Breve Historia del Tiempo

El tiempo puede ser valorado como percepción física o como una noción filosófica que, a su vez, puede ser analizada de muchas maneras diferentes – como proceso (tratamiento lineal, cíclico del tiempo, etcétera), o como una oposición entre lo que entendemos como tiempo personal o social, y la percepción objetiva y subjetiva del propio tiempo. Por un lado, podría ser una postura neutral-objetiva respecto al movimiento incesante aristotélico y, por otro, una percepción subjetiva del tiempo que tiene el momento presente en su enfoque, como lo explica San Agustín en sus Confesiones (Annus 2002: 145).

Esther Stocker

La base de este breve viaje está basada en las diferentes formas del tiempo como un proceso a través de la historia cultural. Una comprensión del curso del tiempo puede ser diferente en culturas diversas con el permiso de la globalización, por no mencionar las diferencias en cosas tales como los sistemas de calendario o el punto de partida en la historia de la cronología.

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La noción de tiempo surgió simultáneamente con el auge de la conciencia humana, cuando se desarrolló la idea de la temporalidad. Las civilizaciones arcaicas y las culturas tradicionales, para las cuales no existía historia alguna, coincidían en la idea del denominado tiempo absoluto. Por medio de rituales y mitos, la existencia humana se integró en una unidad mayor, que constituía una pequeña parte de la continuidad natural universal (Bazin 1967: 5).

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Junto con el surgimiento del devenir personal y mundano, apareció la conciencia de la noción de tiempo. El hombre comenzó a percibirse a si mismo no sólo como resultado, sino también como una razón. En Grecia, por primera vez, la gente empezó a prestar atención al espacio-tiempo y a su temporalidad, algo necesario para comprender el desarrollo social. En la antigüedad clásica comenzaba a percibirse un amplio interés por el propio pasado de la gente, expresado en colecciones masivas de objetos y en la creación de bibliotecas y archivos.

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Para los griegos existían dos nociones de tiempo: la eternidad (aion) y el curso del tiempo (chronos). El concepto cíclico del tiempo estaba conectado con el último: el constante cambio de los tiempos; el pasado, el presente y el futuro formaban parte de la unidad de tiempo que iba cambiando, al igual que la vida humana en su continuidad. El mismo sistema ocupaba un lugar importante también en la visión del mundo del hombre medieval; el ciclo de las estaciones se aplicaba a la vida mundana y el eclesiástico a la litúrgica. El curso cíclico de la naturaleza era la base tanto de los ciclos religiosos como de los históricos, así como el de la vida personal.

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En la filosofía histórica moderna, Giambattista Vico, Oswald Spengler y Arnold Toynbee han tratado la historia en términos de ciclos históricos, uno tras otro, y todos ellos han subrayado que el pasado no puede ser visto como una sola progresión lineal. Entre los conceptos temporales dominantes en las culturas orientales, la idea de la infinitud del tiempo, basada en el principio taoísta de la circulación constante del tiempo, es la de mayor relevancia en este contexto. Sólo la forma material cambia a lo largo del tiempo, pero el tiempo mismo se mueve hacia el infinito.

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En el tratamiento modernista del tiempo, se dibuja una línea sin principio ni fin, definiéndose la luz del racionalismo y la filosofía de la Ilustración en el siglo XVIII, cuando el tiempo empezaba a ser entendido como unidimensional, inevitable, y el movimiento como inmutable, siendo sus pilares el calendario anual y el reloj, que mostraba el momento adecuado. Se produjo un cambio cuando Albert Einstein “llenó el Universo de relojes, todos ellos mostrando el momento adecuado” (Walsh 2001: 66).

Analizando la percepción del tiempo como un cierto modelo, es posible dividirlo también en otro nivel: en el tiempo personal y social. En el contexto de la protección del patrimonio, este modelo desempeña un papel muy importante, tanto si se trata del tiempo individual como del social en relación con el pasado, pues en su mayoría no están sincronizados entre sí.

