Historia de los Museos de Ciencia, los Mediadores y la Formación Científica

 

Después de dos siglos de divulgación científica aplicada a los museos, la colección de objetos y los pequeños experimentos, con los gabinetes de curiosidad por un lado y la transmisión de contenidos con el uso de lnternet por otro, hemos llegado a los tiempos del contacto cercano con las obras en su realidad virtual. A primera vista estas dos situaciones pueden parecer muy alejadas la una de la otra, pero en realidad son bastante similares, ya que en todos los casos los mediadores tienen que presentar y explicar lo que está sucediendo, a partir de experimentos sorprendentes, análisis de objetos, charlas divulgativas, comunicación digital, etcétera.

En los siglos XVII y XVIII, los gabinetes de curiosidades, o de las maravillas, se instalaban en las casas de la clase media alta y alta, donde se ponían a disposición de «científicos magos», que realizaban experimentos para entretener y sorprender a una audiencia que, generalmente, quedaba reducida a un pequeño número de personas. Durante una transmisión web, se suelen realizar experimentos únicos frente a miles, por no decir millones, de internautas de todo el mundo. El San Francisco Exploratorium, junto con la NASA, han sido pioneros en este campo de la divulgación masiva. En 1998 establecieron una conexión directa con los astronautas en su estación espacial, y en agosto de 1999, el equipo de mediadores que enviaron al Caribe permitió que varios espectadores, entre ellos visitantes de museos científicos, presenciaran un eclipse total en vivo. La diferencia entre un gabinete de curiosidades y la transmisión web es, obviamente, una cuestión de evolución progresiva de los medios técnicos disponibles, ya que las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han contribuído a proporcionar un impulso para el movimiento del conocimiento científico. Sin embargo, la principal diferencia radica en la relación con el objeto real: mientras que los gabinetes de curiosidades implicaban un contacto físico real, ahora la interposición a distancia entre el observador y el objeto bajo análisis nos traslada al dominio virtual.

Los primeros museos científicos fueron los de Historia Natural, cuyo objetivo era la preservación de huellas de todas las especies vegetales y animales que existían, así como muestras de minerales de la tierra y del espacio. Los museos de Historia Natural no se concebían para ser accesibles al público en general, y sus colecciones estaban más bien destinadas al uso de investigadores, estudiosos y profesores. Uno de ellos, el Museo Nacional de Historia Natural de París, tuvo su origen en el Jardin du Roi (los Jardines del Rey) en la primera mitad del siglo XVII y, posteriormente, se abrió al público en 1789, justo cuando comenzaba la Revolución Francesa. Ahora es una institución pública bajo la autoridad del Ministerio de Educación francés, que cuenta con varios laboratorios de investigación y ofrece cursos de educación superior. Aproximadamente en el mismo período en que los museos de Historia Natural hicieron su aparición, se empezaron a idear instalaciones similares para la preservación de objetos y artefactos técnicos. Así, en 1794, por iniciativa del padre Grégoire, se anexó un museo al Conservatorio Nacional de las Artes y los Méteros (Academia Nacional de Artes y Oficios), donde se dio capacitación a ingenieros. Allí podían encontrarse todo tipo de objetos técnicos y modelos a escala, junto con la máquina de vapor de Cugnot, los autómatas y el primer televisor. Estos museos técnicos, que se abrieron por primera vez al público a principios de la década de 1800 (los museos de Artes y Oficios lo hicieron en 1802) albergan tesoros de valor incalculable, y permitían a los visitantes seguir la evolución técnica y tecnológica de nuestra sociedad. En ellos, sin embargo, existían pocos «mediadores humanos», y los objetos que se mostraban con mayor frecuencia en las vitrinas iban acompañados simplemente de las omnipresentes y aburridísimas cartelas explicativas -no leídas por la mayoría de los visitantes-. A pesar de la implementación posterior del apoyo pedagógico, destinado a convertir esos lugares en herramientas útiles para los estudiantes, su propósito original fue completamente diferente.

