Museo y Evaluación de Su Contribución a la Sociedad

La situación que viven actualmente los museos no tiene nada que ver con la de hace 10 años. La disminución de las inversiones públicas en cultura ha experimentado un cierto descenso desde el comienzo de la crisis (Informe McMaster). El lenguaje en la implicación de la administración pública hacia estas instituciones ha ido evolucionando, manejando ahora términos como “evaluación” y “ROI” (Retorno de la Inversión), o como “medición” (Donovan 2013, 15). Actualmente, palabras como “valor” y “significado” suben a la palestra de los análisis, junto con “impacto” y “efecto” (Selwood 2010, 11). De esta forma, los profesionales de los museos estamos abocados a pensar más en el valor público que podemos crear para las personas y sus comunidades (Moore y Moore, 2005). El tono del discurso museístico (qué palabra más fea) ha de volverse cada vez más amable y próximo, y ha de incluir, ahora más que nunca, a aquellas personas a las que no les interesa. Paralelamente, el campo emergente del bienestar social, con base en la salud pública y en la epidemiología, ha traído una mayor conciencia acerca los beneficios de la investigación experimental aplicada a los museos, ya que ahora se lleva a cabo sobrea grandes  muestras de población y grupos de opinión (Staricoff 2004; O’Neill 2010; Chatterjee y Noble 2013).

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Partiendo de este entorno,  sería oportuno mencionar que debemos construir nuestra propia base de conocimientos y pruebas experimentales con el fin de extender nuestra práctica metodológica aplicada. De esta forma, el visitante del museo puede experimentar los resultados de tanta investigación de manera inmediata, demostrando que el compromiso que tenemos hacia él , respecto a un mayor conocimiento de los museos, obtiene resultados de impacto social comprobable, valorando así la inclusión de un factor intrínseco sistemático en las nuevas formas que tenemos de evaluación a partir de dicho conocimiento.

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A la vista de la evolución del papel de los visitantes de los museos como co-intérpretes, coproductores y generadores de valor, comprobamos que hay escasez de estudios que puedan ayudarnos a tener una comprensión más clara y detallada sobre la experiencia real del usuario en el museo. Para los museos, esta información es fundamental a la hora de poder construir un compromiso a largo plazo con sus visitantes, para así poder planificar también el uso estratégico de los escasos recursos que se tienen, y para comunicarse de manera más efectiva con la sociedad. Desde la perspectiva de la administración pública, hoy por hoy la experiencia del usuario es la base para valorar el rendimiento de su inversión en los museos, y un medio de comprobar la importancia que tienen los objetivos de bienestar social, la difusión de conocimiento y el “capital social” que el museo puede llegar a proporcionar.

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La realización de estudios de esta naturaleza que puedan ser aplicados a los museos de manera inmediata, tiene serias implicaciones administrativas y metodológicas. Desde el punto de vista administrativo, los estudios de gestión y financiación en los museos son muy importantes, pero hay pocas referencias a su alcance que puedan utilizar. Una opción para tener un modelo de referencia de evaluación es la de seguir un modelo que esté creado, que además este teniendo éxito, y aplicar los datos sobre nuestra situación particular, datos que, muy posiblemente, sean más bien dispersos. Sin embargo, como se ha puesto de manifiesto en el informe inglés de Culture and Sport Evidence, el trabajo que podamos desarrollar a partir de esa puesta en orden de la información dispersa que terceros vayan a utilizar en sus evaluaciones, es el primer reto que el museo debe afrontar. En otras palabras, lo primero que deberemos hacer es poner orden en casa.

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Una segunda opción es generar un programa de estudio interno, y a gran escala, que se centre en el valor del museo desde la perspectiva de los visitantes, a partir de los relativamente pocos (y mayoritariamente a pequeña escala) estudios exploratorios que han tratado de generar datos de valor en este sentido. Esta opción facilita el diseño de la investigación, ya que involucra a un grupo concreto y real, que son nuestros visitantes, pudiendo compararse con valores generados en otras experiencias de ocio diferentes. Sea como sea, creemos que es importante dar prioridad a la investigación dedicada a la experiencia del usuario, estudiando los factores de eficiencia del museo hacia los visitantes, y favoreciendo así una extensión metodológica que pueda ser aplicada sistemáticamente a otros campos de estudio de la situación del museo.

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Para las evaluaciones basadas en objetivos, que buscan la confirmación de que las acciones realizadas por el museo hayan tenido buenos resultados, el estudio de los valores positivos es el sistema más recomendable. Sin embargo, si queremos comprender mejor cómo se experimenta la realidad desde la perspectiva de los visitantes, deberemos crear un sistema interpretativo externo para nuestra propia investigación (hay que huir de la endogamia interpretativa). Paralelamente a las cuestiones objeto de examen, las interpretaciones deben hacer un análisis de los seres humanos como creadores de sistemas de significado cuando nos referimos a las cosas, a las relaciones y a las acciones. Para afrontar esta realidad, deberemos generar métodos de recopilación de datos que capten esta información tal y como es experimentada desde el punto de vista del visitante, que esté descrita directamente por los encuestados (Sarantakos 1998, 55). Estos métodos de estudio no sólo son apropiados para recabar información sobre el valor del museo para el usuario, sino que también proporcionan datos adicionales muy valiosos para actualizar continuamente el contexto en el que se realiza la investigación. Sin el conocimiento de ese contexto actualizado, y más aún a la velocidad actual con la que evoluciona nuestra sociedad, es muy difícil que poder darle un “sentido real” a la investigación. Por ejemplo, la creencia de que la experiencia del visitante en el museo es “acumulativa” por sistema (volverá seguro), es una suposición muy extendida, pero no está científicamente probada en absoluto.