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¿Es la base de la historia la memoria personal, el recuerdo o el documento? ¿La Historia es creada por el individuo o por el sistema social? El museo se estableció a finales del siglo XVIII y principios del XIX, claramente como un medio de implementación de la historia de la sociedad y de su poder, así como del establecimiento de su ideología. El concepto de tiempo lineal en el entorno de un museo postula los logros más importantes de la memoria social, la “historia objetiva”.

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En los años setenta y ochenta del siglo XX, los cambios en el paisaje cultural, uno de cuyos objetivos era una mayor apertura del museo, trajeron de nuevo las versiones anteriores de la interpretación del tiempo individual. La subjetividad de la memoria también fue subrayada cada vez más dentro de los conceptos de los museos. La memoria no es un proceso pasivo; crea emociones y deseos, ya sea de manera positiva o negativa. La memoria siempre está guiada por el anhelo de recordar u olvidar. Por su propia naturaleza, el recuerdo es moral, conectado con la mente y el cuerpo, pero al mismo tiempo no es confiable… La memoria no es estática (Crane 2000: 1-2). Llegados a este punto, términos como actividad, personalidad, moralidad , se convierten en palabras claves que contribuyen al desarrollo de nuevos modelos de tiempo, como el tiempo circulante, y a la valoración del tiempo subjetivo de una manera muy diferente.

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Los modelos de tiempo citados anteriormente se pueden observar también en el espacio del museo, tanto en exposiciones de museos lineales como en las atemporales, cíclicas o circulatorias. Dichos modelos han modificado sus posiciones a lo largo de la historia, mezclándose entre sí; los cambios en el tratamiento del tiempo constituyen una de las razones más importantes de las revoluciones que han tenido lugar en la política de exposición de los museos.

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La exposición lineal.

El tratamiento lineal del tiempo puede considerarse como una construcción humana que contrasta fundamentalmente con los ciclos de la naturaleza. El concepto de tiempo lineal está conectado con la subjetividad del yo, el surgimiento de la autoconciencia y la estabilidad de la vida en la cultura renacentista. El individualismo ascendente estableció una cierta superioridad del tiempo, de modo que éste convirtió al hombre en un medio flexible, en un objeto.

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Este cambio de principio está relacionado con la sustitución de la generalización platónica por la individualidad aristotélica alrededor del siglo XIV. De hecho, Aristóteles había sentado las bases del tratamiento lineal occidental del tiempo, definiendo el pasado, el presente y el futuro como tiempos diferentes. Para Aristóteles, el tiempo era una cantidad claramente física, algo que siempre estaba en movimiento. Tomás de Aquino recogió las ideas de Aristóteles y las mezcló en la llamada teología medieval. A través de él, la idea de los griegos de que el tiempo es la medida del movimiento, es decir, que el tiempo es un fenómeno subjetivo y no objetivo, consigue llegar a las masas.

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El reloj mecánico, que entró en uso en el siglo XIV, también se convirtió en un estímulo importante para el aumento del tratamiento lineal del tiempo. El reloj, un instrumento tan común hoy en día, condujo a la regularidad del tiempo y a su uso social, así como al triunfo gradual del tratamiento lineal del tiempo. El tiempo llegó a ser tratado como algo controlado por el hombre: la realidad en el sentido cartesiano, o “una forma subjetiva de percepción humana”, como lo definió Immanuel Kant. La tendencia de la mano humana a dar una dimensión divina al tiempo que fluye constantemente, se puede observar mejor en la cultura del patrimonio. De hecho, la base del tratamiento lineal del tiempo de la Era de la Ilustración es la comprensión del hombre como rey de la naturaleza.

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El tratamiento lineal del tiempo recibió nuevas atenciones en la Era de la Ilustración, al tiempo que se producía el nacimiento del racionalismo. La filosofía de la Ilustración postulaba una creencia en la inevitabilidad del progreso humano y el poder de la ciencia y la tecnología, que permitía al hombre ganar el control de sí mismo y de la sociedad en su conjunto. En términos modernos, se produjo la postulación de la idea cristiana de que el tiempo se mueve de manera lineal, del pasado al presente, conteniendo todo lo que ha sido (Viikari 1995: 357). En la percepción de la integridad de la historia, propia de la Edad de la Ilustración, el racionalismo y el deseo modernista de progreso, constituyeron también la base ideológica del modelo de museo que se desarrolló a lo largo del siglo XIX. El modernismo se convirtió en un discurso donde “el presente sigue separándose del pasado en la forma de la renovación constante” (Habermas, 1989: 48), definiendo fronteras claras entre el pasado y el futuro, a través de un proceso constante de renovación. La ideología modernista aportó a las exposiciones del museo su faceta más característica: la linealidad.

