Objetos del Museo y Memoria Bélica

 

Algunos objetos de museo pueden calificarse como «artefactos fronterizos» -si empleamos el vocabulario utilizado en la sociología de la ciencia-, en la medida en que se refieren a diferentes modos de interpretación sobre el devenir histórico de los diversos pueblos y comunidades. La forma más obvia de llegar a este enunciado es la definición de objetos que representan la identidad y memoria nacional, como puede analizarse en el caso de colecciones establecidas como resultado de un conflicto bélico, siempre con el objetivo de aprender lecciones del pasado de manera proactiva. Un museo dedicado específicamente a la historia sobre un conflicto en Europa, sea el que sea, como el Museo de la Biblioteca Internacional de Documentación Internacional en los Inválidos de París, u otros muchos relacionados con la historia en toda Europa, ubican y exhiben sus objetos de orgullo nacional en contraposición con los «del otro», es decir, con los del enemigo o incluso con los del aliado.

En este tipo de museos dedicados fundamentalmente a la beligerancia histórica entre naciones, podríamos preguntarnos hasta qué punto la ambición explícitamente pedagógica y conmemorativa ha definido la selección de los objetos que conforman sus colecciones, y cómo se usan para mantener un determinado discurso de descrédito hacia el que fue oponente o sigue siéndolo -incluso aliado-, para consolidar así una comunidad imaginaria de resistencia. Sin embargo, ¿no podría construirse un narrativa para presentar al resto del mundo una declaración universal por la Paz? Una de las argumentaciones políticas que se utilizan en la construcción de este tipo de colecciones es que los objetos expuestos deben provocar un sentido de conexión con el visitante, o al menos hacerle sentir un respeto por el pasado de su país y sus actores. Estas colecciones representan, normalmente, las reliquias y rastros dejados por militares célebres, grandes y aguerridos hombres a los que se les rinde culto en los museos nacionales, hasta el punto de convertirse casi en santuarios de su memoria. La conciencia sobre la naturaleza de los temas que muestran y comunican es tan importante que debemos- o deberíamos- analizarla en profundidad, sobre todo teniendo en cuenta su relación con el programa didáctico que ha de estar focalizado en los más pequeños, a los que hay que educar para que sean adalides de la paz en el mundo. No es tan importante la espada, sino los cerebros bien formados, en combinación con el sentido común y el respeto al prójimo.

En cualquier caso, al analizar estas piezas de los «museos de la memoria nacional», y de acuerdo con todos los  vectores citados, podríamos pensar que la exposición de los objetos bélicos siempre se hace en términos sentimentales y educando en la historia nacional. Imaginamos que este tipo de museos esperan dar a conocer la historia, su historia, a partir de las emociones, preguntándose, por ejemplo, hasta qué punto lograrán conmover a sus visitantes. Finalmente, la relación entre el visitante y los objetos de estos museos, lejos de ser emocionante, les aleja cada vez más. Todo apunta más bien a una forma narrativa de distanciamiento, ya que la visita siempre tiene algo de «vacío», enfrentándose a la ausencia de un discurso lineal y accesible, dando saltos, vitrina a vitrina, cartelito a cartelito, y lo que es más, intentando generar emociones sobre la identidad donde es imposible que el visitante llegue a sentir cosa alguna, salvo aburrimiento y fatiga.

La cuestión de la exposición de objetos en museos bélicos debe contextualizarse -más o menos explícitamente-, hecho que es aplicable a toda clase de museos, sin excepción. La historia narrativa en el museo bélico se ha de tratar sin salirse del esquema del principio de la historia, la trama y el desenlace, procurando hacerla accesible. Nada de utilizar glorificantes lógicas del coleccionismo desde el punto de vista del sabio curador, o del historiador de turno, ya que podría incluso llegar a construir un discurso de reparación con relación a los objetos incautados y coleccionados indebidamente.

En algunos museos, la perspectiva puede llegar a ser más dialéctica, más delicada, marcando la diferencia entre lo que son los objetos «cuidados», no «poseídos». Desde este punto de vista, el museo bélico puede llegar a parecer el «hogar» del conocimiento histórico nacional, un lugar que se experimenta a medida que uno lo recorre -si realmente se está muy muy interesado en el tema-. El derecho a la propiedad histórica, como base ideológica de un sistema administrativo nacional muy bien implantado en todo el mundo, puede llegar a defenderse como una manifestación visible del acceso democrático al conocimiento de una sociedad determinada, y eso parece justificar lo injustificable.

Conocer perfectamente la historia del movimiento de objetos entre diferentes naciones -casi siempre a la fuerza-, para la construcción de las colecciones que se exponen en los museos nacionales, nos proporciona un buen punto de partida para una reflexión sobre cómo se construye toda una cultura a partir de la toma de posesión de la instauración de una propiedad sin registro, solamente por el hecho de ser vencedor. El gesto de los museos nacionales de algunos países, aquellos que han comenzado a devolver parte de sus colecciones, es mucho menos generoso  de lo que debiera ser. En pleno siglo XXI, los organismos relacionados con el patrimonio universal deben ponerse de acuerdo, ya,  para que todas las colecciones usurpadas violentamente sean devueltas a su lugar de origen, sin más espera.

Recurso:

Dominique Poulot (2013): Another History of Museums: from the Discourse to the Museum-Piece. Annals of Museu Paulista. v. 21. Nº: 1. Ener.-Jun. 2013.


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