Los museos de Historia Natural y Técnica se desarrollaron a lo largo del siglo XIX en muchos países europeos, con ejemplos particularmente importantes, como el Museo Nacional de Historia Natural, el Museo de la Ciencia en Londres y el Deutsches Museum en Munich. A los museos científicos les llevó más de un siglo comenzar a evolucionar de verdad. En 1937, Jean Perrin, el Premio Nobel de Física, presentó en París una nueva forma de circulación de conocimiento científico que se materializó en su Palacio de la Historia (Discovery Palace). La idea era «sacar la ciencia de los laboratorios manteniendo el mismo grado de credibilidad». Los experimentos destinados a destacar la «ciencia en progreso» comenzaron a desarrollarse frente al público reunido en el Palacio de la Historia. Por lo general, se trataba de experimentos verdaderamente espectaculares -algunos de ellos todavía son presentados  hoy por científicos o por profesores-.

Como decíamos, los museos de antaño solían estar frecuentados por investigadores y científicos. Fue durante la década de 1980, cuando Francia, entre otros países, comenzó a tomarse en serio la circulación de la cultura científica, estableciéndose un servicio cultural para promover las visitas de los estudiantes a los museos, lo que se convirtió en una herramienta pedagógica a disposición de los profesores. Llegados a este punto, es interesante establecer un paralelismo entre la evolución de los museos científicos y las teorías pedagógicas. Mientras que los objetos que se exhibían en los museos recordaban los temas de las «lecciones temáticas» -tal como se enseñaban en las escuelas-, las primeras manifestaciones en el Palacio de la Découverte ilustraron claramente la «pedagogía frontal» y su único propósito de transmitir el conocimiento.

La pedagogía evolucionó posteriormente, y en los años 60 y 70 el espíritu del constructivismo modificó la forma de enseñar en los museos. El contenido ya no era el foco del aprendizaje, que se orientaba más hacia los estudiantes, sus representaciones iniciales y los medios que les permitían ampliar sus conocimientos. Se introdujo un nuevo tema en las universidades para analizar el comportamiento de profesores y estudiantes -y la forma en que interactúan-, y se iniciaron varias investigaciones para mejorar el sistema educativo, especialmente en el campo de la educación científica. En aquel mismo período, en 1969, Frank Oppenheimer, un físico mucho más experimental que su hermano Robert -padre de la bomba atómica-, creó el Exploratorium de San Francisco. Aquellas demostraciones del Palais de la Découverte evolucionaron para convertirse en «manipulaciones interactivas», basadas en la interacción entre el visitante y el objeto en exhibición. Este último,bien sea natural o artificialmente diseñado para responder a las necesidades humanas, ya no es auténtico, sino que se convierte en un artefacto especialmente concebido para entregar un mensaje a su usuario, el visitante.

El Exploratorium se abrió con 25 programas de interacciones manuales centradas, básicamente, en las percepciones visuales y auditivas, a saber, la luz y el sonido. Estos programas siguen estando de moda y no resultan obsoletos, de hecho, muchos centros científicos los han adquirido o copiado. Algunos de los que se establecieron durante los años 70- con el concepto de «interactividad» invadiendo los museos científicos-, planteaban una pregunta sobre cuál debía ser el papel del mediador en el nuevo enfoque individual de las piezas de museo.

Una de las primeras instituciones que se inspiró en el Exploratorium fue la Cité des Sciences et de l’Industrie (la Ciudad de la Ciencia y la Tecnología e industria de París) que comenzó como un proyecto en torno a 1979. Sus promotores viajaron por todo el mundo para hacerse una idea de lo que ya estaba disponible, y se interesaron particularmente ​​en el Exploratorium, donde pasaron un tiempo en compañía del propio Oppenheimer. Sin embargo, las instalaciones que se inauguraron en 1986 eran muy diferente del modelo que las había inspirado, y el concepto de interactividad se transmitió a través de un sistema combinado de tecnologías de la información y video que anticipaba los CD casi 12 años y los DVD 15, además de las proyecciones 360º de la Geodé.

