Museos y Experiencia con el Arte

 

El arte juega un papel fundamental en todas las sociedades humanas, encarnando un significado culturalmente valioso (Danto, 2013). El arte es creado, realizado y apreciado en entornos específicos para embellecer y realzar valores compartidos o enfatizar la excepcionalidad de ciertos momentos u ocasiones (Anderson, 1989; Dissanayake, 1988). Incluso en las sociedades occidentales, donde el arte se ha institucionalizado en gran medida, se otorga un alto valor a la experiencia del arte, como lo demuestra la gran inversión de recursos para exhibirlo, preservarlo e interactuar con él. La construcción de muchos nuevos espacios de exposición en China, para artistas nacionales e internacionales (Perlez, 2012), es un ejemplo de la tendencia verdaderamente globalizada hacia la creación de nuevos museos de arte. Además, las visitas a los de tipo Estrella ha aumentado de manera constante en los últimos diez años.

El florecimiento de la fundación y la asistencia a los museos resulta sorprendente, dada la gran actividad que se desarrolla hoy en día a través de los medios digitales, con poca o ninguna restricción contextual. La música y los libros, por ejemplo, se almacenan comúnmente en la nube para poder ser disfrutados en cualquier lugar, y los videojuegos y juegos en línea ya no requieren que los jugadores se hallen en la misma ubicación. Por contraste, la asistencia a museos y galerías de arte no ha sido reemplazada por visitas a galerías virtuales gratuitas y de contexto abierto, ya disponibles en Internet. Más bien, esos recursos virtuales de la Red de Redes se utilizan para complementar lo que sería una visita real (Marty, 2007, 2008). ¿Qué impulsa, pues, a afrontar inversiones públicas y privadas en lo material, a pesar de la disponibilidad actual de las alternativas digitales?

Desde una perspectiva teórica, se podría argumentar que los museos de arte fomentan cierto tipo de experiencia con el propio arte; una experiencia que las alternativas del mundo virtual no nos pueden proporcionar (Groys, 2008). En el contexto de un museo, las obras se convierten en objetos cuyo único propósito es ser apreciados como arte y regalarnos una experiencia diferente. Las galerías y los museos exaltan el estado artístico especial de las obras exhibidas, llamando la atención de los visitantes sobre esa atmósfera (O’Doherty, 1986). Sin embargo, el valor psicológico añadido de asistir a una exposición de arte, a diferencia de las reproducciones en línea o fuera de línea, no ha sido analizado empíricamente. La razón es que la mayoría de los estudios destinados a comprender los procesos psicológicos involucrados en la apreciación del arte se llevan a cabo en laboratorios.

Por lo tanto, aunque las experiencias artísticas «en un museo son difíciles, si es posible, reproducirlas en un laboratorio» (Augustin y Wagemans, 2012, pp. 455-456), en general, las investigaciones tienen lugar, como decimos, preferiblemente en un laboratorio altamente controlable, frente a la configuración directa del museo que permite un control menor. Este enfoque de laboratorio está vinculado a la noción de que la experiencia del arte es, en gran medida, contextualmente impermeable, idea que tiene sus raíces en la teoría del arte formalista de principios del siglo XX, que sostenía que la esencia de la apreciación del arte reside en las propiedades formales de la obra, especialmente las combinaciones y composiciones de líneas, colores, formas, etcétera (Bell, 1914). Debido a que estas relaciones y combinaciones permanecen constantes, no se ven afectadas por el contexto:

«El gran arte permanece estable y no obscuro porque los sentimientos que despierta son independientes del tiempo y el lugar (…)» (Bell, 1914, p. 37).

Estos supuestos formalistas no se encuentran en línea con la creciente conciencia que existe entre los investigadores de la relevancia de los factores externos para la experiencia del arte, ni con los modelos actuales de experiencia estética (Chatterjee y Vartanian, 2014; Leder, Belke, Oeberst y Augustin, 2004); tampoco con los desarrollos recientes en la ciencia cognitiva, que enfatizan sobre la situación de la cognición y el papel de las limitaciones contextuales, o con las posibilidades en la percepción, la memoria y la acción (Barsalou, 2008; Clark, 1997, 2013; Hutchins, 1995; Smith y Vela, 2001 ). Desde esta perspectiva, «los eventos mentales y los comportamientos humanos pueden considerarse como estados que surgen de la interacción momento a momento con el medio ambiente, en lugar de proceder de manera autónoma, invariable y sin contexto de predisposiciones o causas preformadas. Inherentemente, una mente existe en un contexto» (Barrett, Mesquita y Smith, 2010, p. 5).