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Por otro lado, observamos que en la administración se habla cada vez más, en términos de porcentaje, de individuos de una población que se relacionan con instituciones de ámbito cultural. El capital social de las instituciones se suele concebir entonces a partir de esta relación, considerando que una comunidad con un mayor porcentaje de personas que participan en actividades culturales proporciona un mayor capital social a su comunidad. Por lo tanto y como ejemplo, si los programas de arte consiguen más participantes en su comunidad, estará aumentando el capital social de dicha comunidad, por lo que entonces se harán “rentables” (Guetzkow, 2002: 16). McCarthy et al (2004, 47), cree firmemente que los beneficios intrínsecos de la cultura, a partir de las actividades desarrolladas por los individuos de una comunidad, van más allá de la participación pública. Guetzkow (2002, 16) es de la opinión de que el axioma de la participación es una variable sin despejar.

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En 2010, Jones (2010, 13) examinó la hipótesis de que “… cuantos más individuos participen en actividades culturales, mayor será el beneficio en general para la sociedad”. De particular interés son los impactos culturales de participación social que se pueden relacionar con la construcción de redes de colaboración para el aumento del capital social en las comunidades (Fukuyama, 2002). Esta investigación encuentra una correlación positiva entre las personas que participan en las actividades culturales y deportivas, y el nivel de implicación social positiva de los participantes. Estadísticamente hablando, los participantes en actividades culturales son un 15% más solidarios que los que no participan en este tipo de actividades (Jones 2010, 52).

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Los informes que nosotros usamos, como es el caso del estudio Culture and Sport Evidence Programme, también encuentran correlaciones positivas entre la participación cultural y el aprendizaje (CASE 2010, 29). A pesar de que en su última revisión no se examina específicamente a los museos, el programa utiliza datos para determinar si se dan correlaciones positivas entre la participación cultural y la generación de verdadero conocimiento en la sociedad, dando como resultado un mayor bienestar social. Se considera que sí (2010, 36), que hay relación, lo que sugiere que un análisis similar aplicado a la participación de los museos en el ámbito social podría producir resultados similares.

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En cualquier caso, hemos podido comprobar que estas opiniones parten de una serie de evidencias incontestables que reafirman lo importantísimas que son las iniciativas institucionales a la hora de difundir la cultura en la sociedad, y que los museos son los buques insignia en este trabajo. Hay muchos datos que definen a los ciudadanos como estudiantes permanentes y “fabricantes de significado social”. Sabemos más de lo que sabíamos hace dos décadas acerca de lo valioso de la experiencia de visitar un museo y sobre las variables positivas, para todos nosotros, que intervienen en esta experiencia.

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La experiencia de los museos se expresa directamente a través de las propias palabras de sus visitantes. Sin embargo, como decíamos anteriormente, actualmente se trata de una información que no está del todo bien documentada. La recopilación de información es un proceso que consume tiempo; que se encuentra con una gran cantidad de material; y esto es algo que, inevitablemente, hace que se pasen por alto algunos o muchos datos. A medida que los visitantes adquieran mayor relevancia para los museos, las investigaciones que proporcionen valor para los usuarios, a efectos de estudio, resultarán cada vez más relevante. Esta opinión podría servir de base para la realización de nuevos estudios, utilizando paradigmas de investigación apropiados, a partir de la recopilación de información sobre opiniones expresadas por los propios usuarios. Lo que se evidencia es la necesidad urgente de generar bancos de información global que sean de dominio universal para un uso a discreción. Por otra parte, ese conjunto de datos debería ser longitudinal y su modelo de muestreo representativo, para permitir así realizar comparaciones a tiempo real entre los que son usuarios y no usuarios de los museos y galerías, y para poder sacar conclusiones de valor sin ruidos y algo más ajustadas a la realidad.

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La posibilidad de que podamos crear una nueva fase en la evaluación y la investigación de esta relación de la sociedad con sus museos, no deja de ser estimulante para los profesionales. Hay mucho por hacer, pero se puede hacer. En opinión de Mark Moore: “El objetivo en el esfuerzo combinado que deben hacer los gobiernos y las instituciones públicas es el de utilizar sus activos para crear una diferencia positiva en la vida de los individuos y sus comunidades” (Moore y Moore 2005, 17). Para lograr que esto se produzca, necesitamos saber si los museo de hoy generan verdaderamente valor, qué tipo de valor ofrecen al público, y qué tipo de diferencia positiva real supone para los usuarios de los museos y para las sociedades en las que están integrados. La administración pública cada vez lo tiene más claro respecto a todo lo relacionado con la cultura: “Lo que parece que no funciona (genera gasto), hay que cerrarlo de inmediato”.

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Foto principal y para redes sociales: Imgur

 

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