En los museos de ciencia solemos hablar mucho de interactivos, laboratorios, módulos espectaculares y grandes exposiciones temporales. Pero, cuando observamos con calma lo que realmente ocurre en sala, aparece una evidencia recurrente: el dispositivo que más condiciona la experiencia de los visitantes no es una mesa interactiva ni un simulador, sino la persona que los recibe, orienta, escucha y acompaña. Llamémosle mediador, anfitrión, guía o monitor: su papel es estructural, no accesorio.
Y, sin embargo, en muchos proyectos museísticos el diseño de esta figura sigue quedando en un segundo plano, reducido a “contratar monitores” o “formar a los becarios”. Si lo que queremos es crear cultura científica y no solo ofrecer entretenimiento puntual, merece la pena repensar esa posición con más intención.
La Ciencia como Cultura, No Solo como Datos.
El punto de partida es sencillo y, a la vez, poco interiorizado: la ciencia forma parte de la cultura. No se trata únicamente de transmitir resultados (leyes, fórmulas, grandes descubrimientos), sino de hacer comprensibles las formas de pensamiento científico: cómo se construyen hipótesis, cómo se verifica, cómo se duda, cómo se corrige el error, cómo se discute en comunidad.
Si asumimos esto, el museo de ciencia deja de ser una “máquina de experiencias” para convertirse en un espacio de iniciación a una forma particular de mirar el mundo. Y aquí la figura del mediador es clave: es quien puede transformar un módulo que “se usa” en una situación que “se piensa”, que se cuestiona y se conversa.
Formar Mediadores: Mucho Más que Enseñar Contenidos.
En muchos museos, la formación de mediadores se queda en dos capas: aprender el guion de sala y manejar los interactivos. Un modelo más potente pasa por tres niveles de trabajo:
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Contexto y sentido: No basta con explicar cómo funciona cada módulo; es necesario situar a los mediadores en el proyecto global del museo: misión, objetivos educativos, visión de la ciencia, tipo de públicos, expectativas de la institución respecto a su rol.
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Contenidos científicos: Quienes acompañan en sala no tienen por qué ser especialistas en todas las áreas, pero sí necesitan un dominio suficiente de los conceptos clave para poder adaptar explicaciones, responder a preguntas imprevistas y, sobre todo, reconocer sus propios límites sin perder autoridad (“esto no lo sé, pero podemos investigar juntos”).
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Habilidades de mediación: Aquí entra lo que casi nunca se trabaja a fondo y que marca enormes diferencias en la experiencia: gestión de grupos, escucha activa, lenguaje claro, uso del cuerpo y la voz, adaptación a diferentes edades y contextos, manejo de tiempos, lectura de situaciones complejas (conflictos, miedo al ridículo, desinterés).
Cuando la formación incluye estas tres dimensiones de manera continuada (no solo en un curso inicial), la calidad de la experiencia crece de forma visible y, con ella, la capacidad del museo para generar interés genuino por la ciencia.
Más Allá del Objeto: Niveles de Interactividad.
Otra idea interesante es entender la interactividad en varios niveles, no solo como “tocar cosas”. Podríamos distinguir:
- Interactividad motriz: pulsar botones, mover piezas, entrar en cabinas, experimentar físicamente.
- Interactividad intelectual: hacerse preguntas, formular hipótesis, comparar resultados, relacionar conceptos.
- Interactividad emocional: conectar lo que ocurre en el museo con la propia vida, con miedos, deseos, preocupaciones; sorprenderse, indignarse, entusiasmarse.
Los módulos interactivos de un museo de ciencia pueden cubrir razonablemente los dos primeros niveles, pero alcanzar el tercero exige casi siempre mediación humana. El mediador puede disparar la pregunta que falta, llamar a la acción, conectar un fenómeno con la experiencia cotidiana del visitante o proponer un juego mental que cambie de escala.
Patrimonio Intangible: Procesos, Ideas, Modos de Pensar.
Los museos de ciencia trabajan con objetos, maquetas, prototipos, instrumentos históricos… pero su patrimonio principal es intangible: modos de razonar, teorías, debates, controversias, formas de trabajo científico. Si solo ponemos el foco en “enseñar cosas que funcionan”, dejamos fuera el núcleo cultural de la ciencia.
La mediación puede hacer visible ese patrimonio intangible:
- Explicando por qué una hipótesis fue descartada.
- Mostrando cómo la comunidad científica gestiona el desacuerdo.
- Visibilizando la dimensión ética de ciertas investigaciones.
- Conectando la historia de un descubrimiento con contextos sociales y políticos.
De nuevo, no se trata de recitar un guion, sino de sostener conversaciones donde ese patrimonio invisible se ponga en juego.
Mediación y Escucha: Relación Horizontal con el Público.
Un riesgo constante en museos de ciencia es la tentación de “dictar la verdad” desde una posición de superioridad. La figura del mediador se vuelve entonces una autoridad que corrige, diagnostica y controla, más que alguien que acompaña procesos de comprensión.
Una mediación más horizontal implica:
- Hacer preguntas antes de dar respuestas.
- Legitimar la curiosidad y el desconocimiento (“es normal no entenderlo a la primera”).
- Acoger con respeto las explicaciones previas de los visitantes, incluso si son erróneas, para trabajar a partir de ellas.
- Incorporar las observaciones de los públicos a la mejora de los dispositivos y discursos del museo.
En muchos casos, el mediador es el mejor sensor del museo: quien detecta fallos de comprensión, reacciones inesperadas, necesidades no cubiertas. Integrar sistemáticamente esa información en los procesos de mejora es una tarea estratégica, no un lujo.
Inclusión Social: Cuando el Mediador abre Puertas.
Si hablamos de democratización de la ciencia, la mediación tiene un papel especialmente delicado en el trabajo con públicos en situación de vulnerabilidad: personas con discapacidad, colectivos en riesgo de exclusión, niños de la calle, mayores con pocos recursos, mujeres en situación de violencia, etc.
Aquí, el diseño de recorridos específicos y la formación en accesibilidad no son un complemento, sino parte del núcleo del proyecto. Algunos elementos clave:
- Formación específica en lengua de signos y comunicación accesible.
- Estrategias para adaptar dinámicas a distintos ritmos y capacidades.
- Coordinación con entidades sociales que conocen el contexto de los grupos.
- Flexibilidad en tiempos, recorridos y normas de uso de los módulos.
Cuando el mediador está bien preparado, el museo puede convertirse en muchos museos distintos según quién lo visite, sin renunciar a su proyecto científico de fondo.
Invertir en Personas, No solo en Equipamientos.
La conclusión es clara: en un museo de ciencia que aspire a crear cultura científica, el programa de mediación y la formación de los equipos de sala son inversiones estratégicas, al mismo nivel que la renovación de exposiciones o la compra de equipamiento.
Eso implica:
- Reconocer institucionalmente el valor de la mediación como parte del proyecto museológico.
- Dotarla de recursos estables, no solo de becas precarias o contratos residuales.
- Articular caminos de desarrollo profesional para quienes se dedican a ello.
- Integrar a los mediadores en los espacios de reflexión sobre el museo, no solo en la operativa diaria.
Sin este giro, seguiremos llamando “interactivos” a dispositivos que, sin personas que los enmarquen, solo se quedan en juguetes caros.
Recursos Bibliográficos:
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Sánchez-Mora, A.M. (2013): La divulgación de la ciencia como literatura. México D. F., México: Fondo de Cultura Económica.
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Ciencia y Mediación Museológica.
| ISSN | 3020-1179 |
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