El Museo Interseccional

 

Los museos han de tener siempre en cuenta que sus visitantes poseen características personales que deben ser consideradas y representadas. Para llegar a convertirse en instituciones verdaderamente democráticas, tienen que dar respuesta a esa variedad de perfiles de audiencia – tanto a nivel individual como colectivo -, valorando elementos como educación, entretenimiento, socialización y empoderamiento económico, entre otros. Pero, poder satisfacer esas necesidades depende en gran medida del conocimiento que tengamos del público que acude a nuestro museo. La sinopsis de John H. Falk en 2009 en su investigación sobre la identidad del visitante, reveló que las visitas al museo son «profundamente personales y están fuertemente ligadas al sentido de identidad de cada persona». El museo debe comprender este sentido de identidad personal, tanto en el conocimiento de a quién sirve en su conjunto (es decir, los perfiles socio-demográficos de la comunidad) como en la consideración de que los visitantes individuales se ajustan a estas categorías estadísticas de maneras superpuestas, es decir, cada persona identifica formas de un conjunto único de circunstancias que pertenecen a su visita.

Hasta ahora, las instituciones culturales han hecho muy poco por profundizar sobre la «interseccionalidad», término de reciente incorporación a nuestro léxico profesional. La interseccionalidad, acuñada en 1989 por Kimberly Crenshaw, una estudiosa feminista y abogada negra, fue ideada para describir las opresiones entrelazadas de raza y género que experimentan las mujeres de color. Como marco de justicia social, la interseccionalidad está más considerada en los estudios feministas que en los de museos, pero es aplicable a todos los campos.

El hecho de que las académicas se centren en el feminismo interseccional y su relación con los museos, se hace evidente en un artículo de 2016 de Lisa Gilbert titulado: «Amar y conocer la ignorancia: un problema para la misión educativa de los museos». En él, Gilbert utiliza el enunciado feminista de la «ignorancia amorosa y sabia» – aplicada a los museos – para describir las formas en que las instituciones exhiben una autoridad arrogante y única sobre una manera de pensar y actuar que no reconoce ni el autoconocimiento ni la importancia de cada individuo, y que conlleva, además, una noción intrincada de amor por el tema. La definición de Gilbert de «ignorancia amorosa y conocedora» conecta con las ideas de Charles Mills (2007) sobre la «ignorancia blanca», en las que ser consciente de la ausencia de conocimiento de las experiencias y realidades de las comunidades racial y culturalmente oprimidas son vínculos con la supremacía blanca (Mills, 13). En su forma más simple, un museo que es «cariñoso» pero «ignorante» es aquel que se esfuerza por abrazar el ideal democrático; pero lo hace sin consultar con los que busca incluir. Aun así, incluso los museos que logran la inclusión para aquellos a quienes representa, pueden fracasar en la conquista del conocimiento al no reconocer la interseccionalidad de las diversas opresiones entrelazadas que existen en la comunidad del museo. Esto se extiende más allá de la raza y el género, al incluir la edad, la clase, la orientación sexual, la religión, el credo y la capacidad intelectual. El hecho de que un museo no perciba cómo estas categorías se entrelazan y afectan a sus comunidades puede dar lugar a comportamientos poco «amorosos», dando muestras de una ignorancia deliberada hacia las personas a las que intenta servir.

En referencia a los movimientos recientes sobre diversidad, igualdad, acceso, inclusión y relevancia, Gilbert argumenta que los museos pueden y deben reconocer su propia falta de «ignorancia amorosa», especialmente en las exposiciones, y trabajar para corregirla si desean ser verdaderamente instituciones democráticas. Pero, ¿cómo puede un museo lograrlos? Y una vez reconocido, ¿cómo es posible corregir el conocimiento de su propia ignorancia?

Hemos buscado estudios de casos que revelan cómo los museos pueden identificar y trabajar para corregir su «ignorancia amorosa y sabia». Encontramos muchos ejemplos en los que los museos no solo han tenido éxito en el empeño sino que, además, se han transformado positivamente para representar a las diversas comunidades para las que trabajan. Algunos han podido hacerlo mientras abordaban la interseccionalidad. Para nosotros, sus éxitos son la luz que guía el futuro del museo verdaderamente democrático.

Un primer desafío es que los museos identifiquen y reconozcan su ignorancia. Incluso aquellos con las mejores intenciones, aquellos que son «amorosos» en su ignorancia, pueden descubrir que sus caminos conducen, por así decirlo, a una pesadilla de relaciones públicas. Para evitar esos caminos dudosos, los museos deben trabajar desde la etapa de planificación inicial de una exposición o programa de actividades para identificar áreas en las que son «ignorantes», en otras palabras, áreas en las que el equipo de la exposición (y quizás el equipo del museo) no puede hablar directamente de la experiencia en primera persona.

A modo de reflexión sobre estos ejemplos, te mostraremos cinco buenas prácticas que los museos pueden implementar para convertirse en instituciones más interseccionales y democráticas:

  1. Confía y muestra hechos explícitos. Al confiar y declarar hechos explícitos, los museos adoptan lo que Kahn denomina «armas destructoras de mitos que socavan las nociones populares de alteridad y desarraigo de las personas diversas».
  2. La recolección debe ser integral. El museo tratará de rectificar las brechas no solo en la exposición, sino también en la colección en su conjunto, a través de enmiendas a sus estrategias de colección, así como forjando relaciones con otros museos.
  3. Céntrate en las narraciones en primera persona. Esta estrategia es altamente efectiva, permitiendo una «inmersión profunda» en todo tipo de temas – ya sean controvertidos o emocionales -, sin el potencial blanqueo de la autoridad curatorial.
  4. Proporciona un lugar para la reflexión. Esta es otra estrategia de alto impacto cuyas iniciativas resultan ser todo un éxito. Una pizarra que enuncie preguntas que puedan ser contestadas directamente con un trozo de tiza por el público podría ser suficiente. O videos con la grabación de las respuestas que se pueden reproducir en un monitor cercano y publicarse en el canal de YouTube del museo, permitiendo a los visitantes contribuir con sus historias y sentirse representados en la exposición. El resultado será una plataforma democrática donde los visitantes pueden reflexionar sobre sus experiencias personales.
  5. Respeta la autoridad abierta (o contextual). Los museos deben identificar su ignorancia y tratar de abordarla buscando activamente a los especialistas sobre temas e invitándoles a participar en el proceso de exhibición – hay que alejarse de la endogamia profesional -. Además, el personal del museo debe abandonar la voz curatorial única a favor de garantizar una representación precisa e inclusiva, para confiar así en las narraciones en primera persona, introduciendo historias orales, entrevistas y otras contribuciones. Lori Byrd Phillips identifica esto como el modelo de «Autoridad abierta», que a menudo se utiliza en el campo de la tecnología (Phillips, 220). La analogía es simple, pero efectiva: al igual que la forma en que el código mejora con más codificadores que la revisan, la interpretación cultural solo puede volverse verdaderamente interseccional y democrática cuando aumenta el número de representantes culturales directos que participan durante el proceso de interpretación. Ya sea para un solo grupo o una ciudad entera, la interpretación mejora con una mayor participación pública en el proceso interpretativo. Para lograr esto, los equipos del museo deben rechazar la autoridad curatorial «absoluta» para adoptar, en cambio, una mezcla de experiencia institucional (personal del museo, historiadores, bibliotecarios y archiveros) y experiencia de la comunidad (las discusiones, experiencias e ideas de los representados). En el mundo de los museos, Phillips denomina esto «autoridad contextual».

Muchas de estas estrategias ya eran conocidas para nosotros, en cualquier caso lo que las hace más interesantes es que, a pesar de cuarenta años de reflexión, todavía, como campo profesional, tenemos que utilizar plenamente prácticas que promuevan nuestros objetivos para transformar nuestros museos en instituciones verdaderamente democráticas. Hemos repasado algunas opciones, sin embargo, existen otros muchos ejemplos que pueden guiarnos por el buen camino. Las experiencias nos proporcionan una evidencia continua que muestra el potencial del museo como un foro en el que la autoridad contextual, que actúa como un sistema de controles y equilibrios entre el curador y la comunidad, conduce a la posible resolución de nuestra «ignorancia amorosa y sabia». Esto, a su vez, abre las puertas a un mayor espacio para la diversidad, no solo en nuestras galerías y colecciones, sino también en nuestras vidas.

Recursos bibliográficos:

Lauren Cross y Tiffany R. Isselhardt (2020): You Love Them, but You Don’t Know Them: Recognizing & Welcoming Lived Experiences. The Curator, Virtual Issues: https://curatorjournal.org/virtual-issues/you-love-them-but-you-dont-know-them

Australian Human Rights Commission (1997): Bringing them Home: Report of the National Inquiry into the Separation of Aboriginal and Torres Strait Islander Children from Their Families. https://www.humanrights.gov.au/our-work/bringing-them-home-report-1997

Ballantyne, R., Packer, J., y Bond, N. (2012): Interpreting Shared and Contested Histories: The Broken Links Exhibition. Curator: The Museum Journal, 55(2), 153-166. https://doi.org/10.1111/j.2151-6952.2012.00137.x

Cameron, D.F. (1971): The Museum, a Temple or a Forum. Curator: The Museum Journal, 14(1), 11-24. https://doi.org/10.1111/j.2151-6952.1971.tb00416.x

Crenshaw, K. (1989): Demarginalizing the Intersection of Race and Sex: A Black Feminist Critique of Antidiscrimination Doctrine, Feminist Theory and Antiracist Politics. University of Chicago Legal Forum 1989(1), 139-167. https://chicagounbound.uchicago.edu/uclf/vol1989/iss1/8

Falk, J. H. (2009): Identity and the Museum Visitor Experience. Left Coast Press.

Fischer, D., Anila, S., y Moore, P. (2007): Coming Together to Address Systemic Racism in Museums. Curator: The Museum Journal, 60(1), 23-31. https://doi.org/10.1111/cura.12191

Gilbert, L. (2016): Loving, Knowing Ignorance”: A Problem for the Educational Mission of Museums. Curator: The Museum Journal, 59(2), 125-140. https://doi.org/10.1111/cura.12153

Hayward, J. (2010). Connecting a Museum with Its Community. Curator: The Museum Journal, 53(4), 483-490. https://doi.org/10.1111/j.2151-6952.2010.00048.x

Kahn, D. (1994): Diversity and the Museum of London. Curator: The Museum Journal, 37(4), 240- 250. https://doi.org/10.1111/j.2151-6952.1994.tb01022.x

Merriman, N. (1995): Looking at the People Behind the Objects. Curator: The Museum Journal, 38(1), 6-8. https://doi.org/10.1111/j.2151-6952.1995.tb01029.x

Mills, C. (2007): White Ignorance. In Shannon Sullivan and Nancy Tuana (Eds.), Race and Epistemologies of Ignorance. (1-38). SUNY Press.

Phillips, L.B. (2013): The Temple and the Bazaar: Wikipedia as a Platform for Open Authority in Museums. Curator: The Museum Journal, 56(2), 219-235. https://doi.org/10.1111/cura.1202


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