionalista de la violencia, de la pérdida y del sufrimiento.

Simon Alexander

Evidentemente, en esta reflexión acerca de un tema que hemos considerado difícil, no hablamos sobre objetos particulares ni los eventos a los que se refieren. Pensamos que la experiencia de la “dificultad” reside más bien en los esfuerzos por generar sentido en la relación entre un visitante y el material presentado en la exposición, una relación que siempre debe estar contextualizada. Así, al hablar de exposiciones difíciles, las preguntas obvias podrían ser: ¿difícil para quién? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿De qué manera? La experiencia de dificultad variará en función de factores tales como tiempo y lugar, género y generación, orientación política o antecedentes étnicos y/o nacionales (Silvén y Bjorklünd 2006). Sin embargo, aunque estas consideraciones son importantes para comprender el carácter impredecible pero potencialmente significativo de la respuesta de los visitantes, no son particularmente útiles para aclarar por qué y cómo los museos deben presentar de manera responsable esas exposiciones que pudieran resultar “difíciles”.

Fubiz

Se puede argumentar, con razón, que los museos necesitarían acoplarse al espectro complejo, conflictivo y trágico de la historia humana. Las exposiciones en este sentido transmiten el mensaje de que la historia no redimida debe ser narrada de una manera que nos conduzca a la idea de un futuro esperanzador, al mismo tiempo que muestre humildad frente a la impredecibilidad de la vida (Silvén y Bjorklünd, 2006). Detrás de este argumento está la suposición de que si los museos presentan exposiciones que relatan historias duras que han sido sistemáticamente ignoradas y/o a menudo olvidadas voluntariamente, y lo hacen de una manera que es emocionalmente responsable y suscitando empatía por los demás, enriquecerán la valoración de la Vida en nuestra sociedad. Sin embargo, para nosotros este nivel de comunicación tiene faltas y ruidos. Se necesita una discusión más profunda sobre cómo dichas exposiciones pueden “exigir” la atención y las capacidades de los visitantes y cómo, cuándo y por qué tales demandas podrían ser didácticamente productivas. Más concretamente, ¿qué podría significar la muestra y exhibición de los relatos de vidas vividas en términos muy diferentes a los nuestros? ¿Cómo podrían las exposiciones posicionar a sus visitantes para encontrar, reconocer y vivir las inquietantes experiencias de los demás, generando percepciones positivas que pudieran alterar tanto el pensamiento como la acción individual? El desafío está en diseñar exposiciones que apoyen a los visitantes en el reconocimiento de lo “difícil”, algo que implica a nuestro “yo” más profundo en el intento de llegar a un acuerdo con la sustancia y el significado de la historia.

Juan Caivano

El propósito de esta reflexión consiste en formular algunas preguntas sobre la manera en que las exposiciones “difíciles” pueden formar parte de nuestras vidas, sin daños colaterales. Como testigos de la memoria histórica, tales exposiciones no sólo expanden las huellas del pasado que es posible encontrar en los museos, sino que también establecen los términos en los cuales serán percibidos por los visitantes. Precisamente estos términos merecen una mayor atención en el ejercicio de la museología moderna. En este sentido, hemos explorado las implicaciones de las estructuras de exposición que hacen posible la experiencia positiva de la intimidad. En este contexto, la significación de esa intimidad radica en su naturaleza como experiencia afectiva personal que genera consideraciones éticas y políticas. Hay mucho que aprender no sólo acerca de historias “difíciles”, sino de ellas.

FFFFOUND!

Las exposiciones que se enfrentan al “lado oscuro” de la existencia humana deben funcionar como algo más que notas “post-it” que nos recuerden nuestro compromiso para evitar que las historias se repitan. Tampoco deberían justificarse sólo en términos de ofrecer experiencias que pudieran estimular sentimientos comparables a los de los demás, suponiendo que esto alentara los esfuerzos para aliviar el dolor y el sufrimiento existentes y evitar su reaparición. Las exposiciones que ofrecen la posibilidad de “intimidad” inducen a los visitantes a un compromiso “difícil” con las experiencias de otros, lo que cuestiona radicalmente la adecuación de los conceptos individuales para consolidar las lecciones que nos ofrece el pasado. Pero, cuando esto ocurre, se puede producir un momento transformador de verdadero aprendizaje. En tales términos, las exposiciones pueden ofrecer la posibilidad de crear una práctica museística que, en lugar de responder a la pregunta de lo que debemos recordar, invita a cuestionarnos el significado de las cosas, a la luz de la experiencia del pasado, pero siendo lo que somos ahora (y, quizás más significativamente, lo que seremos en el futuro). Para que esta práctica se realice, la administración (desde lo privado es más complicado) debe ser capaz de alentar una conciencia histórica crítica, una forma de vivir con y dentro de la historia, con un cuestionamiento discutible que nos ayude a replantearnos constantemente nuestros niveles de ética en relación a los movimientos sociales de nuestra vida cotidiana.


RECURSO:

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Foto principal y para redes sociales: Dave Rhodes

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