La Experiencia en el Museo: Lo que lo Hace Diferente

Aunque existe una amplia documentación sobre el tema, los estudios se centran, normalmente, en cómo los usuarios expresan su experiencia en los museos, siendo extraño encontrar información sobre el valor que le atribuyen a esa experiencia. Hace un tiempo en Gran Bretaña, concretamente en la Asociación de Museos, se llevó a cabo una investigación… “Para comprender las percepciones y actitudes del público a partir de las funciones e impacto de los museos en la sociedad” (Britain Thinks 2013, 3), pero se hizo con el propósito de complementar información a incluir en el plan estratégico de dicha Asociación denominado “Museos 2020”, haciendo una encuesta entre el público con el objetivo de obtener una visión con la que reflexionar sobre los propósitos y funciones más importantes que los museos deben ofrecer a la sociedad.

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El propósito de la mayoría de los estudios que se realizan es el de evaluar la eficacia de las políticas o programas con el “visitante-como-receptor”, ejerciendo su papel de entrevistado. Como decíamos, existe una literatura práctica abundante sobre las nuevas iniciativas que se han puesto a prueba con los usuarios sobre la investigación de su comportamiento, y cuyas respuestas son fundamentales para evaluar la eficacia en la relación servicio-impacto en el museo. Lo que deforma un tanto los resultados de estas investigaciones son las formas utilizadas para interpretar los mismos y, sobre todo, quién los analiza y saca conclusiones. Desde nuestro punto de vista, lo que resulta definitivamente importante es escuchar hablar de la experiencia en el museo al propio visitante. Vamos a explicar este tipo de valoraciones situando al usuario dentro del museo, e intentando interpretar la influencia que ejerce sobre las personas este contexto único, que no se reproduce en otros ámbitos cotidianos del individuo: El museo es un lugar único.

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La experiencia en el museo: Lo que lo hace diferente.

Sabemos que la experiencia del museo es una actividad social que los visitantes comparten unos con otros (Falk y Dierking 1992). Partimos de la base de que la visita al museo se realiza motivada por un conocimiento previo del mismo, y está condicionada por las actitudes, los valores y la experiencia de vida de las diferentes comunidades y pueblos pero, lo más importante a tener en cuenta, es que se trata de una experiencia humana basada en la comunicación con las colecciones, con los objetos.

0afbb5f86cacf19b83b1c293fa108aaaThe Ajax Experience

El teórico Snow (2002, 3), opina que los objetos “acompañan al pensamiento”. Corum (2002, 1-2), sostiene que los objetos contienen información interna que forma parte “de un lenguaje social altamente codificado”. Mason (2002, 13), entiende los objetos como testigos de la historia, aportando “la autoridad que tiene ser testigo”. Los objetos adquieren nuevos significados en los museos. Los objetos, situados entre la realidad de su origen y naturaleza y la realidad de su exposición en los museos, pueden ser transformados en símbolos que representan otras cosas y estados del ser. Froggett (2011, 67), describe el objeto como una “tercera parte simbólica” del ser, siendo mediador de significados personales y también colectivos, desencadenando recuerdos de una manera que otros materiales que contienen información no hacen (McManus 1993). Las cualidades sensoriales de los objetos les permiten ser experimentados emocionalmente, y ese impacto “que incorporan de manera natural”, puede estimular la memoria y la reflexión de las personas (Spector et al 2001 en Chatterjee and Noble 2013, 45).

“No puedo hacer suficiente hincapié en el impacto que tiene poder tocar los objetos. El tacto es un sentido tan primordial… ¡Hay miles de nervios en nuestras manos! Creo que ofrecer la libertad a las personas de poder tocar los objetos generará mayor riqueza a sus discusiones” (HMP 2013, 43).

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Los significados sociales y culturales que se pueden generar a partir de la observación de los objetos, se encuentran dentro de lo que entendemos como lenguaje visual, la visión tridimensional sobre una comprensión común del mundo y el conocimiento compartido (Dodd y Sandell 2001). La capacidad de la comprensión simbólica de los visitantes se activa, provocando la apertura de su capacidad de reflexión creativa, facilitándoles la consciencia del lugar que ocupan en el mundo. Esto constituye el contexto en el que el usuario experimenta el museo. Pero, ¿cómo se expresa esa experiencia y qué valor tiene para el visitante?

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Explorando el valor del conocimiento “intrínseco”. 

Cuando reflexionamos sobre el valor de las artes, de la cultura, nos viene a la mente la idea de cómo ese conocimiento ilumina nuestra vida interior y enriquece nuestro universo emocional. El término “intrínseco” ya lo hemos utilizado en otras ocasiones para describir las cualidades inherentes de los objetos (Mason 2002). También se refiere a la experiencia subjetiva de los individuos y los beneficios intangibles a las comunidades. Holden se refiere a estas dos dimensiones cuando dice…

“… Todas esas preciosas, desafiantes, estimulantes experiencias maravillosas, que elevan, invitan a la reflexión, terribles, inquietantes, espiritualmente ingeniosas, trascendentales, que conforman y reflejan al hombre su sentido de identidad y su lugar en el mundo [y] el arraigo que la cultura proporciona. Esto puede hacerse de dos maneras: En un sentido de lugar y de situación geográfica, donde la infraestructura cultural puede anclar las identidades locales, y en un sentido de pertenencia a una comunidad, ya sea una comunidad geográfica, o una comunidad de interés cultural “(Holden 2006 , 22-23).

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A los museos se les atribuye la capacidad de proporcionar un foro para la “expresión de significados comunes” (Holden 2004, 34) y la generación de oportunidades para la “creación de lazos sociales” (McCarthy et al 2004, 50), que “producen conexiones entre las personas” y “refuerza el sentido de unidad e identidad” (Holden, 2004, 34). El museo nos ayuda a tener la sensación de pertenencia y nos da un “sentido de lugar” (Newman et al 2005, 41), que “ancla las identidades locales” (Holden 2006, 24). Además, el espacio público de los museos se asocia con la capacidad de dar voz a “comunidades que la cultura en general ha ignorado en gran medida” (McCarthy et al 2004, 51) lo que nos permite decir “lo no dicho” (Selwood 2010, 35). Los museos, se argumenta, ofrecen la perspectiva…

“… Para que todos nosotros podamos ver nuestro lugar en el mundo. Esto es tanto más importante cuanto que la sociedad cambia, cuando surgen los nuevos valores de la nacionalidad y de la comunidad. Los elementos fijos de la historia y el patrimonio tienen un significado aún mayor a medida que nuestro mundo se hace más pequeño, y nuestros valores se desarrollan (MCD de 2005, 3)”.

Los valores que producen los museos son innumerables. La evidencia que apoya esta idea existe, pero está ampliamente dispersa a través de un campo de estudios aún muy poco definidos.

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Foto principal y para redes sociales: Archivo EVE

 

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