A partir de aquí, todos los museos y centros de ciencia comenzaron a introducir progresivamente la tecnología multimedia en sus exposiciones. Podemos mencionar como ejemplo de esta tendencia al «Explor@dome», creado conjuntamente en 1998 por el Exploratorium y por Brigitte Zana. El proyecto original era de Goéry Delacôte, un físico universitario francés que había formado parte del primer equipo detrás del proyecto CSI, y al que se le había pedido que reemplazara a Frank Oppenheimer en el Exploratorium después del fallecimiento de éste, en 1985. Goéry Delacôte quiso aprovechar su experiencia en el Exploratorium, adoptando las claves que lo habían convertido en una fuente de inspiración sin discusión para los museos científicos de todo el mundo. La idea era establecer pequeñas estructuras para la presentación de «programas de interacción manual desde el Exploratorium» y garantizar su gestión con fondos públicos y privados. El Explor@dome fue el primer centro científico de su categoría, sin equivalente en ese momento. Además de su composición económica única, es interesante considerar por un momento la idea que subyace tras esta entidad. Cuando Goéry Delacôte comenzó con el Explor@dome en 1997, Francia se estaba quedando atrás en el uso de Internet. El principio básico del Explor@dome era, de hecho, combinar el mundo real y virtual para favorecer la adquisición de conocimiento científico, y para ello se decidió generar entornos interactivos y multimedia con la puesta en marcha de diversas actividades. Se realizaron dos talletes pedagógicos bajo la guía de animadores: «manos (hands on) en el mundo real», que profundizaba en los conceptos científicos ilustrados durante las actividades de interacción manual, y «la mente en el mundo virtual», que ayudaba a los visitantes a familiarizarse con el entorno multimedia a través de investigaciones en lnternet, mediante la creación de plataformas científicas, tutoriales web, videos numéricos y simulaciones. Cuando se inauguró el Explor@dome, se planteó el problema de la ausencia de mediación humana. Un análisis posterior para intentar solucionarlo generó la siguiente lista:

  • Se debe promover la existencia de guías mediadores y profesores en todos los museos.
  • Son necesarios presentadores animadores especialistas en exposiciones científicas.
  • ¿Cómo evolucionarán los museos interactivos del mundo?.
  • ¿Seguirá siendo el Exploratorium un referente?
  • ¿Se necesita generar más cooperación desde los museos con asociaciones científicas de todo tipo?

Ninguna de estas ideas aportaba una solución sobre el papel que los mediadores de los museos de perfil científico y técnico debían desempeñar en el futuro. No se trataba de ofrecer visitas guiadas, ni de dar conferencias; tampoco de ofrecer explicaciones directas sobre qué principio funciona en una actividad determinada de interacción manual. El hecho de que el personal no debería esperar a que los visitantes se acercaran a ellos también estaba fuera de discusión, ya que habría ido en contra de las competencias y cualidades que se pretende que desarrollen los mediadores -la experiencia ha demostrado claramente que algunos visitantes no se dirigen a los mediadores de forma espontánea para hacer preguntas-. Lo que realmente importa es transmitir la idea de un tipo de acompañante, un concepto que además debe acoplar la interactividad técnica, y es por eso que surgió la denominación de «facilitadores» en vez de «mediadores». El término posee varios significados, que definen de la siguiente manera el rol que los facilitadores deben desempeñar:

  • Proporcionar un fácil acceso al museo.
  • Ayudar a los visitantes a tener un enfoque correcto de las actividades de interacción manual y su uso.
  • Ayudar a comprender los conceptos subyacentes ilustrados en una actividad de interacción manual.

Estos roles son fundamentales en los museos repletos de actividades de interacción manual, de actividades prácticas y de demostraciones científicas y técnicas. Y hablando de demostraciones -que también podrían denominarse «espectáculos científicos», exposiciones interactivas, o exposiciones «Hands On»-, deberíamos reflexionar sobre el punto de vista de la museología y de su evolución relevante en la mediación humana aplicada a los museos.

Las tres tablas que os mostramos a continuación, describen las características de las presentaciones individuales, las actividades de los visitantes y el posible papel del mediador. Su análisis nos permitirá evaluar las ventajas y desventajas de cada categoría y, presumiblemente, sacar conclusiones sobre sus complementariedades. Al final del camino, podremos decir que las exposiciones y los centros de ciencia desempeñan un papel muy bien definido en la transmisión del conocimiento científico y de la cultura en nuestra sociedad. Sin embargo, incluso las mejores exposiciones tienen sus límites y no logran ser suficientes para mostrar a fondo y correctamente la lección de la ciencia. Por eso, el apoyo humano sigue siendo la mejor- e insustituible- opción, con el permiso del señor Asimov.

Recurso:

Brigitte Zana (2005): History of the museums, the mediators and scientific education. Journal of Science Communication. SISSA – International School for Advanced Studies.


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