Archivo EVE

La exposición lineal se puede observar mejor en los museos sobre la historia del estado, desde su surgimiento en el siglo XIX hasta ejemplos de los museos soviéticos en el siglo XX. La historia lineal se caracteriza por su gran escala, amplitud y énfasis en largos períodos cronológicamente consecutivos. Esa actitud es la base de la mayoría de las grandes presentaciones históricas. En este contexto, el museo es el portador y guardián más inmediato de la memoria social.

Mediante el tratamiento lineal del tiempo, el museo muestra la historia en su integridad, como la historia de una sociedad en la que los movimientos, los estados y las ideologías juegan su papel. De acuerdo con esa visión del mundo, el universo es como un movimiento irrefutable integral. No hay deseo o necesidad de traer a los principales individuos clave, porque la Gran Narrativa es lo importante. En el museo con un modelo lineal del tiempo, el hombre como individuo no tiene un papel independiente o una importancia crucial; los líderes de un estado, partido o movimiento, o la presentación de los “grandes creadores”, son impersonales por naturaleza. En lugar de personalidades de carne y hueso, hay figuras esquemáticas que juegan un papel en algún sistema más grande. Al igual que el tiempo, la humanidad también está despersonalizada y por encima de su curso habitual.

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En el caso del modelo de museo lineal, existe una clara contradicción entre el espectador y lo que el espectador ve, el sujeto cartesiano y el objeto. La solución, en la que la exposición está por un lado y el espectador por el otro, es ilustrada vívidamente por la comunicación unidireccional. Este es un juego de oposiciones, que le otorga al espectador únicamente el papel del receptor pasivo de la verdad predeterminada. La verdad es moral, objetiva y pedante (no podemos huir de la erudición, desgraciadamente). Esta aspiración a la historia objetiva se basa en los principios de la ciencia histórica del siglo XIX, sobre todo en los intentos de “escribir-narrar” la historia en la sala de los museos, siguiendo el principio de Rankean “como ha sido en realidad” (wie es eigentlich gewesen Ist).

The Sixteenth Division

La naturaleza del museo, con un tratamiento lineal del tiempo, es la de ser sistematizado y didáctico. Johann Wolfgang Goethe describió el museo como “una primavera eterna de puro conocimiento para los jóvenes; un fortalecedor de la sensibilidad y buenos principios para el hombre, y sano para todos” (McClellan 2002: 47). Es un modelo que tiene los objetivos anteriores y carece de intriga. Los problemas han sido reemplazados por el conocimiento postulado. En vez de preguntas, hay declaraciones. Para estas razones, ese tipo de museo puede ser relativamente fácil de interpretar, como el títere de la ideología o un cementerio de cosas viejas, y con frecuencia muy justificadamente.

Mad Future

Las letras y los números, las definiciones y las estadísticas son importantes en el museo lineal. En ese espacio, la historia es una ciencia de hechos y no sólo un pasado registrado. Verbality es la palabra clave que nos introduce en una de las ideas más importantes del museo lineal – el museo lineal es verbal por naturaleza-. El museo se acerca al espectador desde la posición de la palabra, no de la imagen. La visualización y el enfoque en los objetos que brotan de ella ocupan una posición secundaria, aunque existan firmemente. Por esa razón, sólo la cultura material es vista como algo de valor, y no hay espacio para la cultura no material. En el espacio lineal, el habla está en categorías de la cultura burguesa del siglo XIX, en la que el cristianismo y la iluminación se entremezclan, basándose ambas culturas en la palabra. La veracidad es también la razón por la cual, en la época actual, centrada en las imágenes, es difícil disfrutar de museos de ese tipo, ya que en ellos, el tiempo ha dejado de existir.

A Time to Get

Foto principal y para redes sociales:  I love charts

 

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