Hay, al menos, tres razones principales para creer, contrariamente a las afirmaciones formalistas, que la experiencia del arte no es una excepción al papel dominante del contexto en la cognición en general, y que, de hecho, ese contexto juega un papel sustancial en la apreciación y memorabilidad de las obras de arte. En primer lugar, está bien establecido que la percepción de cualquier objeto no se halla libre de contexto, y que la información contextual se almacena en la memoria junto con la relacionada con el objeto, lo que facilita el reconocimiento posterior de dicho objeto u obra (Bar, 2004; Engel, Maye, Kurthen y König, 2013; Oliva y Torralba, 2007). Segundo, se ha demostrado que el encuadre contextual semántico verbal y visual tiene una profunda influencia en la apreciación del arte, así como en los procesos neuronales subyacentes (Gartus y Leder, 2014; Kirk, Skov, Hulme, Christensen y Zeki, 2009; Noguchi y Murota, 2013). Tercero, los pocos estudios que compararon la apreciación del arte de obras originales exhibidas en museos, y sus reproducciones en el laboratorio, encontraron diferencias sustanciales al respecto.

Locher, Smith y Smith (1999, 2001) establecieron una comparación directa entre la evaluación del arte original en el museo y diferentes formas de reproducciones de arte (proyecciones de diapositivas, presentaciones por computadora) en un entorno no museístico. Aunque aplicaron los efectos de la presentación del formato sobre el valor hedónico atribuido a las obras, la mayoría de sus escalas estaban relacionadas con características de estímulo, como la simetría, el equilibrio o la complejidad. Observaron que las evaluaciones sobre dichas características de estímulo no se veían afectadas por el formato o el contexto. Sin embargo, las relacionadas con los aspectos afectivos de la experiencia artística, como el interés, atracción o la empatía, diferían de las obras de arte originales del museo y sus reproducciones. Brieber, Nadal, Leder y Rosenberg (2014) detectaron que las obras de arte aqueoriginales (fotografías de arte en este caso) del museo son más apreciadas, más observadas durante más tiempo y más interesantes que sus reproducciones en el laboratorio.

Se puede ampliar esta línea de investigación incluyendo una selección mayor de formas de arte, un examen más diverso de los aspectos afectivos y cognitivos de la experiencia artística y, fundamentalmente, una primera investigación de los efectos del contexto sobre la memorabilidad del arte. Para lograr este objetivo, se solicita a los participantes que califiquen su experiencia en una exposición de arte presentada en dos contextos: un museo – donde lo común es experimentar el arte – y un laboratorio -donde se analiza la experiencia del arte -. La elección permite abordar los dos asuntos principales que motivan este estudio: evaluar la sensibilidad contextual de la experiencia del arte, y determinar el valor psicológico de experimentarla en un museo. También se realiza una prueba de recuerdo, para analizar cómo el contexto influye en la memoria del arte. Se espera que, si la experiencia del arte es realmente sensible al contexto, ésta resultará diferente en ambos casos. Es posible predecir una experiencia mejorada en el museo, frente a la que tiene lugar en el laboratorio. Además, sabemos que la información contextual, como el orden y el diseño espacial de las obras de arte, se almacena en la memoria junto con la representación de las mismas, lo que mejora su recuerdo posterior.

En conclusión, si «la cognición humana siempre está situada en un mundo sociocultural complejo y no puede verse afectada por ella» (Hutchins, 1995, p. 13), el arte no debería ser una excepción. Parafraseando a Barrett et al. (2010), el arte es inherentemente experimentado en un contexto y recordado dentro del mismo. Este es, precisamente, el valor psicológico añadido del museo: enriquecer la experiencia y la memoria del arte. Al permitir que el publico se encuentre con auténticas obras de arte en un contexto especial – facilitando la exploración física real -, éstas se experimentan como algo más excitante, positivo e interesante; gustan más y se recuerdan mejor. Esta nueva aportación explica, al menos en parte, por qué las personas están dispuestas a invertir tiempo y recursos en visitar museos, en lugar de realizar recorridos virtuales desde sus ordenadores de casa.

Recurso bibliográfico:

David Brieber, Marcos Nadal y Helmut Leder (2014): In the white cube: Museum context enhances the valuation and memory of art. Acta Psychologica 154 (2015) 36–42


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